Covid-19: el juego de la culpa

Sánchez está eludiendo su responsabilidad política con la intención de trasladar a los demás la culpa social. Su oferta es un 'yo no he sido' anticipado, sólido en lo jurídico

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia ante los medios tras la reunión del Consejo de Ministros. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia ante los medios tras la reunión del Consejo de Ministros. (EFE)
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Y entonces, recordé. Desde el inicio, se me fueron abriendo una a una las capas de la memoria, todavía en carne viva. La inquietud de febrero, cuando la imprevisión sembró la improvisación. La preocupación del 8 de marzo. El aturdimiento con el cierre de colegios. El 'shock' del encierro, el confinamiento, la reclusión. El peso creciente de cada día sin libertad. El túnel.

Él entró en la sala, pero yo seguía recordando. Residencias abandonadas. Propaganda. Médicos y enfermeros muertos por falta de material básico. Y, mientras tanto, el discurso de la guerra, aquel martillo dentro del televisor. El hielo. La propaganda. Así hasta la frase redonda. “Hemos vencido al virus”.

Él buscaba el teleprompter con la mirada, yo seguía acordándome de la extrañeza. El primer paseo. El primer café. Salgan y gasten, hay que salvar el verano. La vida sigue.

Incorporación. Comienzo de rueda de prensa. Vuelve el presidente, como siempre, leyendo un texto largamente diseñado. Esta vez peor, con dos trucos tan obvios, tan viejos, que hasta resultan groseros. El primero es técnico, narrativo: la técnica de la elipsis. Sánchez suprimió un tramo de tiempo, una porción de nuestras vidas. Habló a España como si el verano en el que todavía estamos no hubiese existido nunca. Proceso de borrado. Amnesia por hipnosis. Tic. Tac.

Tic. Moncloa no se precipitó con el desconfinamiento, no lanzó las campanas al vuelo antes de tiempo, tampoco se equivocó al trasladar la gestión a los gobiernos autonómicos. Simón no se fue a surfear mientras la segunda ola respiraba en lo profundo. Los primeros brotes de Aragón no se podían sofocar con un desempeño más agresivo. Tac.

Tic. La ministra de Economía no quedó noqueada por lo del Eurogrupo. El turismo no está destrozado. La ministra de Educación no desatendió el principio del curso que ya asoma. La crecida del virus en Cataluña no era alarmante. El ministro de Ciencia no se dedicó a buscar trabajo fuera, el de Universidades no está en la parra. Los números de Madrid tampoco hacían aconsejable hacerse cargo de la situación. Tac.

Tic. No hubo dejadez en el ministro de Sanidad, da igual que falte en los hospitales el único medicamento que funciona. No hay dificultades judiciales para activar medidas preventivas contra el virus. El cobro de la renta básica no está siendo un fiasco. Podemos no ha sido imputado. No hubo descoordinación. La economía española no es la más golpeada. No tenemos las peores cifras sanitarias del continente. Él no se fue de vacaciones. El Gobierno no desapareció. Tac.

“¿Señor presidente, por qué estamos otra vez tan mal?”. Cuatro veces le preguntaron. Cuatro respuestas de agujero negro para una zona blanda.

El segundo truco de su reaparición fue táctico. Consiste en pasar la patata caliente. Sánchez está eludiendo su responsabilidad política con la intención de trasladar a los demás la culpa social. Su oferta es un 'yo no he sido' anticipado, sólido en lo jurídico. Un regate corto, que podría tener gracia si no hubiese contagios y muertes de por medio.

En otro escenario, me detendría a reflejar la carga infantil que contiene el juego de la culpa. El hecho de que ni siquiera sea una buena idea para sus intereses. Pero la situación es grave, demasiado como para detenerse en niñerías.

Ya sabíamos que la pandemia superaba la capacidad de este Gobierno. Y puede hasta comprenderse, el reto no es menor. Pero ahora sabemos que también supera su voluntad. Pensábamos que Sánchez no era el líder más idóneo para afrontar todo esto. Ahora sabemos que no es un líder. Un líder no se quita de en medio. Un presidente no utiliza la pandemia como un burladero. Un verdadero comandante en jefe es incompatible con la deserción.

Pensábamos que Sánchez no era el líder más idóneo para afrontar todo esto. Ahora sabemos que no es un líder. Un líder no se quita de en medio

Sucede, además, que esta dejación de responsabilidades conlleva insistir en un error. Después de dos meses, la crisis sanitaria ha empeorado y el horizonte económico se ha ennegrecido, porque el traslado de la gestión al ámbito autonómico ha sido ineficaz. No ha funcionado. Por eso estamos así de mal. Seguir por ese camino podrá dañar a algún adversario político, pero no debilitará al enemigo vírico si se cumplen las previsiones más temibles.

Sánchez terminó y Casado se movió. Lo hizo rápido, para entrar en los informativos de la hora de comer en este mes de agosto, sin tiempo ni pausa para valorar la profundidad del impacto que vendrá.

Covid-19: el juego de la culpa

Corrió a la sala de prensa y salió a defenderse. Defender a los barones, defender sus gobiernos. Y por limitarse a la lógica partidaria, no resultó ni creíble ni deseable. Todo lo que consiguió fue alimentar el desencanto, la percepción de que estamos sin verdaderos líderes en los dos principales partidos del país. Sobra pequeñez y falta grandeza en la clase política de nuestro país. Alguien capaz de conjugar España en primera persona del plural.

Mucho me temo que el juego de la culpa marcará la actualidad de este otoño amenazante en lo sanitario, lo económico, lo social y lo institucional.

Pienso en lo que viene y creo que el momento histórico no se parece tanto a los años treinta, como tantas veces se dice. Si hubiese que buscar una referencia en nuestro pasado, quizá merezca la pena explorar en la Generación del 98 más que en la del 27. Riesgo serio de desastre nacional. Desafección y regeneración. Nos estamos quedando sin latido. Lo pensó Francisco Silvela hace más de un siglo y parece escrito hoy.

“No se oye nada: no se percibe agitación en los espíritus, ni movimiento en las gentes. Los doctores de la política y los facultativos de cabecera estudiarán, sin duda, el mal: discurrirán sus orígenes, su clasificación y sus remedios; pero el más ajeno a la ciencia que preste alguna atención a asuntos públicos observa este singular estado de España: dondequiera se ponga el tacto, no se encuentra el pulso”.

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