El año en que se fundió la izquierda

Hubo una época en que la izquierda estaba más conectada que la derecha al sentir social, una edad en la que comprendía mejor el presente y podía ofrecer un futuro mejor

Foto: Pablo Iglesias y Pedro Sánchez bajan por la Carrera de San Jerónimo en su encuentro de ayer para abrir vías de diálogo. (EFE)
Pablo Iglesias y Pedro Sánchez bajan por la Carrera de San Jerónimo en su encuentro de ayer para abrir vías de diálogo. (EFE)

Cabe preguntarse si los partidos progresistas de nuestro país han confundido la juventud con la vitalidad, el cambio generacional con el cambio político. Abro la interrogación desde el pesar, porque pertenezco a la misma generación que Iglesias y Sánchez. Sin embargo, pienso que Carrillo es Steve Jobs al lado del primero y creo que Rubalcaba, Zapatero y González siguen siendo intelectual y políticamente más modernos que el segundo. Además, no puedo quitarme de encima la sensación de que los dos vinieron con pretensiones de refundar la izquierda y los dos la han dejado fundida.

El resultado de las elecciones catalanas tendría que llevar a la reflexión a más de uno. Nadie a ese lado del espectro político se ha aproximado a sus expectativas. Mal la izquierda antisistema de las CUP, mal la izquierda nacionalista de ERC, mal la izquierda populista podemita y mal la izquierda socialdemócrata de los socialistas. Mal de muchos y consuelo de tontos si nadie se da cuenta de que algo no funciona.

No puede ser casual que todas las campañas de corte progresista hayan sido igualmente desastrosas. La incapacidad de conectar con la mente, el corazón y el bolsillo del electorado, tiene que responder a motivos más profundos de los que pueden solventarse haciendo ajustes de comunicación.

Tiremos de ese hilo. Quizá el problema sea anterior al mensaje. Puede que las palabras elegidas pesen menos que las no escuchadas. Podría ser. Hemos visto a los candidatos hablando mucho de sí mismos y prácticamente nada de los miedos, inquietudes y aspiraciones sociales. Hemos visto que la izquierda ha pasado de escuchar a escucharse, que la vida iba por un sitio y el discurso por otro.

Ese vacío discursivo ha resultado descorazonador porque encima hemos tenido que soportar que se nos vendiese la táctica prevista para el día después como razón de voto. Comprobamos que el programa político terminaba ahí, sin proyecto de gobierno, sin promesa de país. Ese es el tema o, mejor dicho, lo era.

La implantación de la práctica plebiscitaria en los principales partidos progresistas está provocando graves efectos no deseados

Hubo una época en que la izquierda estaba más conectada que la derecha al sentir social, una edad en la que comprendía mejor el presente y podía ofrecer un futuro mejor. Pero aquello terminó. Hoy, ninguno de los dos partidos progresistas que compiten por ser alternativa de gobierno puede presentarse como contemporáneo. PSOE y Podemos se están desarraigando de nuestro tiempo, quedándose desfasados bajo la apariencia del relevo generacional.

Mi generación no está siendo capaz de articular un proyecto de izquierdas para nuestro país. Y creo que haríamos bien en interiorizar que si nuestra historia acaba siendo esa, esa será la historia de nuestro fracaso. Ya sé que lo que pasa aquí ocurre en más sitios. Ya sé que no lo tenemos fácil, que todo es cada vez más complejo. Pero también sé que eso no puede ser un consuelo. No puede ser bueno que la izquierda se quede fundida, sin luz política, estando todo como está y viniendo todo lo que viene.

En algún momento habrá que asumir que el sendero se perdió en algún punto. Interiorizar, por ejemplo, que el vértigo ocasionado por el gran malestar nos provocó un grave desprendimiento político. Perdimos el vínculo con la democracia representativa. Caímos en la trampa plebiscitaria. Y nos equivocamos.

2017 también ha sido el año de las primarias del PSOE y del Congreso de Vistalegre de Podemos. Las zonas de contacto entre las candidaturas que ganaron fueron obvias: culto al líder, empoderamiento de las bases y vuelta a las esencias. El resultado en ambos casos salta a la vista: distanciamiento de sí mismos, separación de la sociedad y alejamiento de una victoria electoral.

En mi opinión, la implantación de la práctica plebiscitaria en los principales partidos progresistas está provocando graves efectos no deseados por tres motivos.

Primero porque el populismo plebiscitario es menos democrático que la democracia representativa: fomenta el caudillismo, inhibe el debate, facilita la eliminación de los órganos de control; en definitiva, convierte a los partidos en organizaciones sectarias.

Segundo porque la concentración cesarista del poder también es dañina en términos estratégicos, cualquier equivocación en la cúspide arrastra a todo el partido. El error de enfoque de Iglesias –“Cataluña lliure y sobirana”-, como el de Sánchez –“nación de naciones”- han tenido consecuencias demoledoras en las urnas.

Y tercero porque las primarias son ineficientes como mecanismo de selección del liderazgo político. Tiende a premiar a quien cierra su retórica en torno a las bases y a castigar a quien abre su proyecto al resto de la sociedad.

En las sedes centrales de ambos partidos se seguirá dedicando más tiempo a las cuestiones internas que a la transformación del país

Convencer a unas pocas decenas de miles de personas que, básicamente, piensan lo mismo y que sienten que la pertenencia al partido da forma a su propia identidad, parece una tarea menos exigente que persuadir a los millones que te votaron, y es -desde luego- un empeño bastante más fácil que conquistar la confianza de millones de mujeres y hombres que no te votan pero hacen falta para alcanzar una mayoría política.

Por eso, por una cuestión de pura facilidad, de mera comodidad, es poco probable que la lógica plebiscitaria vaya a dejar de marcar el futuro orgánico del Partido Socialista y de Podemos. En las sedes centrales de ambos partidos se seguirá dedicando más tiempo a las cuestiones internas que a la transformación del país. Probablemente, el reparto de castigos y premios en forma de presencia en las listas o de minutos en la televisión, consumirá más tiempo para Sánchez y para Iglesias que el ejercicio del pensamiento constructivo.

Conclusión: pasadas las primarias socialistas y el congreso morado de Vistalegre, mucho me temo que durante 2018 seguirá habiendo cortoplacismo en la izquierda, tacticismo como en Cataluña, palabras dichas a tientas, de gallinita ciega. La necedad de pensar que lo que es malo para el país puede ser bueno para el partido. La banalidad de actuar sin verdad, ni autenticidad. Y como la izquierda no ilumine, ojo. Ojo porque el sorpasso podría venir en color naranja.

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