Pasaremos los 100.000 muertos y nos dará igual
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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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Pasaremos los 100.000 muertos y nos dará igual

A veces me pregunto si en el código genético de este virus hay escrita una maldición que provoca el cumplimiento de los peores escenarios. Ha sido así hasta ahora y podría volver a ocurrir

placeholder Foto: Personal sanitario en el Ramón y Cajal, en Madrid. (Reuters)
Personal sanitario en el Ramón y Cajal, en Madrid. (Reuters)

A veces me pregunto si en el código genético de este virus hay escrita una maldición que provoca el cumplimiento de los peores escenarios. Ha sido así hasta ahora y podría volver a ocurrir.

No lo parecía en noviembre cuando por fin se anunció el milagro científico de la vacuna. Hubo en aquellas semanas una explosión global de optimismo. Incluso los más cautos, quienes probablemente tengamos el sesgo de seguir demasiado de cerca lo que ocurre, nos acercamos entonces al calendario para tratar de ponerle fin a la pesadilla de esta pandemia.

Éramos conscientes del riesgo que contenían las navidades, la necesidad social –algo infantil– de negar la realidad y reavivar los contagios. Temíamos que aquí en España faltase contundencia frente al adversario, determinación política en lugar de este juego de la goma con el covid que consiste en relajar las medidas en cuanto las cifras mejoran algo y tardar en aplicar restricciones antes de que resulte demasiado tarde. Curvas autoinducidas en tiempos de fatiga social.

Sin embargo, a pesar de no compartir la irresponsabilidad del Gobierno, a pesar de estar verdaderamente preocupados por lo que podría pasar en este mes de enero que preveíamos peor que duro, manteníamos la razonable esperanza de que la segunda mitad del año podría comenzar a ser claramente mejor tanto en lo sanitario como en lo económico.

No sé si quienes veíamos las cosas así éramos víctimas del autoengaño, si el deseo nos había cegado. Pero sí que creo que la esperanza, tan necesaria para el ser humano, tan difícil de vencer hasta en los episodios más adversos, tiene un papel difícil frente a la realidad que ahora tenemos por delante. Hay motivos para temer que la enfermedad pueda ganarle el pulso a la esperanza. La esperanza de que la pandemia comience su agonía en verano.

Quizá quede más de lo que pensamos para el principio del fin que estamos anhelando. Conservamos todavía argumentos para defender el optimismo, especialmente donde la vacunación viene ganando más terreno. Fuera de aquí, entra dentro de lo probable que la vacunación de los sectores demográficos más vulnerables sirva para salvar hasta dos tercios de las muertes que podrían darse. También es cierto que la ciencia nos está armando mejor en todo lo referente al tratamiento. Raro es el día en que no puede leerse la buena nueva de algún avance médico.

Hay dos problemas: la propagación del virus, que debe frenarse; y la expansión de la vacunación, que debería acelerarse

El problema, especialmente en Europa y sobre todo en España, está en el contraste entre las dos velocidades esenciales. Por un lado, la propagación del virus, que debería frenarse, y sin embargo puede aumentar todavía más. Y por el otro, la expansión de la vacunación, que debería acelerarse, y sin embargo puede aminorarse todavía más. No estamos bien en ninguna de las dos cosas.

En nuestro país hemos llegado a un punto excepcional entre las naciones desarrolladas. Los números parecen haber perdido su valor. La cifra de fallecidos ha dejado de importar. No alcanzo a imaginar un espejo más fiel para reflejar el deterioro moral de nuestra sociedad. Al negar la muerte, nos estamos olvidando del significado profundo que tiene la vida.

Simultáneamente, estamos además perdiendo la perspectiva frente a la realidad. Aquí parece no tener peso la diferencia entre sufrir una incidencia de 50, de 500 o de 1.000 casos por 100.000 habitantes. Y ese es un error que no puede llamarse inmoral porque simplemente responde a la imbecilidad. Sucede que los números son tan obstinados como la ley de la gravedad. Todavía más constantes que la banalidad y más tozudos que la estupidez. Siempre acaban imponiéndose, siempre.

Vivimos en la era de la información. No es difícil saber que han surgido variantes del covid19. Está demostrado y es público que la cepa británica es entre un 50 y un 70% más contagiosa. Y ya hay suficientes pruebas sólidas iniciales para sostener que pudiera ser hasta un 40% más letal. Hay algunas dudas, expresadas por el laboratorio Moderna, sobre la eficacia de su propia vacuna frente a la variante sudafricana. Falta información sobre las cepas brasileña y californiana. Y, desde luego, nadie puede descartar que el virus siga evolucionando en el futuro hacia formas más infecciosas y mortales.

Por ese motivo la práctica totalidad de los gobiernos están aplicando restricciones más estrictas. Toques de queda más severos. Confinamientos más duraderos. No son medidas fáciles de aplicar, suponen un desgaste. Pero es lo que la ciencia y la economía exigen. Hablo de ellas por si me lee alguien que considera que la ética no basta y sobra para justificar el principio de prudencia frente a la amenaza que plantea esta enfermedad. Tengo la convicción de que la implementación de un confinamiento duro y corto resulta sanitaria, económica y éticamente imprescindible.

Y sostengo también que es también lo mejor en términos operativos. La presión existe aunque los médicos hayan dejado de ser aplaudidos. Y es probable que suframos problemas adicionales de cara a la vacunación. Problemas de suministro. Dificultades durante las próximas diez semanas. Cabe anticipar que las administraciones que peor han gestionado las tres primeras olas sean también las que antes desvíen hacia Bruselas todas sus responsabilidades.

Foto: La vacuna. (EFE) Opinión
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Es posible que pasemos de la campaña de propaganda que hemos sufrido, esa que casi nos ha contado que la vacuna se inventó en el Consejo de Ministros, a otra cortina de humo más. Otro "esa vacuna de la que usted me está hablando".

En el fondo da igual. Mientras la vacunación no acelera y la contagiosidad acelera por debajo del radar del Gobierno, lo cierto es que la esperanza que pusimos en el verano no hace sino menguar.

Es importante para el porvenir nacional porque las cuentas de esta economía entubada que tenemos no pueden permitirse otra temporada estival sin respirar.

Es importante para la paz social porque el estado emocional del país está en zona de reserva, con serios problemas de salud mental y consecuencias que no pueden predecirse para el futuro de nuestra democracia.

Pero lo más importante, lo fundamental, es que por este sendero superaremos los 100.000 muertos y no nos importará. España está arrastrando los pies y no se puede justificar.

A veces me pregunto si en el código genético de este virus hay escrita una maldición que provoca el cumplimiento de los peores escenarios. Ha sido así hasta ahora y podría volver a ocurrir.

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