Patriotismo constitucional

Estamos viviendo un auge del nacionalismo español que no tiene precedentes en nuestra historia democrática y que no ha tocado techo todavía

Foto: Varias banderas cuelgan de los balcones en Madrid. (EFE)
Varias banderas cuelgan de los balcones en Madrid. (EFE)

Nos ocurre lo mismo cada tarde, al regresar del colegio. Hablamos de las banderas españolas que inundan los balcones del barrio. Mi hijo pregunta porque cada vez ve más. Y yo trato de contarle que todas sirven para dibujar fronteras, que lo bueno es sentirse orgulloso de lo que uno decide —hacer lo correcto— y no de lo que no elegimos —el lugar de nacimiento, el color del pelo y cosas así—. Vamos creciendo juntos. Juntos porque a veces tira del brazo y me enciende una luz. Papá… ¿Van a quedarse esas banderas para siempre? ¿Cuánto tiempo estarán las casas así? No lo sé, hijo. Pero pensaré en ello.

Estamos viviendo un auge del nacionalismo español que no tiene precedentes en nuestra historia democrática y que no ha tocado techo todavía. Puede que lo haga pronto, ya veremos. Por el momento, parece claro que el volumen sentimental sigue creciendo sin tomar forma, acumulando emociones intensas y contradictorias.

Por una parte, se intuye el tipo de corriente eléctrica que recorre los desapegos en sus fases más tristes. La vibración supremacista que emite el discurso del nacionalismo catalán está extendiendo la ira en el resto de España. Encabronamiento. Eso de “si quieren irse que se vayan, que se vayan y se las arreglen solos, sin nosotros y sin Europa”. Ni agua. Muro.

Paradójicamente, esas mismas personas expresan a continuación el deseo de que Cataluña se quede después de sufrir un escarmiento ejemplarizante, inolvidable para las siguientes generaciones. Esa manifestación de pulsión violenta, tan castellana, es una reacción al constante ejercicio victimista del independentismo, interpretada por el resto de los españoles como una traición injustificada al principio de solidaridad.

Como consecuencia de lo anterior, cabe extraer una primera conclusión mil veces demostrada por la historia. Los nacionalismos se necesitan, se retroalimentan. Quizá sea ese el mayor éxito de los separatistas. Probablemente, no conseguirán su objetivo en este trance. Pero seguramente han infectado ya al resto del Estado del mismo mal. El mal que ha permitido y sigue permitiendo a las corruptas élites del nacionalismo catalán parasitar a Cataluña sin vergüenza ni control.

¿Existen hoy las condiciones necesarias para que surja en España un partido de extrema derecha nacionalista? Ahora la inflamación es máxima. La temperatura podría compararse a la experimentada en otros caldos de cultivo, aquellos que propiciaron el surgimiento de formaciones ultras en nuestro continente. La diferencia estaría en el foco de la hostilidad; en otras naciones, el nacionalismo extremo ha focalizado el odio hacia el extranjero. Aquí no puede hablarse de xenofobia, pero sí de catalanofobia, de activación del atavismo centralista y, por lo tanto, de guerracivilismo. La peor de nuestras pesadillas. La más recurrente.

Ese escenario sería más viable si el nacionalismo español fuese únicamente identitario, enteramente irracional. Sin embargo, no lo es. Compartimos una democracia joven. Precisamente porque la sombra de Franco no está lejana, puede reconocerse en nuestra sociedad una textura parecida a otra forma de orgullo, más reflexivo y con menos testosterona, algo parecido a lo que Habermas denominó “patriotismo constitucional”. Orgullo por haber dejado atrás la dictadura, por la Transición, por haber modernizado España. Por todos los logros comunes alcanzados en la búsqueda del bien común. Y, por lo tanto, afecto a la Constitución, al Estado de derecho. Deseo de convivir mejor para llegar más lejos.

Resulta llamativo y hasta penoso por inoperativo que el patriotismo constitucional no esté marcando el discurso de los dos principales partidos constitucionales. El PP confunde la firmeza con la renuncia a la seducción. No emociona. Está siendo constantemente rebasado por la eficacia propagandística del independentismo, por su manejo de las bajas pasiones. Todo lo que ha hecho el Partido Popular es emitir algún torpe destello de orgullo identitario, primitivo. Tiene orillado el relato constructivo que Habermas supo vislumbrar.

Resulta llamativo y penoso por inoperativo que el patriotismo constitucional no marque el discurso de los dos principales partidos constitucionales

Lo mismo puede decirse de este Partido Socialista que en algún momento olvidó que la reivindicación del mañana tiene un comienzo: la puesta en valor del recorrido compartido, un trayecto que en buena parte lleva impreso el sello del puño y la rosa. Esa organización no ha comprendido todavía que enterrar el pasado conlleva sepultar el futuro.

Sánchez puede estar sin discurso. Pero Iglesias, al salirse del territorio constitucional, ha conseguido que el secretario seneral del PSOE parezca Churchill a su lado. La falta de autonomía del líder podemita, su sometimiento a Colau, está generando un grave problema de incomprensión con los votantes del resto de España y hurtando a los morados la capacidad de ofrecer un proyecto para el conjunto. La patria de Iglesias está encogiéndose. Esa retórica que solo puede conjugarse en negativo, acaba donde la ley comienza, termina donde empieza la democracia representativa.

Así que queda Ciudadanos, creciendo. En auge, porque puede estar canalizando el auge del nacionalismo español. Debe estar recibiendo transferencia de voto desde los dos lados.

Primero, porque acarician eficazmente los nervios identitarios, sutilmente, sin presionarlos. Aprovechan lo que el PP no hace porque el Gobierno tiene que mantener el perfil institucional, y el partido debe moderarse para atraer al PSOE.

Y segundo, porque también aprovechan lo que los socialistas no saben verbalizar: la posibilidad de expresar que estos 40 años solo han sido los primeros y que los próximos pueden ser mejores si seguimos juntos. La realidad. El patriotismo constitucional.

Considero que el ascenso naranja que reflejan las encuestas no ha cristalizado, pero creo que es una tendencia clara. El dibujo tocará techo cuando baje la inflamación españolista, luego irá adquiriendo una forma política más reposada y definida.

Puede que no falte demasiado. El día en que Puigdemont salga al balcón y declare la independencia, el momento en que el nacionalismo asuma la derrota pero no la rendición, parece ya cercano. Hasta entonces, crecerán las banderas españolas en el barrio. Después, poco a poco, se irán retirando. Quizás el cuándo no importe tanto. A fin de cuentas, es más fácil recoger la bandera que desprenderse del sentimiento.

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