Revuelta agraria. Uvas de la ira 2.0

Las razones del malestar son diferentes. Es el tipo de malestar que se acumula en una fase distinta del capitalismo. Oligopolios. Pequeños productores frente a grandes cadenas de distribución

Foto: Agricultores y ganaderos protestan ante el Ministerio de Agricultura, este miércoles, en Madrid. (EFE)
Agricultores y ganaderos protestan ante el Ministerio de Agricultura, este miércoles, en Madrid. (EFE)
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Una sacudida social está brotando del campo. Normal que busquemos un punto fijo. Cuando los giros son bruscos, tratamos de clavar la mirada en algún sitio. Es nuestra manera de afrontar la desorientación. A veces recurrimos al tiempo, a la historia. A veces al espacio, a la geografía. También tenemos la literatura. Tres lugares que siempre nos dejan algo.

El pasado ofrece indicios, pero no guarda plantillas para interpretar rígidamente el presente o anticipar el futuro. La obsesión tan extendida, tan actual, de comparar nuestros días con los acontecimientos que desembocaron en la Guerra Civil es una torpeza o un error malintencionado. Sin embargo, lo cierto es que la tierra vuelve a levantarse como ocurrió entonces.

Revuelta agraria. Uvas de la ira 2.0

Quizá convenga recordar que la reforma agraria fue un eje de tensión social tan candente durante la Segunda República como la cuestión religiosa. Las condiciones han cambiado, claro. Hoy, el sector tiene mucho menos peso económico y demográfico que antes. Y ahora, las razones del malestar son diferentes: no es un problema grave de productividad, no es el reparto inmoral de la tierra, esto no va de jornaleros frente a dueños de latifundios. Pero hay malestar, y es serio.

Es el tipo de malestar que se acumula en una fase distinta del capitalismo. Oligopolios. Pequeños y medianos productores frente a grandes cadenas de distribución. Otra capa social que antes podía sentirse en la clase media, y que ahora comprueba que su forma de ganarse el pan está amenazada. Otros “olvidados”, como dice Trump con la desalmada puntería emocional del buen populista.

Quizá convenga recordar que la reforma agraria fue un eje de tensión social tan candente durante la Segunda República como la cuestión religiosa

Será difícil que esta ola de indignación con color tierra encuentre una respuesta política satisfactoria. La fragmentación política, la debilidad de la economía y la impotencia del Estado no invitan al optimismo.

La Segunda República no sirvió para poner el campo español en hora con el siglo XX, porque aquel sistema de partidos estaba marcado por la división y el enfrentamiento. En eso, no estamos mucho mejor.

La reforma de los años treinta también defraudó las expectativas que generó y dejó un reguero de violencia porque faltó dinero. Ahora, el horizonte económico de España contiene bastantes más riesgos que promesas. Por otro lado, la cesión de soberanía restringe la intervención estatal. En eso, estamos bastante peor.

Revuelta agraria. Uvas de la ira 2.0

Demandas como el fijado de precios, la nacionalización o la promoción del cooperativismo para la distribución están más cerca de la utopía que de la caja de herramientas del Gobierno. Quedan medidas de alivio, como el fomento del comercio de proximidad. Queda el discurso de la coyuntura, hablar de lo malo que ha sido este año, como se hablaba en el pasado de la sequía de 1930. Pero lo más probable es que la reforma estructural quede en el purgatorio de la historia, mientras las consecuencias del cambio climático están ya a la vuelta de la esquina.

La geografía nos trae otra serie de indicios. No hace falta buscar en mapas lejanos para trazar la ruta que puede seguir el malestar del campo español. Cuesta creer que la pasta de dientes regresará alegremente al interior del tubo, basta con mirar a Francia.

Hay semejanzas entre la erupción de los chalecos amarillos franceses y lo que está surgiendo aquí. Comencemos por destacar siete de carácter orgánico: nos encontramos ante movimientos de base y espontáneos, sin líderes ni portavoces estables, sin estructuras jerárquicas, sin vínculos con los partidos y sindicatos habituales, sin ideologías que encajen en los parámetros tradicionales ni un conjunto de demandas claramente delimitado, y sin miedo a recurrir a la violencia.

Añadamos dos parecidos razonables más. El primero, sociológico: ambos cuentan con el respaldo de la opinión pública. Creo que aquí no tardaremos en comprobarlo, en Francia, el 75% de la población simpatizó con los chalecos amarillos durante su primer tramo (un respaldo que sigue por encima del 40%). Y el segundo, político: los dos casos transmiten un fuerte rechazo a las élites, concentrado en la metrópolis (Madrid o París).

Completemos el juego de espejos con el factor desencadenante. El impuesto a los carburantes de Macron catalizó el descontento francés. La reivindicación del diésel también está presente aquí. No es casual. El vehículo se ha convertido en uno de los elementos más claros de diferenciación social.

En el centro, en la metrópolis, donde las cerezas chilenas se venden a 15 euros el kilo, está bien visto liberarse del automóvil. Tener un coche o un monopatín eléctrico es una señal de estatus, incluso de buena ciudadanía.

La meseta lleva mucho tiempo en la periferia de la vida pública, en el extrarradio de las oportunidades

En las zonas rurales, el coche hace falta para llevar los críos al colegio y los abuelos al hospital. Sencillamente, no se puede vivir sin él. Esa diferencia enmarca la desigualdad, refleja el conflicto que se da entre vivir en el centro y en la periferia.

No es solo una tensión física, el malestar no termina ante el insoportable hecho de que se tarde menos en llegar de Madrid a Nueva York que a Badajoz. Se extiende políticamente porque la meseta lleva mucho tiempo en la periferia de la vida pública, en el extrarradio de las oportunidades. Y se prolonga culturalmente porque Madrid central concentra la creatividad y la generación de sentido vital. Todo ello mientras el éxodo rural se acentúa. Nada nuevo bajo el sol de 1929 o 2008.

“Hay una ira que va creciendo. En sus almas las uvas de la ira van desarrollándose y creciendo, y algún día llegará la vendimia”. Desconocemos qué frutos traerá este malestar entre el centro y la periferia.

No sabemos si llegará a cristalizar en nuevas formas políticas —réplicas de Teruel Existe— que atomicen todavía más nuestro sistema de partidos y hagan de España un país todavía más difícil de gobernar.

No sabemos si Vox será capaz de absorber primero y controlar después este movimiento, como intentó el lepenismo con cierto grado de éxito, sobre todo en el sur.

El caso es que la democracia representativa sufre un tirón más en sus costuras, y que el tiempo de esta vendimia parece haber llegado para quedarse.

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