Lo que pasa cuando confinas por coronavirus a 45 millones de personas

Si el confinamiento de toda la población parece ahora la única manera de enfrentar la enfermedad, es porque antes fallaron la previsión y la planificación

Foto: La plaza Mayor de Madrid, desierta. (Marcos García Rey)
La plaza Mayor de Madrid, desierta. (Marcos García Rey)
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Organización Mundial de la Salud, esta misma semana: “Nuestro mensaje a todos los países es sencillo: test, test, test. Hagan la prueba a cada posible caso de Covid-19 […] No se puede luchar contra un incendio teniendo los ojos vendados. No podremos frenar esta pandemia si no sabemos quién está infectado”.

¿Está España combatiendo el coronavirus a ciegas? Eso parece. Si el confinamiento de toda la población parece ahora la única manera de enfrentar la enfermedad, es porque antes fallaron la previsión y la planificación. El número de pruebas fue insuficiente y los primeros focos no fueron aislados a tiempo.

Nuestro país perdió las semanas más decisivas para fijar el perímetro y reducir la onda expansiva de esta crisis. Habrá tiempo para hablar de ello, aunque ahora sea más urgente la unidad. Unidad porque ahora mismo la emergencia es triple: afrontar la tragedia sanitaria, proteger la economía y encarar la recesión social que se avecina.

El riesgo de colapso en los hospitales es inmediato. El riesgo de crisis económica sin precedentes parece insalvable. Sin embargo, el riesgo de depresión de la sociedad permanece invisible. Señalar ese tercer punto no conlleva quedarse en el aumento que con toda seguridad veremos de la desigualdad. Implica poner el énfasis en la factura individual y colectiva que traerán las fracturas íntimas que están viviendo millones de españoles.

Hay muchos silencios detrás del merecido aplauso que reciben cada noche los profesionales sanitarios, detrás de la música positiva que suena en los balcones, detrás de las quedadas en WhatsApp, detrás de las muchas y nuevas formas de socialización que vemos en las redes sociales. Detrás de todo eso hay muchas personas solas, desconectadas, atravesando desarmadas una reclusión difícil de soportar.

Pienso en las personas mayores que no tienen compañía, en los enfermos, en los dependientes, en quienes tienen problemas mentales, en quienes sufren cualquier tipo de adicción. Son los abandonados.

Pienso en las madres solteras, en quienes tienen que permanecer encerradas con sus maltratadores, en las que interrumpen su embarazo. Son las olvidadas.

Pienso en todos nuestros hijos, en lo difícil de aceptar que resulta que los perros puedan salir a la calle pero los niños no, en la huella que esto dejará para el desarrollo de los españoles del mañana. Son los imprescindibles.

El aislamiento no será inocuo para las personas vulnerables. Tiene que haber síntomas: ansiedad, miedo, insomnio, pérdida de concentración, irritabilidad, ataques de pánico, tristeza. Vendrán las enfermedades: depresión, fobias, alcoholismo, enganche a los tranquilizantes. Y llegarán también los suicidios. Previsiblemente, aumentarán las cifras mudas del gran tabú occidental.

Quienes tenemos más suerte y podemos estar junto a la pareja que queremos, cuando más falta hacen la palabra y la ternura, no saldremos completamente intactos de esta crisis. Hoy pensamos que sí, nos vemos fuertes, pero esto no ha hecho sino comenzar. ¿Cómo nos sentiremos cuando se hayan acumulado muchos más días y noches sin poder ejercer nuestra libertad? Lo desconocemos.

Todo lo que sabemos es que China necesitó algo más de 40 días de medidas muy duras. Todo lo que intuimos es que lo que ocurra en Italia puede servir para anticipar lo que pase en España. Y todo lo que nos llega, en todas las naciones, son globos sonda sobre la duración de este tiempo de anormalidad. No es improbable que el encierro se cuente en meses y no en semanas.

Hay poca literatura sobre el impacto psicológico a gran escala que puede tener el aislamiento social. Un informe publicado recientemente en 'The Lancet' afirma que puede ser “amplio, sustancial y duradero”.

Ese documento señala que si la reclusión es la única manera de preservar el bien común, “debe manejarse con cuidado”. Subraya que los responsables políticos “deben tomar todas las medidas necesarias para asegurar que la experiencia resulte tan tolerable como sea posible”.

Para conseguirlo, destaca “la necesidad de decirle a la gente qué está pasando y cuáles son los motivos”, así como “explicar cuánto tiempo durará”. Parece razonable. Hace falta una luz al final del túnel, aunque sea mínima, aunque sea lejana.

La falta de transparencia es una equivocación. Lo es en términos prácticos, porque el conocimiento de los hechos permite la preparación mental de la población, pero también es un error en términos democráticos. Los representados no votamos a los representantes para que decidan lo que nos conviene y lo que no nos conviene saber, sino para que nos traten como a personas adultas. Ningún Gobierno tiene derecho a ocultar a sus ciudadanos algo tan relevante como la duración estimada de un estado de alarma.

La imprevisión del pasado no se puede corregir. Pero quienes tienen responsabilidad política están a tiempo de prever lo que podría suceder en el futuro. ¿Durante cuánto tiempo resulta psicológicamente sostenible recluir a todos los habitantes de un país en sus casas?

Es el miedo lo que mantiene vacías nuestras calles. ¿Cuánto tiempo puede seguir tensa esa cuerda? ¿Qué ocurrirá cuando lleguen las primeras noticias positivas pero siga haciendo falta mantener el aislamiento? ¿Cómo impedir la relajación después de tanto estrés acumulado? ¿Cómo frenar la comprensible búsqueda de vías de escape?

El Museo del Prado, sin las habituales colas para entrar. (EFE)
El Museo del Prado, sin las habituales colas para entrar. (EFE)

La vieja tesis de que el Estado tiene el monopolio de la violencia parece más endeble de lo que fue antes. Las multas y la presencia de la policía y el ejército en la calle pueden actuar como un inhibidor individual. Pero ¿cómo reprimir a 1.000 personas juntas en la época de la comunicación 2.0?

Porque hay que salvar vidas, no tenemos más remedio que adentrarnos en un territorio delicado para la democracia. Y eso es algo mucho más valioso que la economía, ya dañada. Precaución. Conviene explorar otras vías para afrontar este trance. Opciones que permitan tratar dignamente a los enfermos sin sacrificar nuestra convivencia.

No sé si es operativamente imposible testar a toda la población española y actuar en consecuencia. Pero no me cuesta reconocer que temo por los efectos que puede tener una reclusión total sin fecha de caducidad cercana. Lo temo a corto, porque puede haber desórdenes sociales. Y también lo temo a largo, porque una sociedad que se acostumbra a vivir sin libertad, por muy justificada que sea la causa, es una sociedad más propensa a caer.

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