España en su laberinto administrativo

Señal de que algo va mal. Nadie podrá echarse las manos a la cabeza si la demanda de centralismo se dispara en España

Foto: Vista general de la zona donde los ciudadanos son atendidos en la delegación de Hacienda de Madrid. (EFE)
Vista general de la zona donde los ciudadanos son atendidos en la delegación de Hacienda de Madrid. (EFE)
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Normal que salten tantos tornillos. Dentro y fuera de España la pandemia y sus crisis derivadas han provocado una prueba de estrés máximo sobre el sistema. Todas las insuficiencias y carencias, todas las contradicciones y todo lo desfasado, ha salido a flote. No hay manera de ocultarlo.

Como consecuencia, puede ya darse por descontado que habrá profundos movimientos en la opinión pública. No menores porque el malestar ya es grande y además falta. Movimientos de fondo, levantados el hartazgo y el enfado, para acabar transformando el sentir entero del país. Es natural.

Por segunda vez en medio año, España se sitúa en el epicentro de la enfermedad y la muerte. Señal de que algo va mal. Y no puede ser solo la dirigencia, algo tendrá que ver la arquitectura. Nadie podrá echarse las manos a la cabeza si la demanda de centralismo se dispara en España.

La sorpresa no está ahí. Está en la gran conversación que todavía no existe. Sobra la polarización y falta, falta ya como el comer, voluntad para dibujar la gran reforma, la gran actualización sistémica que no terminamos de abordar. Si no es ahora… ¿Cuándo?

Algún día tocará asumir que nuestro modelo autonómico se ha convertido en una aberración ineficiente. Una mole asimétrica, hipertrofiada y paradójicamente incompleta para la realidad de nuestro tiempo. Un monstruo plagado de deformidades que arrincona y hiere la igualdad entre españoles.

Perfilar el engendro no conlleva enmendar la tarea de nuestros padres, hicieron todo lo que pudieron. Tengo cero interés en el ajuste generacional de cuentas de Podemos y de Vox. Me interesa más el ejercicio de una crítica leal, patriótica. Creo que ese paso es inaplazable y que hace falta para ofrecer algo mejor a nuestros hijos.

La cuestión territorial se abordó en nuestra Constitución de un modo que podría decirse tentativo porque salíamos de una dictadura. Después llegaron los estatutos, cada uno en su momento y con su intención. A continuación, el bipartidismo cedió y cedió al nacionalismo para tener mayorías en el parlamento. En cada legislatura, más cesiones que en la anterior. Con el pasar de los años, casi sin darnos cuenta, lo que pudo ser arquitectura se ha convertido en laberinto.

Tocará asumir que nuestro modelo autonómico se ha convertido en una aberración ineficiente. Una mole asimétrica e hipertrofiada

Un laberinto que es un monumento a la ineficacia. Un canto a la burocracia, con pequeños estados dentro del estado para que los barones partidarios puedan juguetear con los nombramientos y con el control político y social. Perpetuarse en el poder. Esa es, en mi opinión, la razón de tanta aparatosidad. Esa y no la funcionalidad.

El funcionamiento no se ha simplificado y tampoco se ha acelerado. Pero sí ha ido vaciando ministerios tan vitales como el de Salud o el de Educación. Estalló la crisis sanitaria y nuestro país fracasó en el mercado internacional de compras médicas porque en el ministerio no había ni profesionales, ni competencias. El Gobierno de España fue timado mientras el virus llevaba al colapso las vidas y los hospitales.

Llegó el momento de preparar un curso educativo tan difícil como el que empieza y se perdió un tiempo precioso que ojalá no nos pase factura en el futuro. Nunca hemos sabido de dónde venimos y a dónde vamos, ahora también desconocemos para qué sirve la ministra de educación.

La administración española ha terminado por convertirse en un laberinto de luces apagadas porque falta coordinación y financiación. Por ese motivo, han ido saltando uno a uno los rebrotes durante el verano, porque las autonomías se han visto desarmadas de recursos legales y económicos ante un enemigo invisible. 17 estrategias y no una, un desastre.

Y por esa razón estamos más expuestos ante la amenaza de riesgo vírico. Desprotegidos. Sánchez prolonga el error, jugando al juego de la culpa a ver si así se desgasta menos. A ver si así los españoles se olvidan de quién es el presidente del Gobierno mientras Casado les distrae llevando el anzuelo clavado bajo la mascarilla.

Decía antes que no me interesaba criticar a los mayores, bastante hicieron. También renuncio al dogmatismo: criticar lo descentralizado para ensalzar después la centralización. No hay evidencia. El mapa del mundo refleja que los modelos pueden ser eficientes.

Y la historia de nuestro país demuestra que la democracia y el centralismo nunca encajaron aquí. Me llama la atención que la derecha no haya sido capaz de asimilar intelectualmente la pluralidad que se ve en cada una de las etapas de nuestro recorrido.

Un canto a la burocracia, con pequeños estados dentro del estado para que los barones puedan juguetear con nombramientos

Ese ejercicio de ceguera es compatible con otro que se da en la izquierda española. La diferencia está en que los primeros amordazan el pasado y los segundos silencian el presente. No se aprecia ninguna voz progresista capaz de afirmar lo evidente: la descentralización que sufrimos es una fábrica de desigualdad masiva.

Hay progresistas jacobinos, cierto. Pero son de salón. No hay ninguna oferta política que reivindique, con toda su dimensión, el principio de igualdad que la constitución consagra para todos los españoles.

Toda la izquierda mira hacia otro sitio cuando resulta imposible discutir que buena parte de las oportunidades de los niños de este país se reparten en función del lugar de nacimiento.

No hay nadie en la izquierda que manifieste su disenso frente a lo que cualquiera puede vivir al entrar en la farmacia de otra comunidad autónoma. Medicarse: hemos llegado a un punto en el que resulta posible ser extranjero dentro de España.

Ese silencio negligente, acumulado ya durante décadas, se explica porque los progresistas han renunciado a la ciudadanía —igualdad— y se han comido la identidad, el identitarismo de los nacionalistas —la diferencia—.

No se aprecia ninguna voz progresista capaz de afirmar lo evidente: la descentralización es una fábrica de desigualdad masiva

Y después de comérselo, tocó la larga siesta: descuidaron la protección de los mecanismos de control y lealtad a la unidad del proyecto común que es España.

Sucede, sin embargo, que en política los vacíos siempre terminan por ocuparse. Vox lo sabe y tiene detectado el espacio. Probablemente, intentará penetrar por esa vía. No para solucionar nada, sino para vivir de los problemas de los demás. Juego de élites, deporte de la extrema derecha.

Mientras todo esto llega, mientras nacionalistas, centralistas y federalistas se incorporan perezosamente para discutir hirientemente sobre la superioridad del caballo, el coche o el tren… algo pasa.

Pasa lo que canta Calamaro. Pasa que por afuera pasan los aviones. La ciudadanía digital, la nueva administración. El futuro. Otra revolución que pasa por arriba de España mientras los españoles nos tiramos los trastos. Cuando descubramos que la red no solo sirve para pelear estaremos en condiciones de comernos el mundo.

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