¿Es prudente abrir las fronteras a los británicos?

Después de tres meses de confinamiento, sin que la pandemia parezca despejada y todavía con el trauma abierto, nos encontramos con productos publicitarios que parecen diseñados por marcianos

Foto: Pasajeros en el aeropuerto de Madrid-Barajas. (EFE)
Pasajeros en el aeropuerto de Madrid-Barajas. (EFE)
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Después de tres meses de confinamiento, sin que la pandemia parezca despejada y todavía con el trauma abierto, nos encontramos con productos publicitarios que parecen diseñados por marcianos. Hay que hacer turismo por patriotismo. Hay que remontar. Hay que levantar la economía. Hay que, hay que. Publicidad sin alma. Una forma como cualquier otra de tirar dinero.

En realidad, bastaba con tirar del hilo de lo que más echábamos de menos cuando vivíamos encerrados: la libertad. Desde ahí, sí podría haberse creado una llamada más eficaz frente a lo que todavía permanece dentro de todos nosotros, el miedo. Este miedo de ahora a los rebrotes y a la segunda ola, a los puntos de sarampión que vienen creciendo en el mapa desde que terminó el estado de alarma. Y miedo también, creciente, ante la incertidumbre económica.

Esa era la emoción dominante que reflejaban las encuestas de hace unas pocas semanas, cuando dos de cada tres españoles decían que no se irían de vacaciones. Y, como consecuencia del temor popular, la preocupación en el mundo del dinero, también en los distintos niveles gubernamentales. Si el turismo no se enciende, la economía no arranca. Hay que, hay que. Hay que moverse. Hay que abrirlo todo. Hay que salvar el verano.

En muchos hogares españoles, salvar el verano significa otras cosas. Superar el luto. Llegar vivos a otoño. Conservar el puesto de trabajo. Por eso, quienes se tomen vacaciones lo harán durante menos tiempo, viajando en coche y —en buena medida— alojándose en el pueblo. Malos números para el sector.

Quedan los guiris, claro. “Vivimos del turismo”, dijo Simón. Fue así como el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias justificaba una decisión que seguramente preferiría no haber tomado. Es la principal industria, el 15% del PIB nacional.

¿Es prudente abrir las fronteras a los británicos?

Puede entenderse que nuestro país asuma esa dosis de riesgo sanitario. Es el pan de muchos lo que está en juego. Y puede ser grande la ola de bancarrotas que venga entre septiembre y octubre. El horizonte asoma sombrío: nuestra economía será la más dañada por la pandemia entre todas las naciones desarrolladas.

Seamos realistas. Va a ser difícil que salvemos el verano turístico, probablemente no llegaremos ni a la mitad de facturación que en 2019. Harán falta, como mínimo, dos o tres campañas para recuperar las cifras de antes.

Preparémonos para el impacto. Solo los turistas de Brasil, Rusia y Estados Unidos —tres de los países vetados por la UE— dejaron en España 9.000 millones de euros durante el ejercicio anterior. No hay más remedio que renunciar a esa vía de ingresos. La gestión de la pandemia en esas naciones conlleva una amenaza clara para la seguridad sanitaria en nuestro país.

Cualquier analista de riesgos respaldaría sin parpadear esa decisión. La cuestión se torna más peliaguda a la hora de valorar si es prudente permitir que aterricen los británicos dentro de unos días. No es fácil.

Terminal de llegadas del aeropuerto de Madrid. (EFE)
Terminal de llegadas del aeropuerto de Madrid. (EFE)

Uno de cada cinco turistas nos vino de allí el año pasado. Un total de 18 millones, más que franceses o alemanes. En términos generales, no es un turismo de calidad. Optan por lo barato y masificado. Sol, playa y sangría. Gastan menos que los demás, cierto. Pero la verdad es que son muchos. En 2019, dejaron aquí unos 8.500 millones de euros. Su visita es determinante para la Costa del Sol, la Costa Blanca, Cataluña, Baleares y Canarias. Casi nada. No, no hablamos de un origen cualquiera.

Por otro lado, tampoco hablamos de un desempeño cualquiera frente a la crisis sanitaria. La gestión del Gobierno de Johnson ha sido, probablemente, la más nefasta de toda Europa. De hecho, habría que hablar en presente continuo. La situación, sobre todo en Inglaterra, no parece muy controlada. Van más que atrasados.

Allí, la cifra de muertos por covid-19 es equiparable a la de civiles muertos durante la Segunda Guerra Mundial. La diferencia está en la manera de afrontar ambas tragedias. El espíritu del 'Keep calm and carry on', el latido orgulloso de cuando las bombas caían sobre Londres, aquel ejemplo de resiliencia, de entereza y de civismo, ha sido sustituido por algunas imágenes impropias de cualquier sociedad avanzada.

El pasado 25, las calles de Liverpool se llenaron de aficionados 'reds' celebrando el título de liga como si la pandemia no existiese, como si el partido que jugó aquel equipo contra el Atlético de Madrid no hubiese disparado el número de contagios en las islas.

El 26, las playas de Brighton y Bournemouth se colapsaron sin mascarillas ni distanciamiento social. El 29, no hubo más remedio que confinar Leicester —330.000 habitantes—.

El mal tiempo ha vuelto a Inglaterra. Pero este sábado se abren los pubs y la noche puede ser larga. El tiempo de reclusión ha disparado el consumo de alcohol. Se bebe más que antes, se bebe desde más temprano y se bebe durante más días.

Me duele escribir esto porque por motivos vitales conozco y aprecio aquel país. Guarda muchos motivos para la admiración, aunque la crisis de sus élites parece haber desencadenado una triste y decadente desorientación. Quizá por eso, recurra a un par de reflexiones publicadas en 'The Guardian'. Escritas por el corresponsal en nuestro país:

“Los españoles han demolido el estereotipo de que son ruidosos, anarquistas que rompen las normas. Han respetado el confinamiento con fortaleza y disciplina”.

“A medida que España abra sus fronteras, puede haber un choque entre dos culturas covid-19, un choque en el que los españoles solo pueden perder”.

Es verdad que en España no hemos afrontado la pandemia con la misma cultura que en Reino Unido. En los dos casos, faltó la previsión al principio. Pero aquí hemos sido más responsables. Hemos tenido que acumular muchos sacrificios para llegar a este punto. Aquí sabemos, no olvidamos, que la amenaza no ha desaparecido.

Soy consciente de que además de la economía está la diplomacia, que estamos negociando lo del Brexit y que encima pinta mal, que hay motivos políticos y hasta sentimentales. No tengo más datos que cualquiera, me falta información. Pero no puedo evitar preguntarme si España está asumiendo un nivel de riesgo por encima de lo prudente. Ojalá no. Ojalá este caminar en el alambre tenga el final que merecemos.

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