Comienza la cuenta atrás de Iglesias

Cuando la imagen de Pedro corra peligro el corazón político de Pablo dejará de latir. Ninguno de los dos pestañeará. Iglesias lo sabe

Foto: Pablo Iglesias en la clausura del acto Samuradipen en julio. (EFE)
Pablo Iglesias en la clausura del acto Samuradipen en julio. (EFE)

La llamada fatal caerá. Caerá como cae lo inevitable, sin sorpresa, sin margen para la rebelión, con todo el peso de la resignación. Eso está escrito. El enigma está en la hora, no en el principio de la conversación. Un nombre redondo en el móvil y un “Pablo, he hablado con el Presidente, tenemos que pensar cómo arreglamos esto”. Nada personal, ya me entiendes. Y Pablo, por muy increíble que parezca hoy, entenderá.

Un poco antes vendrá el cálculo. La confirmación llegará como llega el tiempo a los relojes de arena. La gravedad se irá encargando de que el coste de mantener a Iglesias en el gobierno acabe superando al beneficio. Después vendrá el final, que se pretenderá civilizado, que dejará más esperpento que espanto. Pero antes, mucho antes, está el ahora. El principio de la erosión política. La tortura personal. Una demolición que devora desde más allá de la crueldad.

Tertulianos convertidos en fiscales, portadas embargadas, inquisidores en las redes sociales, sentencia de telediario. Juicio social. La jauría humana. Iglesias conoce las reglas y los tiempos de la cacería, fue así como empezó a levantar su fortuna política. Sin embargo, las tornas han cambiado: sabe lo que siente el cazador, aprenderá lo que siente la presa.

Iglesias conoce las reglas y los tiempos de la cacería, fue así como empezó a levantar su fortuna política

Aprenderá lo que significa vivir sin futuro, al filo de un presente que te hacen desde fuera. Antes de desayunar otra noticia, otro detalle escabroso, otra brecha abierta judicial. Al rato otra reunión con los abogados, interminable y preocupante. Después otro ataque en redes sociales. Luego los adversarios políticos, otra vez donde duele. A continuación, otra encuesta con descalabro. Alguien que parece de los tuyos te insulta según sales a la calle. En la comida con el equipo, más caras hasta el suelo por la inquietud y por el agotamiento. Sin tiempo para descansar, toca preparar otra rueda de prensa en la que solo hay preguntas contra tu honor. Y cuando empieza a caer la noche, cuando toca ocuparse de lo interno, más ruido de sables que ayer. Llegar a la cama fundido. Y antes de apagar la luz, un vistazo a la prensa de mañana. Confirmar que la siguiente jornada será igual y, por lo tanto, peor. Una pesadilla que quita el sueño.

La caza: convertir a la presa en un ser meramente reactivo, con el rango de acción cada vez más restringido. Aprender que la solución no viene del instinto, que la combinación de agresividad y victimismo solo puede jugar en tu contra porque perdiste la credibilidad y la autoridad moral. Aprender también sobre uno mismo, encontrarse con los límites íntimos de la resistencia psicológica y física. El vértigo de la fatiga extrema. La presión de la ansiedad. Alguien que te acerca unas pastillas para dormir aunque sea un poco. Y al cerrar los ojos darse cuenta de que hubo un día en que hiciste lo que te están haciendo. Repasar el listado de víctimas. Los perseguidos, los acosados, los intimidados, los condenados al repudio general antes de entrar al Tribunal. Comprobar lo mucho que enseñaste a tus adversarios, lo bien que han aprendido.

Ada Colau, Irene Montero y Alberto Garzón el pasado mes de febrero. (EFE)
Ada Colau, Irene Montero y Alberto Garzón el pasado mes de febrero. (EFE)

Cuando la supervivencia está en juego, cuando uno se sabe perseguido, descubre lo que no está escrito en los libros. El funcionamiento profundo del poder, fiel espejo de la condición humana. Los fuertes que te apoyaron empiezan a tomar distancia educadamente. Como si no ocurriese nada, se va produciendo una especie de distanciamiento. Llamas y no te cogen el teléfono. Vuelves a llamar y quien responde es la secretaria diciendo que el otro está reunido. Con discreción, te van convirtiendo en un apestado. La vanidad se viene abajo cuando uno pasa de estar endiosado a tener miedo a pedir favores. Primero miedo a que te digan que no. Después miedo a que vengan contra ti porque tu suerte está echada.

Los fuertes que te apoyaron empiezan a tomar distancia educadamente. Como si no ocurriese nada, se va produciendo un distanciamiento


La impresión de soledad se hace grande. Grande porque en el fondo uno comprende que los pares, los iguales, los compañeros de travesía, tienen también su vida y deben mirar por sí mismos y por los suyos, también por su proyecto. Siempre son pocos los que se quedan cerca. Colau no será uno de ellos. Y es normal, en Cataluña puede haber elecciones pronto. Allí, en realidad en cualquier sitio, la historia de la caja B morada, del Rajoy encoletado es veneno electoral. Quizá esos siete diputados se desgajen pronto. Y luego Garzón, claro, sin incentivos para dejarse morir dentro de la pirámide.

La sensación de aislamiento crece. Crece porque el desprecio lo amplía todo. Aquellos a quienes venciste en el interior del partido, los agazapados, salen de debajo de las piedras. Se conjuran. Ofrecen fórmulas milagrosas. Todo se arregla con que tú te vayas, mirad que fácil es todo cuentan por sus grupos de Telegram. Irene no porque también está manchada, pero con Yolanda… a lo mejor con Yolanda, podría recomenzar todo. Rumores. Mentideros.

Entonces haces recuento de quien podría ayudarte y no hay nadie. Unos no están porque fueron ejecutados. Otros porque desterrados


Ruido interno. Hace falta reunir fuerzas frente a los muertos vivientes. Entonces haces recuento de quien podría ayudarte y no hay nadie. Unos no están porque fueron ejecutados. Otros porque desterrados. El pasado pesa. Acosado como estás, prisionero del calendario judicial y sin autonomía en la agenda política porque el principio de la realidad pandémica y económica ha volado el programa de investidura, a punto de tener que comerte unos presupuestos ortodoxos, te das cuenta de que ya no puedes seguir utilizando la primera persona del plural.

Es duro darse cuenta de que el destino de uno está en manos de otra persona. Todavía peor cuando se trata de un adversario, como es el caso. Iglesias sabe que su esperanza de vida depende de la voluntad de Sánchez. Una voluntad tan fría como el desprecio. Cuando la imagen de Pedro corra peligro el corazón político de Pablo dejará de latir. Ninguno de los dos pestañeará. Iglesias lo sabe. Y sabe también que las urnas no son el remedio sino la cicuta.

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