¿Impide la crisis catalana que Ciudadanos fuerce una convocatoria de elecciones?

El PP​ emite radiactividad masiva. Tanta, que hasta empiezo a tener la sensación de que si no fuera por cómo están las cosas en Cataluña, habría convocatoria de elecciones generales

Foto: El líder de Ciudadanos, Albert Rivera (i), durante un mitin en Cataluña. (EFE)
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera (i), durante un mitin en Cataluña. (EFE)

Áspero San Valentín para el Partido Popular, víctima del desamor de su base social y rehén de la soledad. La jornada solo les trajo un destello, un motivo para la sonrisa. Rufián salió trasquilado por Rajoy en una pregunta que ya es seria candidata al zasca de febrero. Todo lo demás debió dejar entre los populares el aroma pesado de la decadencia.

Hubo reproche de Ciudadanos a la vicepresidenta y amonestación del PNV al presidente. Doble prueba de que está comprometido el apoyo de esos dos partidos para sacar adelante los Presupuestos. En suspenso porque el PP emite radiactividad masiva. Tanta, que hasta empiezo a tener la sensación de que si no fuera por cómo están las cosas en Cataluña, habría convocatoria de elecciones generales. Pronto.

De momento, Rivera aguanta. Sin embargo, nadie puede decir que reciba incentivos para continuar. De hecho, la tensión parece haber crecido desde el lunes. Fue delante de los barones cuando Rajoy dijo “si el socio pega, hay que defenderse” (traducción al dialecto de clave interna: “Veda abierta para atacar a Ciudadanos”). Al día siguiente, ya giraban las cuchillas de la picadora de carne que guardan en la calle Génova, esparciendo dudas sobre la financiación del partido naranja.

¿Motivo? A flor de piel, el nerviosismo por las encuestas. Y, en las tripas, un vértigo diferente al conocido en la montaña rusa de cada ciclo electoral. Algo distinto: una intuición. La percepción de riesgo al derribo súbito, como en los tiempos de UCD. La posibilidad del final a la vuelta de la esquina.

Llevo tiempo pensando que en la historia completa del PP hay materia prima para una novela. Un novelón que bien podría contarse en forma de saga, llena de personajes de toda condición, y estructurada en tres actos: el fundador, el arquitecto, el heredero.

El fundador. El recorrido de un patriarca que traslada sobre sus hombros al franquismo sociológico, abre un espacio democrático para la derecha y lleva a cabo su labor de oposición como puede, rodeado de notables y con todas las dificultades que conlleva haber sido siempre un hombre de poder.

El arquitecto. La conquista de las dos condiciones imprescindibles para gobernar (unir a la derecha y levantar una maquinaria electoral más eficaz que la de los adversarios). Conversión del adversario en enemigo. Y en la segunda legislatura, la determinación redoblada. En paralelo a la trama central, detrás de las bambalinas, el reverso del esplendor. La aparición de personajes secundarios al calor del dinero. La implantación de la corrupción, el surgimiento de una red que la Justicia tardará más de una década en desmarañar. La boda en el Escorial.

El partido que antes podía ofrecer más de una decena de dirigentes para liderar el país va siendo podado por quien dilapida lentamente el legado

El heredero. El partido que antes podía ofrecer más de una decena de dirigentes para liderar el país va siendo podado, poco a poco, por quien dilapida lentamente el legado. El monopolio que abarcaba desde los votantes moderados hasta la extrema derecha entra en quiebra. La firmeza para defender la unidad de España cae en pérdidas. Y toda la suciedad acumulada, en tantos sitios durante tantos años, salta a la superficie con los recortes en carne viva. Indolencia, impotencia y corrupción. Forzoso desamor.

Esa historia está lejos de ser inocua para muchos españoles. Forma parte de la biografía de quienes han votado al PP durante toda su vida y ahora se sienten avergonzados. Normal. ¿Qué otra cosa puede sentirse viendo a tipos como Granados, Correa y compañía? Emocionalmente, da igual que esos casos de corrupción sean de antes. La sensación de que el saqueo está pasando en tiempo real se produce porque Rajoy es coetáneo de todos y porque ninguna de las explicaciones que está dando es satisfactoria. Primero porque falta humildad y sinceridad en lo que dice. Segundo porque, inexplicablemente, no se ha marchado.

El trazo naranja que dibujan todas las encuestas contiene el tránsito que están realizando, como mínimo, un millón y medio de votantes del PP. Y tiene difícil camino de vuelta porque culmina en veredicto social. Detrás pueden venir más, la autopista emocional está abierta. Decepción, sospecha, acusación y sentencia.

El peso de todo ese rechazo llenaba el equipaje de los barones que llegaron a la reunión del otro día. Seguramente, nadie se atrevió a decir allí lo que muchos deben estar pensando: si Rajoy se hubiese apartado a tiempo, España tendría hoy un Gobierno estable y el Partido Popular tendría menos incertidumbre en el horizonte.

Pero no se apartó y parece no haber asumido las consecuencias de su decisión. Lo parece porque comete el error de referirse a Ciudadanos como socio. No es así. Rivera no pidió un reparto de carteras ministeriales, no negoció una coalición. Tampoco firmó un acuerdo de legislatura. Como el presidente era inamovible, solo dio luz verde a una investidura para evitar el bloqueo institucional de España y la celebración de unas terceras elecciones. Es Rajoy quien necesita a Rivera, no al revés.

Teniendo en cuenta la distribución real de fuerzas y viendo la crecida de Ciudadanos en las encuestas, podría entenderse que el líder del PP optase por elevar la tensión. A veces hay que hacer esas cosas para calmar los nervios de las filas propias o para conectar con el electorado dubitativo. Pero puestos a hacerlo, hágase con un poco de sofisticación, quirúrgicamente, donde el daño sea certero, sin torpezas. Poner en duda las cuentas de Ciudadanos implica apretarse un poco más la soga naranja, y ponerse delante del pelotón de los que antes te votaron pero ya no perdonan tu corrupción.

Desconozco si la situación en Cataluña seguirá siendo disuasoria durante mucho más tiempo. Lo cierto es que ahora lo es, no encuentro otro motivo que impida a Ciudadanos forzar la convocatoria de unas elecciones generales. Creo que Rajoy haría bien en no poner a prueba los límites de resistencia del constitucionalismo. No ya por él, ni por su partido, simplemente porque tiene la obligación de pensar en el conjunto. El futuro existe, también cuando la historia parece escrita.

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