El misterioso suicidio político de Ángel Gabilondo
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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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El misterioso suicidio político de Ángel Gabilondo

Puedo entender la enloquecida cadena de acontecimientos de esta campaña electoral madrileña. Pero no alcanzo a comprender por qué una persona inteligente ha terminado haciéndose tanto daño

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Ángel Gabilondo. (EFE)

Puedo entender la enloquecida cadena de acontecimientos de esta campaña electoral madrileña. Pero no alcanzo a comprender por qué una persona inteligente ha terminado haciéndose tanto daño a sí mismo delante de todo el mundo y derrochando todo su prestigio a cambio de nada. Es un enigma.

Tenía ante sí la cúspide del reconocimiento social abierta, el merecido puesto de Defensor del pueblo que nadie le discutía después de una trayectoria difícil de objetar. Pronto, aquel umbral que no quiso cruzar se convirtió en un muro que ya no podrá franquear.

¿Por qué? ¿Por qué rechazó la decisión racional y eligió embarcarse en una contienda sin victoria posible, con violencia en el clima y compañías contrarias a su forma de entender la vida y la política?

Foto: Gabilondo gana las elecciones durmiendo. (Ilustración: Pablo L. Learte)

No fue por amor a las siglas. Era plenamente consciente de que no contaba con el respaldo de la dirigencia socialista. Llevaba meses sufriendo críticas internas, nada discretas, a su labor de oposición en la Asamblea de Madrid. Ruido de sillas que devaluaban su imagen pública y su tirón electoral. Y, sin embargo, actuó. Se lanzó. Se movió rápido para asegurar su candidatura aunque a ojos de todo el mundo quedó claro que Gabilondo solo era candidato por un motivo: Sánchez se quedó en fuera de juego y no tuvo tiempo para poner a otro.

No fue por cálculo electoral ni por coherencia ideológica. Una vez asumido que la única posibilidad de descabalgar a Ayuso pasaba por una improbable acumulación de carambolas, el objetivo estratégico razonable consistía en lograr un resultado suficientemente digno. Un volumen de votos y escaños que al menos mantuviese abierta la esperanza de volver a la pelea con opciones verosímiles dentro de dos años, cuando los madrileños tengamos que volver a votar en las autonómicas.

Para alcanzar ese mínimo en las urnas, resultaba inevitable plantear una oferta diferenciada de la de Iglesias y Errejón. Un proyecto netamente socialdemócrata. Distinto. Clásico. Reconocible también en lo formal. Moral. Y no este diluirse sin más en la sangrienta polarización ansiada desde los extremos.

Gabilondo parece haber aceptado una montaña de pobreza creativa que alimentó la risión que antecede a esta indiferencia general

No fue por exceso de confianza en las propias fuerzas, ni siquiera por orgullo. Es verdad que alguien como él reúne suficientes atributos para plantear una campaña sólida y hasta ilusionante. Aspiracional, incluso. Con menos de lo que tiene Gabilondo, hemos visto despliegues electorales capaces de conectar con todas las capas sociales de raigambre progresista. Carmena, por poner un ejemplo. Bernie Sanders, por ir más lejos.

Para lograr ese aroma medio 'vintage', medio progre, hace falta emplear con algo de cariño unos ingredientes que aquí se despreciaron aunque estaban al alcance de la mano: un ligero toque de autoridad intelectual, cierto aire de firmeza y serenidad, un par de toques de rebeldía para defender a los que vienen detrás. Cosas así y no la tristeza del blanco y negro, la degradación autoinfringida del 'soso, serio y formal'. Esa montaña de pobreza creativa que Gabilondo parece haber aceptado sin más y que, me duele decirlo, alimentó la risión que antecede a esta indiferencia general.

No fue por amor a la Comunidad de Madrid, porque si la vida nos enseña algo es que el amor te da un relato aunque más de una vez puedas estar equivocado. El tema es que aquí el relato no ha existido. Y si no hay relato, no hay estrategia y viceversa.

Primero, esto del 4-M iba de mantener a Iglesias lejos porque Vox y Ciudadanos se podían quedar fuera. Después, había que juntarse con Pablo porque sonaba la alarma antifascista. Luego, la irresponsabilidad de difundir amenazas con el riesgo de generar emulación y con el objetivo de movilizar al electorado progresista (me pregunto si algo así puede de verdad activar a un votante de Fuenlabrada atrapado por el sufrimiento pandémico y la preocupación económica). Finalmente, se nos está vendiendo una lista de la compra con medidas inconexas que no hacen más que resaltar la ausencia de columna vertebral en todo el planteamiento estratégico electoral socialista.

Y mientras la campaña de Gabilondo va colapsando, Sánchez se ha ido alejando cada vez más de los focos, hasta desaparecer, claro. Han obligado al candidato a ser lo que no es y a decir lo contrario a lo que piensa. Él ha tragado. Y al final le han dejado solo.

Lo pensaba mientras veía el único debate electoral que se nos ha permitido a los madrileños. Era la viva imagen de un hombre solo y desubicado. No por el formato. No por la edad, porque esa diferencia bien empleada era una fortaleza en lugar de una debilidad. No por la grosería argumental que vertían los extremos. Gabilondo estaba y está desubicado porque no está haciendo ni diciendo lo que debe considerar correcto. Cuando eso pasa, perder la competición es la menos importante de las derrotas.

Foto: Imagen: Laura Martín.

¿Por qué? ¿Por qué el candidato socialista se ha comido todo esto? En el interior de cada alma humana aguarda un misterio insondable. Fue uno de los ministros mejor valorados del gobierno de Zapatero, estuvo cerca de alcanzar un pacto educativo sin precedentes en nuestro país, tiene miles y miles de horas de lectura acumuladas. Es un hombre sabio que no puede explicarse a sí mismo la razón que le llevó al suicidio político de quedarse sin autonomía política y sin libertad en la palabra.

Vamos alejándonos de ese final triste que Gabilondo ha querido escribirse por un motivo que a todos nos resulta desconocido. Esto se acaba. Poco queda de la campaña más divisiva y destructiva que hemos sufrido, si acaso algunas incógnitas. Veremos si la apelación a la unidad antifascista termina dejando una izquierda más quebrada y una extrema derecha más asentada. Veremos hasta dónde sube Más Madrid y hasta dónde cae el PSOE. Pequeños interrogantes al lado de los que pueden encenderse dentro de cualquier ser humano.

Ángel Gabilondo PSOE Campañas electorales