¿Es el coronavirus un cisne negro?

Lo único que puede anticiparse es que podemos encontrarnos ante el acontecimiento más disruptivo de 2020, uno de los cisnes negros que perfiló Nassim Nicholas Taleb

Foto: Ilustración: El Herrero.
Ilustración: El Herrero.
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La bolsa cae a plomo y no hay manera de comprar mascarillas, jabón desinfectante o guantes de quirófano en nuestras ciudades. Los dos hechos responden al mismo factor, el miedo. Sin embargo, somos más benévolos con quienes venden en los mercados internacionales que con quienes compran en el barrio. Vemos lo que ocurre cerca como histeria colectiva y nos parece prudente que el dinero lejano sea temeroso.

Tenemos tendencia a calificar selectivamente las emociones de los demás, es humano. Lo es menos olvidarnos de que el miedo mantiene vivo nuestro instinto de supervivencia. No es insensato sostener que el temor al coronavirus está justificado.

Lo objetivo es que este virus surgió en el peor lugar posible y que no habrá vacuna hasta dentro de un año, que la enfermedad no ha podido contenerse hasta ahora y que diariamente se está expandiendo de manera exponencial. La pregunta, aquí y en los demás sitios, no es si el coronavirus llegará, sino cómo lo hará y cuánta gente se verá afectada.

Hasta el momento, la ciencia no nos ofrece certezas sobre la posible evolución del coronavirus. Lo único que parece claro es que el riesgo de contagio económico es mayor que el de contagio físico. Y lo único que puede anticiparse es que podemos encontrarnos ante el acontecimiento más disruptivo de 2020, uno de los cisnes negros que perfiló Nassim Nicholas Taleb. Un hecho sorprendente, de gran calibre, con consecuencias en racimo que alteran el orden que conocimos. El tipo de punto de no retorno que todo el mundo vio venir muchos kilómetros después.

No hay consenso sobre el grado de impacto que tendrá, a medio plazo, el coronavirus sobre la economía mundial. Dependerá de lo que ocurra con la evolución del virus. Lo que no se discute es que dañará los números globales, al menos durante este trimestre.

Si no se contiene pronto, buena parte de lo que ocurra vendrá determinado por la acción de los poderes públicos. La erosión del multilateralismo ha restado músculo a las instituciones internacionales. Desde 2008, los bancos centrales han ido perdiendo munición. Los niveles de endeudamiento son preocupantes. El desempeño de nuestros gobiernos puede desencadenar una nueva recesión o aplazarla. También, un proceso de mayor desglobalización o de mayor cooperación. Los escenarios están abiertos.

Comencemos por el foco, China. La falta de transparencia, el exceso de propaganda y la ausencia de libertad de expresión han generado malestar en la población de aquel país. Podría ser visto como una crisis puntual, pero la ineficacia deja huella en la memoria colectiva. No han contenido el virus. Hay cosas más tolerables que vivir sin libertad bajo un sistema que no funciona a la hora de la verdad. El Gobierno de aquel país se encuentra hoy ante la mayor prueba desde los tiempos de la plaza de Tiananmén. Las derivadas geopolíticas podrían ir en cascada.

China es la gran fábrica del mundo. Si la normalidad no vuelve pronto a los centros de trabajo, habrá problemas en las cadenas de distribución. Pueden verse afectados sectores tan estratégicos para el mundo desarrollado como el automóvil, la tecnología, el lujo y la moda.

¿Es el coronavirus un cisne negro?

También el turismo. El día en que la ministra Calviño consideró que es “demasiado pronto” para estimar el impacto económico del coronavirus, vimos al ministro francés de Hacienda mostrar su preocupación porque el número de visitantes asiáticos a París está cayendo entre un 30 y un 40%.

En Estados Unidos, se comparte la misma preocupación. Se estima que la caída del turismo con origen en China estará en las mismas cifras —4,6 millones de noches de hotel perdidas en 2020— y que harán falta cuatro años para retomar el pulso anterior. Igual para las compañías aéreas. Las caídas en la bolsa pueden poner a los hogares norteamericanos a la defensiva en pleno año electoral.

Regresemos a Europa. Apuntemos el riesgo de que el nacionalismo —en crecida— promueva el cierre de fronteras; sería un golpe duro para las debilitadas instituciones europeas. Tengamos en cuenta el impacto de la incertidumbre sobre el frágil estado anímico y económico continental. Como consecuencia del coronavirus, la confianza de los inversores alemanes ha caído después de unos trimestres que no han sido precisamente fáciles.

Y tratemos de aprender de lo que está pasando alrededor de nosotros. El aislamiento de pueblos y ciudades no será inocuo para la economía italiana, ya en posible recesión técnica. Esos paisajes distópicos pueden afectar a la productividad, a las exportaciones, al consumo, a la restauración, a la demanda de energía y, de nuevo, al turismo —8% del PIB de aquel país—.

España. La imagen del hotel canario acordonado por la policía era ayer fotografía de portada en la prensa británica. Reino Unido es el primer emisor de turistas hacia nuestro país. La campaña de Semana Santa está a la vuelta de la esquina. Tenemos un mercado de trabajo marcado por la estacionalidad. Zona de turbulencias para un motor económico central.

La economía es el punto más débil del proyecto Sánchez porque, siendo una de las principales razones de voto, es un ámbito en el que la lógica de los abusos de poder termina resultando inútil —en el mejor de los casos— o contraproducente —en la mayoría—. La crisis del coronavirus puede suponer el primer examen serio para la capacidad de gestión del Gobierno. Pero también pondrá a prueba más cosas.

Si la situación escala, habrá que ver si el actual clima de polarización sigue pareciendo sostenible a la mayoría social de nuestro país.

Si el malestar aumenta, los dilemas entre acuerdo o enfrentamiento, entre oportunismo o responsabilidad, pueden acabar trayendo el tipo de premios y castigos electorales que siempre dejan los traumas sociales.

Si el reto adquiere el volumen que perfilan los escenarios menos optimistas, nos preguntaremos seguramente si tener 17 sistemas sanitarios en lugar de uno es la mejor manera de velar por el derecho a la salud de todos los españoles.

Hiperconectados, nos ha tocado vivir en el tiempo acelerado de la incertidumbre. Lo natural es tener miedo. Lo necesario es acostumbrarse y tratar de llevarlo con serenidad, incluso con gracia, con dignidad. Lo peligroso es el pánico. Peligro porque cuando el pánico se acerca, retrocede la libertad.

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