Pablo Iglesias y el retrato de Dorian Gray

El trayecto de Iglesias guarda un instante de convergencia con el protagonista de la novela de terror gótico. Las dos historias comparten un punto de retorno

Foto: El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)
El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)

“Si no vives como piensas, acabarás pensando como vives”. La frase es de Rubalcaba. Me vino a la mente para hilar este texto, ahora que la puesta en valor del PSOE de las luces parece haberse vuelto un acto contracultural. Recurriré, sin embargo, a las sombras. Lo haré porque el trayecto de Iglesias guarda un instante de convergencia con el protagonista de la novela de terror gótico. Las dos historias comparten un punto de retorno.

El resto ya es resultado de tiempo, implacable en todas las épocas. “Sucede que me canso de ser hombre. Sucede que me canso de mi piel y de mi cara”. Lo que nos cantó Roberto Iniesta podría haberlo escrito Oscar Wilde.

Es posible que nuestra sociedad sea tan hipócrita como la del Londres victoriano. No estamos tan lejos de su obsesión con las apariencias. Somos cada vez más estrictos y más puritanos. Desde luego, no somos menos cínicos. Tampoco menos sádicos. Cabe preguntarse si el culto actual a la juventud es comparable al del romanticismo tardío. Creo que sí. Creo que Dorian Gray vendería hoy antes su alma a cambio de permanecer guapo y joven para siempre.

Había hermosura en el aire que rodeó la aparición de Iglesias. No era suyo, es verdad. Pero supo darle vuelo al aliento de toda una generación sufriente y encabronada. No era una belleza canónica sino iconoclasta. Encoletada y un poco desdendata, a diferencia de los niños pijos de la casta. Bastante deslenguada. Por eso fascinaba, también a las clases altas, que de golpe descubrían el extrarradio sin tener que salir de las tertulias de televisión. Todo aquello fascinaba a todo el mundo porque traía autenticidad y dejaba una dosis de inocencia que parecía saludable en aquel momento. La inocencia… Lo más parecido que hay en la vida a un paraíso perdido.

Durante aquel 2014, una palabra suya bastaba para arrojar una arruga a todas las caras del sistema. Seis años más tarde, el sistema es él

Supongo que más de una tarde tratará de revivir aquello con los ojos entrecerrados mientras los chavales corretean alrededor de la piscina del chalé. Durante aquel 2014, una palabra suya bastaba para arrojar una arruga a todas las caras del sistema. Seis años más tarde, el sistema es él.

Lo de menos es que la piel esté menos tersa y haya menos pelo en la cabeza, en eso terminamos empatando todos. Lo relevante para esta historia es que ahora está mucho más solo. Quienes eran amigos fueron purgados. Todos los fundadores de Podemos fueron enterrados. Dorian sabe que es mejor no pensar mucho en las víctimas. El ser humano necesita llegar a acuerdos con su memoria para poder convivir consigo mismo sin detestarse demasiado. Hay que dormir.

A pesar de todo, no pocas noches se le ve atravesar el jardín hacia la casa de invitados. El retrato aguarda allí. Siempre lleva la llave colgada al cuello. Cierra la puerta. Se dispone a observar su propia cara. Quiere buscar las nuevas marcas, pero es imposible sustraerse a repasar las primeras cicatrices. Cerca de la boca están las de Vistalegre, para unos, donde habló de asaltar los cielos, para Iglesias, donde mandó a sus amigos al infierno. Uscatescu reflexionó sobre aquello en su análisis de Maquiavelo: la soledad forma parte de la dimensión trágica del poder. Él lo tiene escrito en carne propia.

Cualquiera necesita valor para contemplar cara a cara la persona en que se ha convertido. El reflejo de Iglesias no es agradable: se está convirtiendo en el tipo de hombre que siempre detestó, lo malo es que parece que tampoco le importa demasiado. A este paso, se dice a sí mismo, terminaré diciéndoles a mis nietos que yo también fui comunista de joven, pero después…

… Después es ahora y cada día. Después, murmura para sí mismo, es tener que comerse una pala de mierda como la de esta semana en el Congreso. Hablé de cal viva al Partido Socialista en sede parlamentaria y mira ahora. Maldita sea, a veces parece que Pablo Iglesias solo hay uno y no soy yo.

El reflejo no es agradable: se está convirtiendo en el tipo de hombre que siempre detestó, lo malo es que parece que tampoco le importa demasiado

… Después es el pan para hoy y el hambre de mañana, las colas a las puertas de los bancos de alimentos. Saber que habrá más indignados en 2020 que en 2008, y que lo tendrán peor. Estar en el poder y no tener autonomía para ejercerlo. Reconocer que las horas pasan con más preocupación por la comunicación política que ocupación por la transformación social. Verse escribiendo el relato del escudo social cuando lo que necesitan los de abajo es trabajo.

Se acerca a la imagen y casi puede leer el estigma que empieza a abrirse camino en su frente. Trabajo, salud, educación, escaquearse en lo de las residencias… Pobreza. Sabe por dónde crecerá la herida. El vicepresidente Iglesias sabe que recibirá el mensaje que escribirán todos los Pablos que no se fueron de Vallecas. Susurra. La indignación no ha cambiado de bando, pero tú sí. Es lo que yo mismo me diría.

Antes de salir, deja caer la mirada hasta las manos de la imagen. Esa mancha en la punta de los dedos podría venir por la tarjeta de teléfono que terminó quemada. Inservible, como quedaron los discos duros del PP después de los martillazos. Este caso es menos atractivo, quizá porque sea demasiado cutre hasta para los estándares actuales. No lo ha seguido casi nadie y el público no va a engancharse fácilmente ahora. No puede venir mucho daño por ahí. La cuestión es que la Fiscalía parece haber filtrado datos al interesado. Justicia a la medida de la casta. Antes se criticó la impunidad, ahora la telegrafía el Telegram de Podemos.

Cierra la puerta. Dorian Gray regresa a casa después de haber comprobado que la Benemérita sigue en la puerta. Entra en casa, pensando en que pronto habrá que arrojar más tinta de calamar con lo del golpismo de la Guardia Civil. Cansado, cansado de su piel y de su cara, entra en el dormitorio. Irene le cuenta que mandó tirar aquel cuadro espantoso de la casa de invitados y sustituirlo por un espejo.

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