Sánchez y Rajoy. Plata o plomo en el bipartidismo

Los líderes de los dos partidos que han venido siendo centrales en nuestra democracia han protagonizado un choque repleto de crueldad y suciedad, y marcado por dos coacciones inaceptables

Foto: Multiexposición en cámara con el líder del PSOE, Pedro Sánchez (izda), escuchando la intervención del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)
Multiexposición en cámara con el líder del PSOE, Pedro Sánchez (izda), escuchando la intervención del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)

Primer capítulo de 'Narcos'. Un grupo policías ordena mostrar el contenido de unos camiones detenidos por sospecha de contrabando. Aparece Pablo Escobar de la nada. Despacio, recita a los uniformados los nombres de sus familiares, deja espesar un silencio y formula la disyuntiva. Plata o plomo.

Los dilemas forzados suelen ser perversos, pero en política tienden invariablemente a ser tristes, preocupantes y peligrosos. Este jueves lo hemos podido comprobar en el primer tramo de una moción de censura que agarra a España en el momento más sensible de nuestra historia reciente.

Sánchez y Rajoy. Plata o plomo en el bipartidismo

Los líderes de los dos partidos que han venido siendo centrales en nuestra democracia han protagonizado un choque repleto de crueldad y suciedad, y sobre todo marcado por dos coacciones igualmente inaceptables. Quizá este combate entre Sánchez y Rajoy –es la única palabra que puede emplearse- sea el último enfrentamiento del bipartidismo que conocimos.

Después de lo visto, nadie puede extrañarse de que socialistas y populares sean hoy quienes tienen más miedo a las elecciones. Estando las cosas como están, hemos visto dos planteamientos igualmente tramposos y desfasados. Uno ha dado a elegir entre su permanencia o el caos. Él otro entre su presidencia sin urnas o el desdoro de la democracia. Ninguno ha permitido matices ni alternativas. Ambos han sido más eficaces para atacar al adversario, que para ofrecer un futuro para España.

Quizá este combate entre Sánchez y Rajoy –es la única palabra que puede emplearse- sea el último enfrentamiento del bipartidismo que conocimos

No fue por falta de tiempo, en este caso ilimitado. Sin embargo, Sánchez solo dedicó tres minutos a la cuestión territorial y seis a las políticas sociales. Un párrafo sobre desigualdad entre hombres y mujeres, una frase sobre dependencia, otra sobre pobreza, ninguna sobre educación. Conviene recordar que comparecía como candidato del grupo parlamentario socialista.

Hubo, tanto en Rajoy como en Sánchez, mucho de eso que llaman “patriotismo de partido”. Inquietud por amarrar los votos que quedan. Amplísima presencia de las siglas en un discurso identitario y endogámico. Decadente. Reproches que se remontan a la noche de los tiempos. Enfrentamientos tendidos en términos morales y por lo tanto insuperables. Negaciones y demonizaciones entre enemigos que se saben íntimos. Ajustes de cuentas que, en definitiva, son ajenos a la vida cotidiana de los españoles.

A pesar de todo, ambos pueden pensar que cumplieron los objetivos fijados para sus discursos. Si lo miran así, pueden sentirse satisfechos. Si lo piensan un poco, puede que acaben descubriendo que el problema que sufren está en el tipo de decisiones que eligen. En cualquier caso, lo cierto es que Sánchez hizo daño a Rajoy y que Sánchez ha quedado dañado por Rajoy; no en la misma medida, pero sí hasta el máximo que cada uno ha podido.

Sánchez hizo daño a Rajoy y que Sánchez ha quedado dañado por Rajoy; no en la misma medida, pero sí hasta el máximo que cada uno ha podido

El líder socialista lo tenía más fácil. La situación del presidente era objetivamente insostenible después de la sentencia Gürtel. El planteamiento de la operación fue inteligente. Por eso la ejecución en el Parlamento pasaba por no cometer errores. Sus prioridades estaban claras: fijar al partido rival en la ciénaga de la corrupción, desterrar a Rajoy al pasado y visibilizar la transición en la última intervención. Todo ello, evitando entrar en el cuerpo a cuerpo y manteniéndose en la imprecisión que hacía falta para recabar los apoyos imprescindibles. No antes, pero si después de las réplicas, puede decirse que cumplió con acierto esa misión.

El líder popular es un parlamentario peligroso. Tiene el don de hacerte reír mientras te hiere, una forma muy sofisticada de emplear la mala uva. Retranca, lo llaman. Fue lo que pudimos ver durante el arreón que endosó a un Ábalos que terminó aniquilado.

Frente a Sánchez, Rajoy estuvo eficaz. Resaltó las contradicciones. Subrayó las vaguedades. Enlazó las sospechas vertidas con la incertidumbre y la inestabilidad que puede sufrir nuestro país. Y, para mí es la clave, se detuvo en hacer un retrato psicológico del socialista bien trabajado. Entregó un mapa del tesoro a quienes pretendan buscar los puntos más débiles del socialista.

Ninguna de las categorías que empleó Rajoy al fijar públicamente la personalidad de Sánchez responde al azar. Con cada uno de sus ataques fue evocando y uniendo puntos. Lo hizo sin prisa, hasta dejar terminado el perfil entero del denominado “narcisista sin escrúpulos”: vanidad, falso sentimiento de autoimportancia, exageración de logros y responsabilidades, fantasías de poder, explotación sentimental, instrumentalización de los demás, egoísmo, variabilidad, incapacidad de asumir lo evidente, negación de la realidad externa, distorsión de las interpretaciones, cambios constantes narrativos, ausencia de prohibiciones internalizadas, falta de respeto a los límites …; de todo eso habló Rajoy a lo largo de su primer turno.

Nadie justo puede decir que Rajoy terminó noqueado, tampoco pidiendo la hora, pero si acabó cansado, incluso desangelado

Después, sin embargo, fue bajando de nivel en cada réplica. Nadie justo puede decir que terminó noqueado, tampoco pidiendo la hora, pero si acabó cansado, incluso desangelado. Probablemente, para entonces ya sabía lo que según escribo no está confirmado. Quizá ya le había llegado el mensaje del PNV. La suerte estaba echada y pintaban bastos. Si fue así, el trance debió resultarle más que amargo.

Desconozco lo que ocurrirá, pero temo lo que puede acabar pasando. No este jueves, ni este viernes. Tampoco en un mes o en un año. Es posible que la vida española acabe adentrándose en algo peor que la crispación y la polarización. Pienso en nuestro país y tengo miedo del encanallamiento político que podría estar por venir.

Quizá la inaceptable resistencia del bipartidismo a solventar la situación actual en las urnas nos deje una democracia insoportablemente degradada. Por el momento no faltan motivos para preguntarse si el choque entre los dos dilemas perversos, forzados y artificiales que hemos visto pueden haber abierto la caja de Pandora que nuestra transición, con el esfuerzo y la generosidad de todos, supo cerrar.

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