Más caos y más casos. La tercera ola ya está en España

En noviembre se dieron tres factores determinantes: se anunció la efectividad de la vacuna, se supo de la variante británica y había margen para afrontar la Navidad. Sánchez no lo vio

Foto: Aglomeración de personas de compras navideñas en Barcelona. (EFE)
Aglomeración de personas de compras navideñas en Barcelona. (EFE)

Se hará visible a principios de la semana que viene. Irrumpirá sobre la realidad disfrazada desde hace semanas. Fríamente nos golpeará. Y entonces, cuando ya sea demasiado tarde, pocos preguntarán en qué momento estuvo el punto de no retorno. Cuándo fue que perdimos la oportunidad de proteger las vidas que se perderán. Cómo es posible que estemos desamparados por tercera vez. Por qué tendremos que sufrir lo que podría haberse contenido o mitigado con un mínimo de sinceridad y una pizca de responsabilidad.

Ese momento existió. Estuvo abierto por unos días y se nos cerró por la pequeñez política de un Gobierno más pendiente de sí mismo que de esta emergencia que castiga los pulmones, la mente y el bolsillo de todo nuestro país entero. España tuvo la ocasión en sus manos cuando la ciencia confirmó la eficacia de la vacuna de Pzifer y BioNTech. Justo ahí. Pero la oportunidad terminó marchándose como se pierde el agua entre los dedos.

9 de noviembre, primer anuncio desde los laboratorios. 90% de eficacia. Se abrió un paréntesis de tiempo en el que coincidieron tres factores determinantes. Primero: Europa ya tenía cerrada la compra de las vacunas, el suministro estaba garantizado. Segundo: ya existía el conocimiento de que la variante británica llevaba circulando en las islas desde septiembre. Tercero: quedaba tiempo para afrontar la Navidad de una forma ordenada.

Bastaba con aplicar el principio de anticipación y activar el de prudencia. Cerrar un Plan Nacional de Vacunación ambicioso. Valorar el cambio de escenario que podía generar una cepa que ya se temía mucho más transmisible y actuar. Y tener en cuenta que los encuentros sociales de las fiestas navideñas suponían un auténtico festín para la enfermedad, una orgía vírica. ¿Qué se decidió? Nada.

Absolutamente nada le impidió a Sánchez actuar con la altura que la situación demandaba. Sin embargo, fue tanta su pequeñez que ni siquiera alcanzó a darse cuenta de la coincidencia virtuosa que tenía delante: lo mejor para España se alineaba con lo más conveniente para sí mismo. Tuvo ante sus narices la acción y el discurso de su vida. Era fácil. Y no supo verlo.

Pudo dirigirse a la nación y explicar que la confirmación de la vacuna permitía a las sociedades desarrolladas adentrarse en una fase completamente distinta de la lucha contra la enfermad. Igualmente delicada pero más exigente. Porque ningún país, por muy poderoso que sea, tiene medios suficientes para desplegar simultáneamente un proceso de vacunación suficientemente rápido mientras encara un crecimiento descontrolado de contagios y fallecimientos. No es posible hacer las dos cosas al mismo tiempo. Como consecuencia, resultaba necesario decidir.

Pudo hacer autocrítica. Reconocer abiertamente el error de la segunda ola. Y, desde esa honestidad, señalar dónde estaba el premio. En verano, el incentivo estuvo en que aguantasen algunos sectores económicos. Pero de cara al invierno, con la vacuna ya disponible, la recompensa es más viable y mucho más valiosa. Salvar vidas.

Para conseguirlo haría falta un esfuerzo nacional. No uno más, no. El último esfuerzo. Sacrificar las Navidades no sería fácil para nadie. Pero el premio no puede ser más grande. Activar restricciones más contundentes a mediados de noviembre habría hecho más lenta la propagación del virus. Habría salvado vidas. Habría armado a las administraciones para concentrar recursos. Habría permitido a España acelerar en la carrera de la vacunación.

Pudo llamar a todos los españoles a ese objetivo común. Y reunir a todos los líderes políticos para que el Gobierno contase con todo el respaldo posible de cara a coordinar, a centralizar, la mayor operación logística de la historia reciente de España. Una oferta de consenso real con el objetivo de alcanzar una meta nacional ética, política y económicamente inaplazable.

Sánchez pudo hacer una operación de manual en términos de comunicación, electorales y, sobre todo, de interés general


Porque el acuerdo parlamentario en torno a esa misión de país habría supuesto, con toda certeza, adelantar la recuperación de la economía entera. Desde luego, tendríamos que respaldar a los sectores económicos más perjudicados. Evidentemente, habría que garantizar todo lo necesario para vacunar a la mayor cantidad posible de españoles en la menor cantidad de tiempo posible. Esas dos prioridades habrían hecho de los PGE de 2021 los presupuestos de la vacunación y la protección. Menos división, menos enfrentamiento. Más consenso. Nada al partidismo y todo a la unidad. Grandeza.

Pudo hacerlo. Incluso pudo remodelar al Gobierno con suficiente visión estratégica. Una operación de manual en términos de comunicación, electorales y, sobre todo, de interés general: entrar en una nueva etapa de la lucha contra la pandemia conlleva la necesidad de adecuar la Administración al nuevo escenario.

Al frente del Ministerio de Sanidad, un experto destinado a que la vacunación funcione desde el minuto uno, 24 horas al día y siete días a la semana. Alguien capaz de reclutar a un ejército de vacunadores desde las aulas de las facultades hasta los despachos del sector privado. Y al frente de la defensa del Estado en Cataluña, nadie mejor que un ministro del Gobierno de España.

Nada de esto ha ocurrido. Por eso la vacunación va a pedales, la variante británica del covid-19 puede estar disparándose en nuestro país sin haber sido detectada adecuadamente y los encuentros sociales de las Navidades han aumentado un número de contagios perfectamente evitables.

La semana que viene subirán los casos y aumentará también la percepción de caos que provoca esto de tener 17 estrategias en lugar de una para que unos y otros puedan permitirse el lujo de su despreciable juego de la culpa.

Caos porque es probable que no tengamos recursos suficientes para evitar el colapso hospitalario y vacunar al ritmo necesario. ¿Qué pasará entonces?

Sufrimos por tercera vez lo que podría haberse contenido o mitigado porque, como siempre, Sánchez envidó a chica en lugar de ir a grande.

Entonces, cuando ya sea demasiado tarde, muchos nos sentiremos todavía más preocupados, más cansados y más asqueados. Vendrán toneladas y toneladas de propaganda. Y, a pesar de tanto, la verdad no se podrá marchar.

La oportunidad de proteger las vidas que se perderán se abrió y cerró en noviembre.

Estamos desamparados por tercera vez por la poca altura de un Gobierno que divide más que une.

Sufrimos por tercera vez lo que podría haberse contenido o mitigado porque, como siempre, como ha ocurrido cada vez en cada momento decisivo, Sánchez envidó a chica en lugar de ir a grande. Ya se sabe: jugador de chica, perdedor de mus. Perdemos todos.

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