Un Gobierno sin mascarilla

Las mascarillas deshabitadas, fuera de sitio, abandonadas a su suerte de siluetas casi abstractas, pueden ser la viva imagen del desasosiego. Más todavía si el momento es crítico

Foto: Pedro Sánchez, sin mascarilla, conversa con Mark Rutte en Bruselas. (Reuters)
Pedro Sánchez, sin mascarilla, conversa con Mark Rutte en Bruselas. (Reuters)

Tienen su fuerza dramática, cierta capacidad de revelarnos algo valioso para la trama. Cuando la mirada se detiene en una de ellas, puede pasar algo, se activa el suspense y pueden empezar a girar los resortes de la relojería narrativa. Nos pasa cuando vamos por la calle y vemos una perdida sobre el asfalto, contorsionada, con el quirúrgico azul manchado por una pisada o un neumático. ¿Qué pasó aquí?

Las mascarillas deshabitadas, fuera de sitio, abandonadas a su suerte de siluetas casi abstractas, pueden ser la viva imagen del desasosiego. Más todavía si el momento es crítico, si el lugar es importante, si lo que se está decidiendo es el porvenir de millones de personas. Es lo que sucedió el otro día en Bruselas.

Consejo Europeo pospandémico. Riesgo abierto de que no hubiese ningún tipo de acuerdo —peor de los escenarios posibles—. Y clara estrategia de varios países: menos ayudas, más condiciones y mayor cantidad a devolverlo que terminó pasando—. En plena negociación, todos armados hasta los dientes, pero solo una mascarilla olvidada. La de Sánchez. La de España. Marca país. Confianza. Coherencia. Sentido común. Menos mal que pedíamos ayuda. Menos mal que esta es una de las naciones más golpeadas por la desgracia.

Tienen su fuerza dramática, cierta capacidad de ocultarnos algo. El gesto en la boca, el dibujo efímero del alma. Cuando eso se tapa, buscamos indicios en el resto de movimientos corporales. Cuesta. No es fácil. Nos pasa cuando hacemos alguna broma y no puede verse la sonrisa de la persona que queremos. Es extraña esa incertidumbre. ¿Qué está sintiendo?

Bruselas. Termina el Consejo. A la perversión de falsear una emoción, de interpretar un entusiasmo tan real como un bigote postizo, se une la desviación del sometimiento. Los miembros del Gobierno se convierten en extras. Silencio, se rueda un pasillo de aplausos. Carne de red social y telediario. Un pasillo inédito. Nadie, ni siquiera Trump, desde luego no Merkel ni Macron —que son los que forjaron el acuerdo—, se atrevería a romper esa barrera impúdica. Hay una explicación: todo narcisista necesita dosis cada vez mayores de adulación. Siempre toca subir el listón. Y nunca es del todo suficiente. Ni siquiera cuando los brotes de aquí son los peores en toda Europa. Hay que aplaudir más alto.

Aplaude Iglesias. No vemos su boca, pero sí las manos volando dóciles en medio de un aire trágico. Quién te ha visto y quién te ve. Sin amigos, sin confluencias, sin los apoyos mediáticos de antes, sin equipo y sin votantes. Sin fuelle. Has convertido Podemos en un partido fallido y te has quedado prisionero de un cargo, colgado de un tipo al que desprecias y con el miura judicial en toriles.

Se ha señalado la herida. Ya ha dicho que el acuerdo europeo no impedirá que se cumpla el programa de investidura. Falso. Sabe que ha saltado por los aires y se reconoce dispuesto a tragar lo que haga falta. Las reformas que pide Bruselas le dan menos miedo que las urnas. Empleo, pensiones, déficit… Lo que sea. Si hay que congelar las pensiones, pues viva la revolución. Sombra de lo que eras. La sombra de una vida al dictado político. Previsiblemente, no todos harán lo mismo. Bildu y ERC saltarán del tren con el cambio de vía económica. Frankenstein desmembrado.

Sigamos con los objetos que tienen carga dramática. Chéjov descubrió el secreto. “Si tienes una pistola colgando de la pared en la primera escena de la obra, deberá ser disparada en el último acto”. Cambien el arma por una mascarilla, el disparo viene ahora.

Tercer acto, Madrid, Congreso de los Diputados, debate importante: plan de reconstrucción nacional tras la pandemia. Nadie del Gobierno con mascarilla. Bancada socialista: la mitad sin ella. Resulta que la transversalidad era posible y no lo sabíamos: los de Vox van exactamente igual. Vaya tropa.

Pedro Sánchez y Carmen Calvo, sin mascarilla, en el Congreso. (EFE)
Pedro Sánchez y Carmen Calvo, sin mascarilla, en el Congreso. (EFE)

Durante meses, los españoles hemos tenido que escuchar que sin disciplina social no habría salida, que teníamos que ser responsables. Lo hemos sido.

Nuestros hijos han estado recluidos, con el sistema educativo apagado.

Nuestros padres han tenido que quedarse solos.

Hemos aguantado y hemos cumplido.

Y porque la situación era espantosamente grave, por pura responsabilidad, preferimos no poner el grito en el cielo sino arrimar el hombro.

Hubo una imprevisión imperdonable.

Hubo que soportar que los médicos y todo el personal sanitario cayesen como chinches.

Hubo y hay un ruido estadístico incompatible con la verdad, la democracia y la eficacia en la lucha contra la enfermedad.

Hemos aguantado una salida precipitada del estado de alarma porque tocaba reactivar la economía, un salto chapucero y sin explicación. Y, por cierto, dudosamente legal.

Hemos asistido, atónitos, a la dejación de responsabilidades de Sánchez, trasladando la patata caliente de la gestión del virus a las comunidades. Esto es, 17 maneras de afrontar el problema en vez de una.

Hemos tenido que escuchar que había que perder el miedo y salir a la calle de un día para otro, que teníamos que gastar por patriotismo.

Estamos teniendo que ver a Simón surfeando en Portugal mientras los contagios llenan el mapa, mientras somos plenamente conscientes de que si los números catalanes que sufrimos fuesen extremeños, Extremadura estaría ya confinada.

No. No nos está faltando paciencia a los españoles. Nos está sobrando responsabilidad, que es precisamente lo que no se ve en el Gobierno. ¿Dónde están la previsión, la planificación y la gestión, no ya para la ola de otoño sino para los rebrotes del verano?

¿Hay un plan B sobre la mesa al estado de alarma? No.

¿Se ha multiplicado el número de rastreadores? No.

¿Se ha establecido una infraestructura para realizar test comparable a la de los países de nuestro entorno? No.

¿Hemos dotado a nuestros aeropuertos de todo lo necesario para que no se conviertan en un coladero? No.

¿Tenemos una aplicación para los teléfonos inteligentes que nos arme para combatir la enfermedad? No.

Por no tener, no tenemos en el Gobierno ni siquiera el gesto de ponerse la mascarilla para dar ejemplo. Maldita sea, con todo lo que queda por delante, tenemos la salud y la economía del país en manos de unos irresponsables.

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