Pandemia: año 1 de la distopía
  1. España
  2. Crónicas desde el frente viral
Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

Por

Pandemia: año 1 de la distopía

Paras y te das cuenta de que has entregado un año entero de tu vida a un virus que antes ni siquiera existía. Paras y respiras. Paras y te das cuenta de que ni siquiera sabes cuánto queda

placeholder Foto: Personal médico de una UCI en el hospital Puerta de Hierro. (EFE)
Personal médico de una UCI en el hospital Puerta de Hierro. (EFE)

Los seres humanos nos distinguimos por ser dolorosamente conscientes del paso del tiempo. Por eso las fechas redondas ejercen un influjo especial sobre la mente individual y colectiva. En los grandes aniversarios, recordamos. Recapitulamos. Podría decirse que hasta lo revivimos todo de nuevo.

Es probable que el peso de ese todo nos caiga durante las dos primeras semanas de marzo. No sería extraño que se desencadenase un proceso de depresión colectiva. Llevamos doce meses peleando con la incertidumbre, con el sufrimiento y con nuestros propios temores. Y así todos los días. Hasta el día en que paras.

Paras y miras atrás. Paras y te das cuenta de que has entregado un año entero de tu vida a un virus que antes ni siquiera existía.

Foto: Foto: Reuters/Vincent West Opinión

Paras y respiras. Paras y te das cuenta de que ni siquiera sabes cuánto queda, ni qué puede venir después.

Dentro de unas décadas, la historia se habrá encargado de ponerle una fecha oficial al inicio de la pandemia en nuestro país. Puede que sea el 8 de marzo. Puede que el 14, cuando se decretó la alarma. En el fondo da igual.

Lo que de verdad resulta trascendente está guardado en la otra memoria, en la biografía. Cada uno de nosotros tiene ya un recuerdo íntimo tan incrustado en la mente como una cicatriz sobre la piel. Para los afortunados, la impresión de irrealidad en la calle vacía, la mirada del hijo porque aquí el confinamiento fue más cruel que en ningún sitio. El peso de la soledad. Para los más golpeados, el trauma de la enfermedad o el dolor de una pérdida irreparable.

Foto: Una ambulancia en Madrid. (EFE)

Y, a pesar de todo, nos adaptamos. Tanto que hasta nos acostumbramos. Sin embargo, este paisaje resulta una distopía visto con la mirada de un pasado que todavía nos es reciente, también en cada uno de los ángulos de lo político.

Es verdad que la mejor de las administraciones no podría haber anulado la crisis. Pero también es cierto que haber sufrido una de las peores gestiones en todo el mundo desarrollado ha provocado un enorme volumen de dolor que podría haberse evitado, por ejemplo, con algo menos de frivolidad.

Han pasado 262 días desde que Sánchez dijo: "Hemos vencido al virus". Menos mal. Tres olas, tres, de una enfermedad que nos ha devorado la salud y la economía, aprovechándose una vez tras otra de los mismos errores gubernamentales. La imprevisión. La descoordinación. La propaganda. La imperdonable negación de la evidencia científica.

Este paisaje resulta una distopía visto con la mirada de un pasado que todavía nos es reciente, también en cada uno de los ángulos de lo político

A lo largo de estos doce meses hemos visto a Sánchez disfrazado de militar, de telepredicador y de 'cheerleader', de agente de turismo y de médico, de inventor de las vacunas, de mariscal de la centralización y de capitán del Costa Concordia que pasa la patata caliente de la responsabilidad a las autonomías. El único traje que no ha lucido es el de presidente que da la talla en la hora de la verdad.

Hemos visto a un Gobierno ocultando el número de fallecidos, perpetrando un apagón estadístico, demostrando que no estaba forjado para gestionar ni para combatir la catástrofe, sino para el enfrentamiento político. El Ejecutivo de Europa que más presume de estar más escorado a la izquierda es el que menos ha protegido a sus ciudadanos.

Hemos visto un nivel de enfrentamiento en el Parlamento inimaginable en cualquier otro lugar, por muy polarizado que esté. Espero que Casado no pueda explicarse a sí mismo por qué se opuso a las prolongaciones del estado de alarma. No era eso, desde luego, lo que la situación de nuestro país demandaba. Esa falta de responsabilidad va a ser difícil de olvidar.

El ejecutivo de Europa que más presume de estar más escorado a la izquierda es el que menos ha protegido a sus ciudadanos

Como consecuencia de lo anterior, ha crecido todavía más la desconfianza en la política y ha aumentado –más todavía– la división. En algún momento tendremos los españoles que preguntarnos cómo es posible que cada oportunidad y cada necesidad de unión patriótica se convierta en una ocasión para el enfrentamiento entre rojos y azules.

No sé qué demonios tiene que ocurrirnos para que aprendamos un poco. Quisiera creer que, ahora que nos acercamos al primer aniversario de la pandemia, podríamos asumir que con el temporal han ido saltando uno tras otro todos los parches.

Con la desgracia han emergido todas las deficiencias estructurales que además se han agravado después de una década perdida porque el bloqueo político ha paralizado todas las reformas que no podían esperar. Nos ha pillado el toro.

Ahora que nos acercamos al primer aniversario, podríamos asumir que con el temporal han ido saltando uno tras otro todos los parches

Ha salido a flote la obsolescencia de nuestro sistema jurídico, la falta de mecanismos de previsión, los agujeros en el diseño del Estado que nadie se atreve a encarar, el atraso de nuestro sistema de ciencia e investigación. Ha volado por los aires el mito de que nuestro sistema sanitario era el mejor del mundo porque han faltado los recursos y hemos permitido que nuestro personal médico emigre a países vecinos con mejores salarios.

Y, verdad incómoda que todavía no nos atrevemos a reconocer, ha estallado nuestra segunda burbuja económica en lo que va de siglo. Primero fue la construcción y ahora el turismo. Igual de atrofiados los dos sectores, cada uno en su momento. Dos apuestas de país que reflejan más pretensiones de nuevo rico que ambición de crecimiento y de progreso social.

Algún día tendremos que hacernos cargo de un futuro por fin libre de la cultura de la pobreza nacional que todavía nos tiene sometidos. ¿Cuándo?

Foto: Una anciana se vacuna este miércoles en el Hospital Donostia, de San Sebastián. (EFE)

La fuerza de cualquier distopía no está en el aire opresivo del presente sino en la inexistencia del mañana. Por eso, por pura intuición más aún que por agotamiento, nos empeñamos en ponerle una fecha al cierre de la pandemia.

Quizá sea bueno asumir que por una vez la historia se encontrará con la biografía. No habrá un lugar donde poner un punto y final a este proceso. No habrá aniversario para la victoria.

Tendremos que acostumbrarnos a algo que también estamos aprendiendo este año: la esperanza es impuntual. Vendrá pero mejor no preguntarse la hora. Tenemos que seguir viviendo al día. No es poco.

Los seres humanos nos distinguimos por ser dolorosamente conscientes del paso del tiempo. Por eso las fechas redondas ejercen un influjo especial sobre la mente individual y colectiva. En los grandes aniversarios, recordamos. Recapitulamos. Podría decirse que hasta lo revivimos todo de nuevo.

Pandemia Coronavirus