Covid-19, menos mal que esto no es una guerra

La idea de que estamos en guerra es falsa, manipuladora y contiene más de un peligro para la salud de nuestra democracia

Foto: Foto: EFE.
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Creo que por responsabilidad cívica no debemos aceptar el marco mental que este y otros gobiernos quieren imponer sobre la crisis del coronavirus. La idea de que estamos en guerra es falsa, manipuladora y contiene más de un peligro para la salud de nuestra democracia. Cuidado. El otro día, un militar dijo que los españoles somos 45 millones de soldados. No es cierto. Somos ciudadanos. Somos mujeres y hombres libres. Y ahora somos, además, víctimas de una incompetencia política difícil de perdonar e imposible de olvidar.

Creo que haríamos bien en reflexionar sobre lo que significa ser víctimas de una crisis como esta. Muchas vidas que podrían haberse salvado se perderán, y muchos no podrán despedirse de sus seres queridos. Todos nuestros hijos van a tener que crecer con este trauma a cuestas, y todos tenemos restringida nuestra libertad. Es grave. Cada experiencia de este sufrimiento será única, tan único como el sentimiento de soledad que experimentan nuestros mayores. Sin embargo, por una cuestión de respeto, de humanidad, de cuidado al valor que late en las palabras más importantes, tenemos que subrayar que esto no es una guerra.

Hay luz en casa, y agua, y calefacción. Hay comida en la nevera y medicamentos en los cajones. Hay internet, opción de conectarse con los nuestros, posibilidad de vernos la cara. Vivir encerrados no puede quitarnos el sentido de la perspectiva. Asómate a la ventana. Esto no es Alepo ni Bagdad. Respira.

No. Esto no es una guerra, y menos mal. Menos mal, porque hubo señales de alarma con tiempo suficiente para prepararnos mejor y fueron incomprensiblemente desatendidas. Y menos mal, también, porque el alto mando nacional no puede haber dado más muestras de ineptitud: nuestro país está rivalizando con Irán para dirimir quién tiene el Gobierno más infectado del mundo. Marca España.

Vivir encerrados no puede quitarnos el sentido de la perspectiva. Esto no es Alepo ni Bagdad. Respira

Si esto fuese una guerra de verdad, estaría más perdida que ganada. Perdida, porque llevamos semanas mandando a nuestras fuerzas de choque sin los suministros que hacen falta para evitar que se conviertan en carne de cañón. Las mascarillas, los guantes, la sangrante falta de equipamiento que sufre el personal sanitario español compromete la salud de nuestros combatientes de élite y nos hace más vulnerables ante el colapso sanitario. Esas bajas tenían que haberse evitado, no son daños colaterales. Ningún daño lo es en realidad.

Si esto fuese una guerra, tendría que haber una estrategia y alguien capaz de explicarla. Y no este sentimiento de absoluta orfandad nacional. Habría un comandante en jefe dirigiéndose a la nación con información clara y precisa sobre el estado real de la situación. Y no ideología. Habría un líder que explicaría dónde está el objetivo, cuáles son los riesgos, cómo son las fases previstas, cuándo van a respaldarnos nuestros aliados y cuánto tiempo falta para alcanzar la victoria. Y no propaganda. No sentimentalismo de libro de autoayuda en sesiones interminables de televisión. Sonrojo. Dar las gracias a quienes se esfuerzan, a quienes sufren, carece de valor cuando ha faltado el coraje político de pedir perdón.

Habría una estrategia y también una táctica. Habría una manera de organizar la Administración acorde con el reto que hay enfrente, con la ministra de Economía en la sala de mandos, y no fuera porque resulta que el ego de Pablo Iglesias no sabe de cuarentenas. Habría un plan que permitiese a España desplegarse con eficiencia en el campo de batalla de las compras internacionales y no un ministro de Sanidad cuyo principal mérito parece estar en haber ganado muchas asambleas en una región de su partido. Y habría, tendría desde luego que haber, como pasa en todas las guerras, un impulso, un rearme sin precedentes de la investigación. Un proyecto Manhattan contra el virus. ¿Sabe alguien dónde está el ministro de Ciencia?

Asociar el estado de guerra a la crisis sanitaria que estamos atravesando es una trampa tendida desde la comunicación política. Es un juego de manos en el que se manosea el deseo colectivo de permanecer unidos con el objetivo partidario de proteger al Gobierno de la crítica pública. Los españoles, los 45 millones de mujeres y hombres que somos ciudadanos y no soldados, compartimos el deber de no fomentar la división en un trance como el actual. Es nuestra responsabilidad con el conjunto. Pero también hay un deber en velar por el pensamiento crítico de cada uno. Esa es una condición indispensable para poder decirnos que vivimos en libertad.

Asociar el estado de guerra a la crisis sanitaria que estamos atravesando es una trampa tendida desde la comunicación política

Si hoy aceptamos la analogía bélica, nos veremos mañana un poco más encerrados en el espacio discursivo de la falsedad. Vendrá la crisis económica y el debate público estará un poco más lejos del terreno de la verdad. Se nos contará el cuento de que todo iba sobre ruedas hasta que un enemigo invisible, indetectable e inhumano nos declaró una guerra por sorpresa. Esto es, que fuimos expulsados de un Edén que no existió por un pecado que nadie cometió.

Lo cierto es que España ha desperdiciado estos años sin ponerse en hora con el futuro. Y lo que cuesta discutir es que, desde 2008, las clases medias han sido expoliadas y no equipadas. Por eso, después de esta crisis sanitaria torpemente gestionada, entraremos en la recesión económica siendo más vulnerables y más desiguales.

Es posible que entonces, cuando nos encontremos en el paisaje de posguerra sin causa que ahora perfilan, acabemos viendo cómo la asunción de responsabilidades termina siendo sustituida por la explotación del dolor ajeno. No hay terreno más propicio para el nacionalismo y el populismo que el del malestar.

En esta crisis sanitaria, lo más urgente es salvar vidas. Justo detrás de esa prioridad viene otra: proteger nuestro modo de vida. Y eso va mucho más allá de la economía.

Estar dispuestos a pagar el precio de más muertes a cambio de activar antes los sectores productivos —como sostiene Trump— descalifica moralmente a cualquier sociedad. Es darwinismo social.

Está bien que los europeos veamos las cosas con una mirada algo más humanista. En este país, en este continente que desborda historia, sabemos que es posible salir de una crisis económica aunque cueste.

Ahora bien, conviene que recordemos que lo que cuesta de verdad es encontrar una salida a la crisis de la democracia. Puede pasar si olvidamos que hay palabras con las que no se juega. Pasará si permitimos que el poder juegue con la verdad, con la libertad.

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