La campaña de propaganda diseñada para decirte que no te puedes quejar

No es posible que dentro de ocho semanas podamos volver a una vida más estable, más tranquila. Seguirá habiendo incertidumbre en julio, quizá distinta, seguramente mayor

Foto: Una mujer con mascarilla, en la estación de Atocha, en Madrid. (EFE)
Una mujer con mascarilla, en la estación de Atocha, en Madrid. (EFE)
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No es posible que dentro de ocho semanas podamos volver a una vida más estable, más tranquila. Seguirá habiendo incertidumbre en julio, quizá distinta, seguramente mayor. Tardaremos en volver a habitar en un tiempo que nos resulte algo menos preocupante. El mundo que conocimos seguirá sin regresar dentro de ocho meses. Tampoco en ocho años. Habrá secuelas, habrá fracturas, y quedarán facturas por pagar.

Es mejor saberlo que ignorarlo. El punto de retorno queda ya demasiado lejos. Clavado en enero y febrero, cuando saltaron las señales de alarma y era posible frenar la enfermedad. Pero primero faltó la previsión y luego sobró la improvisación. Por eso, además de una crisis sanitaria, ya estamos metidos hasta el cuello en una crisis económica, y no faltan motivos para anticipar una crisis política y otra crisis social.

Comencemos por la primera, desde la humildad. Empecemos por verbalizar que sabemos muy poco de este virus que está destrozando nuestro presente y devorando nuestro futuro. A pesar del esfuerzo científico global, la humanidad sigue sin tener cerrado el perfil completo del enemigo. Hace tres días, 'The Washington Post' publicaba que personas de mediana edad y jóvenes que apenas habían estado enfermas estaban sufriendo infartos. Hace dos jornadas, Bloomberg informaba sobre la posibilidad de que el covid-19 permanezca en el aire. 'Le Monde' alertaba este miércoles sobre los síndromes inflamatorios infantiles.

El horizonte no está despejado. La OMS ya ha avisado de que es posible infectarse más de una vez. En Estados Unidos, los expertos han advertido no ya sobre el riesgo cierto de rebrotes sino sobre el escenario de una segunda ola vírica en otoño con mutación incluida. Los científicos chinos consideran que puede volver cada año. Nadie descarta que este confinamiento no sea el último.

Toda la esperanza está en la ciencia. Durante el fin de semana pasado, 'The New York Times' destacó al equipo de Oxford entre los más adelantados para la vacuna: hablan de septiembre. Ojalá sea así, el consenso en la comunidad científica apunta a un plazo no inferior a 12 meses.

La campaña de propaganda diseñada para decirte que no te puedes quejar

Mientras tanto, nuestro país inicia el desconfinamiento en medio de un apagón estadístico. Estamos a ciegas, sonrojados por el embuste internacional de los test, pero a ciegas. Máximo riesgo.

Aquello de que teníamos que elegir entre salvar vidas y salvar la economía ha quedado atrás. Aquí las mascarillas no son obligatorias. Aquí hay que abrir los bares, España es diferente. El día en que se abran las terrazas de nuestro país, habrá escuelas abiertas en Francia, en Alemania, en Dinamarca, en Noruega. Nuestros hijos, sus camareros. Esa es la diferencia.

Otra frase hecha que ha caído en desuso es la de que la enfermedad no hace distingos. Falso. Golpea más a los más débiles, alimenta la desigualdad. La muerte va por barrios. Y la desigualdad viene a cebarse también con la clase media. 'The Economist' afirmó la pasada semana que España tiene la tercera economía más vulnerable de todas las naciones desarrolladas.

Es probable que pronto veamos un déficit de entre el 10% y el 15%, la deuda en el 115-120% y un genocidio de autónomos, pequeñas y medianas empresas. Tal y como señalaba Adam Tooze en 'The Guardian' el otro día, “la austeridad es un plato que se sirve frío”. Nosotros tenemos las terrazas, pero en la cocina está Alemania. Esa es la diferencia.

La desescalada es hacia el infierno económico. No habrá recuperación en forma de V, tampoco en W, queda caída. El mayor peligro no es la inflación, sino la deflación. Viene un periodo largo y duro. Una travesía que va a provocar privaciones a todas las generaciones pero que sobre todo va a crujir a los 'millennials'. Como apuntó 'The Atlantic' hace una quincena, ellos fueron los más golpeados en 2008 y serán los más dañados a partir de 2020.

La quiebra de la gran promesa de la democracia, la posibilidad fracturada de que los hijos puedan vivir mejor que los padres, no es la única espita destapada de la crisis social. El consumo de alcohol se está disparando en todas las sociedades confinadas. La violencia en los hogares tiene que estar aumentando con el aislamiento. Esta crisis está provocando un trauma nacional, muchos españoles van a tener problemas psicológicos que difícilmente podrán ser atendidos sin una planificación que tendría que estar culminada ya.

Por otro lado, conviene prestar atención a eventuales problemas de abastecimiento. No sé si nuestro país está almacenando medicamentos y alimentos como sí lo están haciendo otras naciones, es lo que puede leerse en la prensa internacional. Pero no estaría de más saber, por ejemplo, cuál es el plan del Gobierno para suplir a los inmigrantes que no pueden venir a trabajar las tierras por las que cabalga la xenofobia de Abascal.

La campaña de propaganda diseñada para decirte que no te puedes quejar

A pesar de todo, resulta más fácil salir de una crisis económica que de una crisis democrática. Y, visto lo visto, parece pertinente preguntarse si la democracia ha venido perdiendo terreno en los últimos meses. En Francia y en Reino Unido, el Parlamento está funcionando a pleno rendimiento a través de internet, aquí no. ¿Por qué? Aquí, todo lo que hemos visto hasta ahora es mucha intención de blindar al Gobierno de la discrepancia y pocos materiales para proteger al personal sanitario de la enfermedad.

Sería deseable que el Gobierno tuviese autonomía política en una situación tan delicada como la actual. Hasta ahora, ha preferido no tenerla y sobrevivir atado de pies y manos por las fuerzas más contrarias a nuestra Constitución. Es posible que Frankenstein no levante la mano para aprobar los próximos estados de alarma previstos en Moncloa. La alternativa es un pacto de reconstrucción nacional. ¿Por qué no está en marcha ya? ¿Cuál es el problema? ¿Cuánto tiempo perdido más podemos permitirnos los españoles?

Mientras sigamos así, sin voluntad política en el Gobierno, sin empeño por unir para pensar y trabajar en grande, seguiremos atrapados entre el deterioro y la incertidumbre. La nueva normalidad no existe. Lo que hay es una campaña de propaganda diseñada para decirte, querido lector, que no te puedes quejar.

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