La estrategia nacional contra la pandemia empieza en Pedro y termina en Sánchez
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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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La estrategia nacional contra la pandemia empieza en Pedro y termina en Sánchez

Nada puede comprenderse, ni conectarse, sin asumir que este gobierno afronta cada problema desde una lectura personalista que desatiende el interés general con una frivolidad difícil de soportar

placeholder Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

¿En qué momento se dieron cuenta en Moncloa de que la pandemia no era una oportunidad para Sánchez sino una bomba de relojería, un problema para sus intereses personales? Entre esos signos de interrogación está la llave que nos permite explicar por qué España sigue sin estrategia de país frente al covid-19 a estas alturas, seis meses después de que la enfermedad comenzase a poner en jaque nuestra salud, nuestra economía y, probablemente, incluso la paz social.

La lógica que contiene esa pregunta explica la evolución de los acontecimientos durante estos últimos meses. Este fracaso en el combate contra el virus, esta tardanza, esta descoordinación. El enorme vacío de liderazgo. La impresión de orfandad nacional. El peso de la fatiga. La nube de la tristeza. Nada puede comprenderse, ni conectarse, sin asumir que este gobierno afronta cada problema desde una lectura personalista que desatiende el interés general con una frivolidad difícil de soportar.

Durante el primer tramo, la lucha contra el covid-19 fue vista por Moncloa como una ocasión para afianzar el liderazgo del presidente. Recordemos el discurso bélico contra el enemigo invisible, el mando único, las homilías televisadas. Una operación de culto al líder que pasaba por convertirle en comandante en jefe. Cuestión de tiempo, de apretar los dientes hasta que llegase la hora de enarbolar el triunfo. Españoles, hemos vencido al virus. Todo estupendo sobre el papel. No funcionó. Incomprensiblemente, no tuvieron en cuenta la envergadura del adversario.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su intervención en el Museo de las Ciencias de Valencia. (EFE)

El giro debió producirse entre la última semana de mayo y la primera quincena de junio. En torno a esa fecha tuvo que cerrarse el triángulo. La ciencia acercaba el escenario de la segunda ola y alejaba la llegada de la vacuna. La sociología daba para Sánchez números significativamente peores que los cosechados por los líderes que afrontaron el desafío con acierto. Y la política mostraba heridas abiertas en la coalición que mantienen los socialistas con populistas y nacionalistas. Alarma.

A partir de ese momento, Moncloa diseñó y activó un plan de retirada que tiene cinco fases. La primera se ejecutó con el desconfinamiento. Improvisado y desordenado. Precipitado. Suelta de lastre. Rápido traslado de competencias a las comunidades autonómicas y llamada a salir a la calle. Salgan y consuman, hay que salvar al verano. Pasar de la sobreexposición televisiva a convertir al presidente en el hombre invisible. Deprisa, deprisa.

La segunda fase pasaba por apagar al gobierno durante julio y agosto. Los rebrotes comenzaron a saltar como brotan los puntos del sarampión, pero nadie en la sala de mandos. El curso académico se acercaba, pero nadie en el Ministerio de Educación. La necesidad de evaluar lo ocurrido en la primera ola y la búsqueda de mejoras ante la posible resurgencia del virus era urgente, pero nadie en ningún sitio. Al lado de la deserción del gobierno de España que vimos durante el verano, el capitán del Costa Concordia los tiene más cuadrados que Rambo.

En septiembre se dio un salto a la radicalización para apelmazar la mayoría de gobierno, un boca a boca de Sánchez sobre los labios de Frankenstein


El tercer paso en la huida es el más complejo estratégicamente. Su análisis requiere de lentes bifocales. En el primer plano de septiembre, la instalación del juego de la culpa con la inestimable cooperación necesaria de Ayuso. Patata caliente y polarización. Confrontación para compactar a las bases, poner el enfrentamiento por delante de la gestión y legitimar los abusos de uno con los excesos de la otra.

