Cataluña, la historia terminable

En esas estamos, a pocas semanas de las urnas. Al borde de estar doblemente resignados. Primero porque continuará sobrando relato y segundo porque seguirá faltando proyecto

Foto: Fotograma de la película 'La historia interminable'.
Fotograma de la película 'La historia interminable'.

Atreyu. Atreyu se llama el verdadero protagonista del libro escrito por Michael Ende. Y Artax, su caballo. Muerto en las páginas más duras de toda la novela, devorado por las aguas del 'lago de la tristeza'. Hay algo en ese capítulo que sirve para sondear los episodios más adversos del alma humana. Sobre todo si recordamos que el pantano llega después del 'desierto sin esperanza', que todo tiene su preludio.

Quizá tengamos cerca otro terreno cada vez más árido, como cuentan los silencios en Cataluña. Mejor no hablar de esto en las familias ni entre amigos. Callar en los bares, los centros educativos o de trabajo. Asumir que la palabra ya no sirve, que la grieta no tiene cura, ni remedio, ni salvación. Desesperanza. Prólogo de una campaña que puede secarnos por dentro a base de distanciarnos de los demás todavía más. Separación, por el simple hecho de no pensar exactamente lo mismo. Polarización, terreno de cínicos. La política desertizada.

En esas estamos a pocas semanas de las urnas. Al borde de estar doblemente resignados. Primero porque continuará sobrando relato y segundo porque seguirá faltando proyecto.

El discurso político de quienes trafican con las emociones funciona como la droga

Primero porque el nacionalismo se ha convertido en un espejo deformante de la realidad social catalana, sin intención de reflejar la moderación y el catalanismo, sin ánimo de incluir, pero con voluntad de estirar hasta más allá del límite la distancia entre buenos y malos que siempre impone el populismo. Por lo tanto, relato nacionalpopulista de aquí al 21-D. Como antes, pero más. Más, porque la combinación entre victimismo y supremacismo hace milagros y ven materia prima para las dos cosas. Más, todavía más grieta, porque el discurso político de quienes trafican con las emociones funciona como la droga. La dosis tiene que ser cada vez mayor. Y como no puede faltar nadie delante de las urnas, pues más todavía. Más relato adulterado para poner a la sociedad al filo de la sobredosis.

El segundo motivo para llegar casi a la resignación está en la insoportable vacuidad del otro sector. Hay quien agita el sonajero de la centralización después de 40 años de democracia, por cálculo de réditos en el resto de España, o por pura convicción. Lo mismo da. Lo cierto es que los años han pasado y los hechos han dejado desfasado el pacto de convivencia territorial que cristalizó en la Constitución. Lo evidente es que hay problemas, que toca repensar y renovar todo aquello. Ese es el problema del discurso político regresivo. La vida avanza en el sentido de las agujas del reloj, negarlo es tan inoperativo como argumentar que aquí no está pasando nada.

Pero lo que descorazona es la impresión de ausencia que genera el político que llama a la política como si fuese una señora que no termina de venir. Manual de instrucciones para llamar a Doña Visión de Estado: mirada al infinito, golpes en el pecho, frase redonda y sonrisa en el aplauso. Fin del corte de televisión. La sensación de cortocircuito que deja es parecida a la del señor que dice al enfermo: usted necesita un diagnóstico y una receta. Respuesta: oiga, me duele, estamos en un hospital y usted lleva una bata blanca, necesito que haga algo y pronto.

La política no se espera, se hace; uno no llama al diálogo, dialoga, y el voto no se pide, se trabaja. Se trabaja con el material que conforma un proyecto

En democracia, la política no se espera, se hace; uno no llama al diálogo, dialoga, y el voto no se pide, se trabaja. Se trabaja con el material que conforma un proyecto político. ¿Dónde está? ¿Dónde el diagnóstico que anticipa el fallo multiorgánico que desencadenan en cualquier cuerpo social el nacionalismo y el populismo? ¿Dónde el análisis que demuestra que esas dos lógicas siempre tienen su origen en unas élites, sus representantes en unos impostores, y sus víctimas en quienes más necesitan la democracia? ¿Dónde la activación de las condiciones higiénicas mínimas para la vida pública? ¿La limpieza ante cualquier mancha de nacionalismo o de populismo en el discurso y en la acción política propia? ¿La entereza?

Yo no creo que el debate político tenga que equipararse a un mercado en el que compitan quienes especulan con las pasiones humanas. Quiero otro futuro para nuestra democracia. Ahora bien, parece difícil de discutir que ellos trafican con una sustancia caliente y real, frente a mensajes artificiales, fríos y banales. También cutres. Vacíos. Acomplejados. Teñidos muchas veces por el deseo acomplejado de emular al adversario jugando en su propio campo.

Pienso en las elecciones catalanas y siento que sería feliz si me encontrase con un discurso que no dé la lucha por perdida (luchar es una cosa y combatir otra), que le ponga música a la letra de un proyecto político capaz de dar calor al corazón mientras pone las neuronas en circulación.

Poner a las personas por delante de las banderas no puede ser pedir demasiado. Recuperar el respeto tampoco parece un objetivo inalcanzable

No me refiero a un imposible. Poner a las personas por delante de las banderas no puede ser pedir demasiado. Recuperar el respeto tampoco parece un objetivo inalcanzable. Estabilidad económica. Impulso social. Velar por la verdad. Reconocer que hay desequilibrio fiscal. Aceptar que faltan infraestructuras. Concebir la cultura y la lengua no como algo que nos haga distintos sino como algo que debemos compartir. Tener en cuenta a quienes no quieren romper lo que compartimos y a quienes no quieren conservarlo todo en formol. Cerrar la ruptura, abrir camino al federalismo. Federalismo, sí, no para satisfacer al nacionalista que piensa en clave de hecho diferencial, sino para articular una fórmula de convivencia más sensata, mejor de lo que tenemos. Recetas para ya. Concretas, con números. Un proyecto. Razón política para la decisión de voto.

Paro y releo el texto antes de dejarte el cierre. Releo y me doy cuenta de que he escrito contra todo lo que pienso que ocurrirá: campaña prepolítica, resultado difícil y relación dañada para décadas. Me queda esperanza, todavía. Esperanza en la democracia y la especie humana. También en los afectos. Atrax se dio cuenta antes, supo ver que con su pérdida sería el cariño lo que salvaría a Atreyu. Eligió su final. Fue generoso. Aquí no hace falta un sacrificio, pero sí bastante más trabajo. Política, política de verdad.

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