¡Viva Marlaska!

Es curioso, los dirigentes que mejor han gestionado la lucha contra el virus son también los que más señales de autocrítica han emitido hacia su ciudadanía

Foto: El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, en el Congreso. (EFE)
El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, en el Congreso. (EFE)
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Bastaba con decir: “Teniendo la información que hoy tenemos, habríamos tomado otra decisión antes de las manifestaciones del 8-M”. No hacía falta mucho más.

Cualquier persona sensata puede entender que no es fácil plantar cara a esta pandemia. La dimensión del reto es tan grande que resulta imposible no cometer errores. Nadie en ningún país puede esperar que su Gobierno sea infalible, pero todos en todos sitios debemos demandar la honestidad de quienes están al mando.

Bastaba con expresarlo, con tener un poco de humildad. Es curioso, los dirigentes que mejor han gestionado la lucha contra el virus son también los que más señales de autocrítica han emitido hacia su ciudadanía…

¡Viva Marlaska!

Aquí, sin embargo, el Gobierno ha preferido lo contrario. Especialmente, en todo lo relacionado con la equivocada gestión del 8-M. Precisamente ahí, porque en esa fecha está la muestra más clara de su error más grave e irreparable. Moncloa llegó tarde. Hubo imprevisión. Hubo imprudencia. Guste o no guste, ese es el pecado original. Y no va a desaparecer.

Por negar ese yerro que no puede discutirse, Sánchez ha conseguido que las imágenes del 8-M se hayan clavado en la conciencia colectiva como lo hizo en su día la foto de las Azores. Estos clavos son iguales a los de Aznar.

Hasta hace unos días, todavía resultaba viable que el Gobierno recapacitase. Todavía tenía sentido preguntarse por los motivos de tanta obstinación. Sin el recurso de la racionalidad política, cabía buscar otras explicaciones. Por ejemplo, entre los resortes de la condición humana.

El trastorno narcisista se perfila desde los patrones de la grandiosidad. La adicción a la adulación es paralela a la incapacidad de admitir errores. Por eso, quienes sufren esta desgracia suelen erradicar de su entorno la deliberación y el pensamiento crítico. Nadie parece haberse atrevido a desvelar lo obvio: la vida siempre acaba trayendo alguna ocasión para aprender que, a veces, la verdadera grandeza solo puede demostrarse reconociendo la equivocación. Basta con eso. Bastaba.

Para comprender la cerrazón, cabía también echar mano de la calculadora electoral. La polarización de este periodo tiene mucho de pequeñez. Desde que llegó Sánchez, la voluntad política de levantar una mayoría cívica, de reunir la diferencia en torno a un proyecto común, ha sido sustituida por el deseo de mantener movilizadas a las tropas partidarias aunque sea sin ilusión, a base de furia y de rencor.

Visto así, cobra algo de sentido —un sentido políticamente grosero y hasta sórdido— el hecho de que Sánchez lleve más de un mes sin haber telefoneado a Casado. También que Casado no vuele más alto teniendo, como tiene, hasta el último centímetro del cielo a su favor.

¡Viva Marlaska!

Quizá las dos vías anteriores sirvan para acercarse a la verdad. Poco importa ya. Más allá de las especulaciones, cuesta discutir que este Gobierno ha desperdiciado la oportunidad de que la pandemia pudiese, al menos, unir un poco a los españoles. España está hoy más fracturada que antes de la desgracia. Sánchez no es el único responsable de que al dolor de la enfermedad tengamos que añadir el daño de la división. Pero, desde luego, es el principal.

Es lógico: quien ha hecho de la división su método de hacer política no puede unir a la sociedad, y no puede tener otro destino que dejar la marca del enfrentamiento en su triste huella histórica.

Descorazona su “¡Viva el 8-M!” de este miércoles en el Parlamento. Desazona, porque conlleva patrimonializar una causa demasiado amplia, demasiado noble, para intentar tapar una verdad imposible de ocultar. El Gobierno no debió autorizar las manifestaciones. A pesar de todo, hay más razones para preocuparse por la reacción del Gobierno tras la exclusiva de este medio.

Si esto fuese una novela tan negra como oscuros son los hechos, un papel parecido a la nota interna que todos hemos visto podría relatar la vuelta de un actor secundario a la escena del crimen para ocultar las huellas. Seguramente, el misterio en las páginas siguientes llevaría al lector a descubrir si lo hizo por voluntad propia o por indicación del protagonista.

Sucede que aquí la realidad documentada supera a la ficción. Primero, un ministro del Gobierno de España ha dado una orden ilegal a un subordinado. Después, ha cesado al coronel por cumplir con su deber y no cumplir con esa orden ilegal. Finalmente, ha mentido en sede parlamentaria al negar que el relevo tuviera que ver con esa orden sobre el informe de investigación que afectaba directamente al Gobierno.

Cualquiera de los pasos anteriores es motivo para el cese inmediato. Los tres juntos han desencadenado en Moncloa tres “¡vivas!” al ministro del Interior.

¡Viva Marlaska!

Primero, tres “¡Viva Marlaska!”. Uno por cada mentira: pérdida de confianza —un domingo por la tarde, a un oficial ejemplar con el que España entera está en deuda—, por remodelación —sin tener sustituto— y por investigar la filtración de un informe judicial —sin tener competencias para ello—.

Después, tres “¡Viva Marlaska!”. Uno por cada agresión a los servidores públicos: por intentar amedrentar, por purgar y por menospreciar a quienes se juegan la vida protegiéndonos, queriendo tapar sus bocas con una equiparación salarial.

Y, finalmente, tres “¡Viva Marlaska!”. Uno por cada atropello al Estado de derecho: separación de poderes, neutralidad de la Administración y respeto a la verdad en sede parlamentaria.

Seguramente, habrá entre la oposición quien ponga todo su esfuerzo en desgastar al titular de Interior. En el fondo, importa poco. No será fácil que Marlaska dimita porque es preso de su propia vanidad.

Todavía será más difícil que Sánchez le cese. La oportunidad de reconocer el error del 8-M con grandeza y honestidad ha quedado atrás, ya solo puede admitir la culpa del pecado original. No creo que pueda dar ese paso. No le veo capaz.

Hay algo crepuscular en el aire que rodea al Gobierno, cierto aliento de impunidad y decadencia. Da igual. Lo trascendente no está en su final, aunque será ruidoso. Lo sustancial está en la factura que quedará para España. Eso sí que no será polvo en el viento, condicionará la vida de nuestros hijos.

La pandemia no ha cambiado la historia, pero está acelerando los tiempos. Y no vamos bien.

Crónicas desde el frente viral
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