Política española: más 'reality' que realidad
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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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Política española: más 'reality' que realidad

Estos últimos doce meses han ido ensanchando el rango de acción de un estereotipo: la percepción de que los políticos están desconectados de la realidad cotidiana

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Pedro Sánchez (PSOE), Isabel Díaz Ayuso (PP) e Ignacio Aguado (Cs). (EFE)

Fuimos rebeldes mientras fuimos pobres. Entonces, cuando los campesinos escuchaban que si querían comer podían comer tierra, era cuando aquello de que los españoles éramos ingobernables, violentos y de sangre caliente tenía sentido de verdad. Ahora no. La lenta instalación de la población en la clase media –ya desde el franquismo– fue dejando descolorido al estereotipo. Tanto que si entramos en democracia fue porque el dictador murió y no porque un clamor de libertad inundase nuestras calles y desbordase a las instituciones.

Cuatro décadas después y un primer año de pandemia han dejado ese cliché todavía más desfasado. Enterrado a la vista de los hechos. A día de hoy, después de tanto sufrimiento acumulado, la mayor muestra de contestación está en las fiestas clandestinas que celebran los jóvenes sin desplegar demasiado alboroto. Aquí no hay manifestaciones de negacionistas en las que se reúnen los antivacunas y los extremistas, como sí ocurre en las naciones de nuestro entorno. No hay revueltas por la fatiga pandémica. No hay violencia. Hay disciplina social.

Sin embargo, estos últimos doce meses sí que han ido ensanchando el rango de acción de un segundo estereotipo: la percepción de que los políticos están desconectados de la realidad cotidiana. ¿De dónde viene?

Foto: Foto: Irene Gamella.

La idea agarró vuelo tras la crisis económica de 2008, cuando el populismo logró fijar en nuestro país su marco discursivo central: la separación entre los de arriba y los de abajo. Un divorcio entre representantes y representados que se nos vendió no tanto en el plano material como en el formal. Recordemos: coches oficiales, sueldazos, asesores... todo aquello mientras las neveras vacías y los recortes sociales. Escándalo.

Como ahora los chóferes esperan a las puertas del chalé de Galapagar, el populismo traslada la tensión entre los de arriba y los de abajo al terreno histórico y simbólico. El culto al edén que no existió en la segunda república y cosas así. Cosas bastante alejadas de la vida de las personas a quienes piden el voto. Teorías de la conspiración. Debates sobre si España es o no es una democracia plena como los que había en la Facultad de Políticas mientras "el porro se pasa, no se pide".

La democracia española es fuerte. Tanto que ha llevado a Iglesias al Gobierno. Tanto que sobrevivirá a la presencia de Iglesias en el Gobierno. La cuestión, de nuevo, no es formal sino funcional. En mi opinión, la pregunta no es tanto si la democracia es plena sino si está siendo útil, tan útil como podría ser, como necesitamos que sea, en un momento de tantísima dificultad.

La democracia española es fuerte. Tanto que ha llevado a Iglesias al Gobierno

La economía de nuestro país es la más golpeada de la OCDE por la pandemia. La enfermedad nos ha dañado bastante más que a casi todos los demás. Y, mientras ambas cosas siguen ocurriendo, sucede que se ensancha la brecha entre quienes eligen y quienes son elegidos. La grieta se amplía porque la política y la vida parecen haber tomado caminos distintos. Basta con ver todo lo que la actualidad política de esta semana nos ha venido contando mientras la realidad no dejaba de apretar y apretar, como las máscaras a las orejas, como las facturas al bolsillo.

Cuesta evitar la impresión de que los políticos, más que preocupados por atender a los ciudadanos, están exclusivamente ocupados con el resto de políticos. Encapsulados en un macabro juego que consiste en matarse entre ellos en lugar de evitar que la ruina y la muerte de verdad nos sigan haciendo más daño.

Es probable que esa percepción vaya a más, y es seguro que de hacerlo tendrá consecuencias. Las tendrá porque la superioridad moral de la democracia no basta para garantizar su supervivencia, esa lección empezó a darse en nuestro continente hace ya cien años. Es la legitimidad funcional lo que preserva la estabilidad del sistema. La caída del comunismo y del resto de autoritarismos en el último tramo del siglo pasado no responde a la ética, fue consecuencia directa de la mayor eficiencia de las democracias liberales.

Los políticos, más que preocupados por atender a los ciudadanos, están exclusivamente ocupados con el resto de políticos

Debería preocuparnos la posibilidad cierta de que cada vez más compatriotas puedan estar sintiendo que nuestro sistema no está siendo eficaz para dar respuesta a los problemas, las demandas y los sueños individuales y colectivos. ¿Por qué? ¿Qué podría ocurrir si la política sigue desgajándosenos de la vida, si los informativos nos resultan cada vez más parecidos a un 'reality' que a la realidad?

La historia no es una sucesión de fichas de dominó cayendo una detrás de otra. Los procesos complejos se distinguen porque cada causa puede contener más de una consecuencia. Por el camino en que vamos parecen vislumbrarse cuatro que bien podrían combinarse o generar nuevas mutaciones.

Parece bastante probable que no tardaremos en ver un terremoto en nuestro sistema de partidos. El mapa y la distribución de fuerzas pueden ser muy distintos dentro de pocos años. Pueden surgir ofertas sectoriales y locales. Y, desde luego, puede crecer el volumen del populismo y del nacionalismo. ¿A qué razón de fondo, práctica, no sentimental, pueden agarrarse los votantes de los partidos tradicionales?

Foto: La presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso (PP), este miércoles. (EFE)

No sería de extrañar que Vox esté 'sorpasando' al Partido Popular ahora mismo. Si no ocurre a cortísimo plazo, será difícil que la tendencia ascendente de los de Abascal no se mantenga durante este año. En Italia, la Liga y los Amigos de Italia suman el 40% ahora mismo. ¿Por qué no puede ocurrir lo mismo aquí?

Por otro lado, pueden llegar a producirse estallidos sociales si la pandemia se enquista o si la recuperación económica se retrasa. Algunas de las capas que sostienen el sistema –eso que antes llamábamos clases medias– pueden verse desasistidas y desamparadas. Desesperanzas y encabronamiento, por ejemplo entre los jóvenes. Venimos de ver a Echenique alentando las revueltas por lo de Hasél. ¿Por qué no puede seguir pasando lo mismo de nuevo o incluso ir a más? ¿Se naturaliza la violencia cuando los servidores públicos, quienes se juegan la vida para proteger nuestras vidas, no son respaldados por el poder político? Yo sostengo que sí.

Puede terminar pasando lo que ocurre en Italia desde hace años. La crisis política se metabolizó y tanto la población como los sectores productivos tuvieron que acostumbrarse a vivir al margen de los dirigentes políticos.

Pueden llegar a producirse estallidos sociales si la pandemia se enquista o si la recuperación económica se retrasa

Puede pasar todo eso y bastante más. Pero hay algo que ocurrirá con bastante seguridad. Cada vez más gente dejará de ir a votar. Iremos a participaciones por debajo del 50% y es normal. Lo veremos en Madrid si termina habiendo unas elecciones que no se pueden justificar. Cuando los incentivos para votar se ubican en una realidad paralela, parte del público se queda para expresar su malestar pero también hay otra parte que se harta y se va.

Es lógico, puestos a ver 'realities' los hay más interesantes. Por los protagonistas y también porque las pulsiones que mueve la telebasura pueden parecernos igual de groseras pero, en el fondo, nos son más cercanas y hasta más comprensibles. Más humanas.

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