Y, en el segundo plano, un salto en la radicalización para apelmazar la mayoría de gobierno que había quedado debilitada con las prórrogas de la alarma. Repasemos. Ley de memoria histórica y ofrendas florales a Bildu. Ataque a la independencia judicial y choque con la Corona. Respaldo a Podemos en sus muchos frentes judiciales y aupar a Iglesias de cara a los Presupuestos Generales del Estado. Recomposición con ERC, indultos. Todo eso y más durante septiembre. El mes del boca a boca de Sánchez sobre los labios de Frankenstein.

Cuarta etapa, la desconexión de Sánchez con la pandemia. Octubre. La segunda ola adquiere el dibujo de una pared pero Sánchez ya se encuentra entre muros. A refugio para no asumir el coste de lo que no puede evitarse: restringir la movilidad es la única forma de retrasar la expansión de la enfermedad. Tienen que ser los demás, las autonomías, los partidos, los científicos quienes pidan el estado de alarma.

Foto: Los ministros de Sanidad, Salvador Illa (d-fondo), y de Política Territorial y Función Pública, Carolina Darias (i-fondo), en la reunión del Consejo Interterritorial. (EFE)

¿Por qué esperar cuando la situación es crítica? Para librar a Sánchez del desgaste social, no hay más. Y cuando el clamor era completo, cuando todo el mundo pedía medidas frente al descontrol vírico, aguantar un poco más y ejecutar el golpe final: seis meses de estado de alarma, evitar la rendición de cuentas en el Parlamento y abrir la puerta del búnker mientras se aprueban los presupuestos.

Hibernación de medio año, hasta la primavera y más allá, mientras España afronta el invierno más amenazador que recuerdan casi todas las generaciones vivas. Otra crisis sanitaria con una sopa de letras autonómica en lugar de una estrategia nacional. Otra recesión para la economía de los españoles, la más golpeada del continente. Un presidente escaqueado cuando el malestar de las clases populares y medias puede llevarse además por delante la paz social.

Quinto y último paso, noviembre. Parlamento bajo mínimos. Gobierno del país desactivado frente al covid, convertido en un buzón de sugerencias para los gobiernos autonómicos. Moncloa devolviendo la pelota a las regiones con el disparate jurídico. Repetición de la jugada, tienen que ser todos los demás los que pidan el confinamiento, que lo pidan hasta desgañitarse. En eso estamos ahora. Cerrojazo en el búnker. Presión a los medios de comunicación, el palo de las llamaditas, la zanahoria de las regalías. Y, para acabar con la desinformación, premio redondo a la innovación 'made in Spain': restablecimiento de la inquisición.

Foto: Carmen Calvo conversa con el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias. (EFE)

Desinformación, dicen. Habla de desinformación el gobierno de un país que no es capaz de decir cuántos compatriotas han muerto por un virus que se podría haber combatido mejor. A ese punto hemos llegado, hasta esta terrible degeneración. Nadie podrá señalar la fecha en la que España alcanzará el muerto número 100.000 de esta pandemia. Y, sin embargo, desgraciadamente, todos damos por hecho que ocurrirá. Llegará aunque podría haberse evitado, como lo evitarán otros países que no son mejores que el nuestro.

Desconozco si funcionará la estrategia de encapsulamiento en la que está Sánchez. En el fondo es lo de menos. El examen era otro y ahí nos ha fallado a todos. La altura del liderazgo se demuestra por la intensidad en el combate contra la dificultad, no por la velocidad de la huida. Cómo quisiera haberme equivocado y que no nos hubiese fallado a todos. Por lo menos, que no hubiese desertado.

¿En qué momento se dieron cuenta en Moncloa de que la pandemia no era una oportunidad para Sánchez sino una bomba de relojería, un problema para sus intereses personales? Entre esos signos de interrogación está la llave que nos permite explicar por qué España sigue sin estrategia de país frente al covid-19 a estas alturas, seis meses después de que la enfermedad comenzase a poner en jaque nuestra salud, nuestra economía y, probablemente, incluso la paz social.

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