El discurso más flojo de Rajoy, en el momento más duro del PP

El planteamiento de la convención de Sevilla llama la atención por la tosquedad estratégica del cuadro general y la ejecución de la misma asombra por la omnipresencia del pensamiento mágico

Foto: Banderas de España y del PP en un acto en 2016. (EFE)
Banderas de España y del PP en un acto en 2016. (EFE)

Sorprende la cantidad de recursos que han empleado en el Partido Popular para hacerse daño a sí mismos. Durante el pasado fin de semana y en alta definición, han emitido una imagen avejentada, deprimida y desorientada. Es lo que queda tras un discurso imposible en una convención erróneamente planteada y torpemente ejecutada. El encuentro convocado por la calle Génova ha terminado sirviendo para pintar, enmarcar y colgar ante la opinión pública un autorretrato destructivo.

El planteamiento llama la atención por la tosquedad estratégica del cuadro general. Optar por Andalucía porque allí pueden adelantarse las elecciones y el candidato Moreno es blando, equivale a seguir un razonamiento tan sutil y delicado como el manual de instrucciones de una regadera del Ikea. Y responder a todas las carencias políticas que sufre el PP con una acción de partido, desde dentro y hacia dentro, suele ser tan eficaz como encarar la sequía con la danza de la lluvia.

La ejecución asombra todavía por la omnipresencia del pensamiento mágico. “Basta con que nos queramos un poco más para que todo nos vaya mejor”, ese fue el mensaje de la convención del PP, aunque parezca la moraleja de un librito de autoayuda escrito por cualquier desaprensivo. Eso, aderezado con el recurso a las propiedades mitológicas que contienen las siglas. Eso, condimentado con la conjugación del verbo 'defender' en todos sus tiempos, tal y como pasó en la cospedalina de apertura. Y todo, rematado con la tradicional agresividad frente a los adversarios que tanto calienta al militante.

Rajoy lo sabe porque lleva mucho en este negocio. El aplauso más rápido siempre llega con un ataque a los contrarios, por eso no regateó en insultos

Rajoy lo sabe porque lleva mucho en este negocio. El aplauso más rápido siempre llega con un ataque a los contrarios. Por eso, después de enarbolar la moderación, no regateó excursiones a uno y otro lado de la frontera del insulto. Solo al espolvorear sus desprecios brotaban las palmas a la temperatura necesaria. Durante casi toda su intervención, los asistentes aplaudieron sin alma, mecánicamente, con la disciplina que aprenden los públicos de los actos electorales. En los largos minutos que el presidente dedicó a recitar —otra vez— la gesta de la recuperación económica, fueron muchos los que se dedicaron a repasar el WhatsApp. Pusieron el salvapantallas mental.

Toda convención política es un envoltorio para el discurso final del líder. La indiferencia cosechada por las palabras del presidente demuestra el fracaso del encuentro y abre una preocupación creciente para los dirigentes del PP: Mariano Rajoy está dejando de funcionar, no ha generado la impresión de coraje, sabiduría y clarividencia que esperaban los cuadros de su organización. Ha fallado delante de los suyos. Su flojo discurso ha evidenciado que desconoce el estado de ánimo que se vive en sus propias filas, que no está en condiciones de remediarlo, o las dos cosas al mismo tiempo.

Necesidad de confianza y de valor

Los asistentes a la cita del pasado fin de semana no son militantes de base, son cuadros, son mujeres y hombres con responsabilidades en el partido o en las instituciones. Saben bien los problemas que afronta el PP. Y son muy conscientes de que el patriotismo de partido no va a solucionar ninguno de los desafíos. Bastantes de ellos ven las elecciones municipales y autonómicas en el horizonte. Tienen que pensar en la campaña y tendrán que tomar decisiones. Si notan que Rajoy deja de rendir como activo electoral, que las siglas restan más de lo que suman, no dudarán en escuchar a quien les ofrezca estrategias menos cercanas al presidente y más despreocupadas por el logo del partido.

Cuando una formación política vive un momento tan duro como el que está atravesando el PP ahora, los cuadros demandan motivos para confiar en el líder

Cuando cualquier formación política vive un momento tan duro como el que está atravesando el PP ahora, los cuadros demandan motivos para confiar en quien lidera. Piden expectativas de futuro y metas políticas. Necesitan confianza y no apelaciones vacías a salir a la calle con la cabeza bien alta, como si esto fuese el descanso de un partido bajo una goleada vergonzante.

La confianza solo puede levantarse desde la sinceridad, que es una manifestación bien humana del coraje. Muchas veces, hace falta valor y honestidad para reconocer lo que no va bien. Por ejemplo, que el Gobierno no gobierna, que los Presupuestos están en el aire. Por ejemplo, que cada caso de corrupción y cada respuesta que da el PP a sus asuntos turbios supone una puñalada en el tejido moral de toda la organización. El camino de Cifuentes no puede ser el camino. La frase que pronunció Rajoy en Sevilla —“la realidad ignorada siempre se toma su venganza”— parece escrita por un enemigo suyo. Vale como epitafio político por su manera de bordear todas las cuestiones graves sin abordarlas.

Hacia la crisis de liderazgo

Faltó coraje en el discurso del presidente para identificar los problemas, pero también sabiduría para diagnosticarlos. Despachar la invasión naranja con un par de perezosos manotazos al aire no parece el análisis más riguroso y más tranquilizador que puede hacer el dirigente de un equipo al que le están comiendo la tostada en todos sitios. Limitarse a decir “somos un gran partido […] y luego están los demás, esto es lo que hay” no servirá para aplacar el vértigo que provocan las encuestas. Sin análisis, no hay receta. Y si falta la receta, como es el caso, puede entenderse que no disminuya la angustia.

Faltó coraje. Faltó sabiduría. Y faltó clarividencia para apuntar hacia las soluciones. Cuando se acusa a los demás de “intentar goles desde el sofá”, conviene que nadie piense que los de enfrente saben lo que están haciendo y tú no. No se ha visto en el Gobierno una estrategia de comunicación internacional frente al relato separatista. Después de lo afirmado por la ministra de Justicia alemana, cabe preguntarse si existe o no existe una estrategia diplomática, un plan de actuación sobre la crisis catalana en los gobiernos europeos.

Conclusión. El PP sale de su convención peor de lo que entró. Eran muchos los problemas. La intervención de Rajoy deja uno nuevo. Él no es la solución. La crisis de liderazgo puede abrirse en cualquier momento.

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