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La incómoda verdad sobre ómicron
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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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La incómoda verdad sobre ómicron

¿Quién demonios somos para sostener tan frívolamente que hay un volumen de fallecidos que nuestra sociedad puede tolerar? ¿Qué cifra exacta de ataúdes por día nos resulta digerible?

Foto: Tradicional mercadillo navideño de la Plaza Mayor de Madrid. (EFE)
Tradicional mercadillo navideño de la Plaza Mayor de Madrid. (EFE)

450 científicos de todo el mundo están trabajando contrarreloj para desvelar las consecuencias de las 50 mutaciones escritas en el código de la nueva variante. Tendremos el resultado dentro de unos días, en tiempo récord. Otro hito del que la humanidad tendría que sentirse orgullosa. Sin embargo, parece hasta insuficiente en esta sociedad de la inmediatez. La economía aprieta. La gente está harta. Y los gobiernos quieren evitar más desgastes.

La diferencia en esta nueva etapa del calvario no reside en que la ciencia esté siendo insuficientemente escuchada. Esa ha sido la constante ola tras ola, incluso desde que las vacunas estuvieron disponibles, cuando los expertos advirtieron que el virus podría buscar un salto evolutivo en África si la vacunación a gran escala se quedaba en el primer mundo.

Lo que es distinto ahora es que se están tomando decisiones antes incluso de que los científicos puedan aportar los datos que permitan tomas de decisiones racionales. A ese punto hemos llegado.

Foto: omicron-coronavirus-covid-mercados-bra

Cuesta comprender que esto ocurra en los mercados porque la irracionalidad suele andar cerca de los malos negocios. Esta semana las bolsas han vivido presas de un ataque de ansiedad. La falta de información sólida se ha traducido en una fuerte volatilidad. Los titulares esperanzadores han movido tanto dinero como los alarmantes. Subidas de vértigo y caídas a plomo porque faltó aplomo.

Sin embargo, resulta más difícil asimilar la reacción de los poderes públicos frente a una variante sobre la que hasta el momento tan solo tenemos una evidencia: es más transmisible.

¿Qué han hecho los distintos gobiernos durante la primera semana de ómicron? Afirmar que no habrá confinamientos, cerrar tarde y tímidamente las fronteras mientras los casos saltaban en el interior de decenas de países, y acelerar ligeramente lo que ya estaba en marcha. Más pasaporte covid. Más anuncios de test. Más vacunación: tercera dosis para adultos y primera para menores de once años. Cero llamadas a la prudencia, cero comunicación.

Llama la atención la falta de mensajes desde el poder político para sensibilizar a la población, la ausencia de sinceridad. Esta costumbre de tratarnos como si fuésemos imbéciles a los que conviene ocultar las cosas. ¿Tan costoso es pedirle a la población que se proteja más porque ha surgido una variante del covid de la que ahora mismo desconocemos casi todo? ¿Costoso para quién?

¿Quién demonios somos para sostener frívolamente que hay un volumen de fallecidos que nuestra sociedad puede tolerar?

En cualquier caso, más allá de la economía y de la política está el nosotros. Escucho con una frecuencia que me parece pasmosa que "no se debe sobrerreaccionar". Quizá no sea del todo imprudente cuestionarse si se puede infrarreaccionar. ¿Se debe?

Veo que se extiende con fuerza el mantra de que los "síntomas son más leves". Se emplea la palabra "son", no el término "parecen". ¿Por qué? ¿Por qué darle carta de verdad al pensamiento mágico antes que a la evidencia científica?

¿Acaso no ha advertido la OMS de que los primeros datos que provienen de Sudáfrica no son concluyentes porque se circunscriben a personas mayoritariamente jóvenes, que pueden haber sido contagiadas antes y que podrían estar en el primer tramo de la enfermedad?

¿Qué clase de resortes mentales nos llevan a darle más verosimilitud a las señales positivas que a las negativas?

Y, respecto a la letalidad, ¿quién demonios somos nosotros para sostener tan frívolamente que hay un volumen de fallecidos que nuestra sociedad puede tolerar? ¿Qué cifra exacta de ataúdes por día nos resulta digerible? ¿Dónde está el listón?

placeholder Mercadillo en el centro de Madrid durante este puente de la Constitución. (EFE)
Mercadillo en el centro de Madrid durante este puente de la Constitución. (EFE)

¿De verdad no vamos a reflexionar hondamente sobre esto? ¿Qué sociedad es esta en la que no se puede renunciar a la Navidad, pero sí se puede aceptar la enfermedad?

Claro que es posible que la virulencia de ómicron sea menor a la de delta. La historia de las pandemias apunta a esa trayectoria. JP Morgan y bastantes actores económicos están apostando a eso. Pero existe una diferencia entre lo que es posible, lo que es probable y lo que es seguro. Y en ese terreno es el que se desenvuelve el trabajo de los científicos. ¿Qué problema hay en esperarlos?

Sabemos que esta variante es más transmisible. Por eso ha saltado la alarma. Pero es pronto para descartar que los síntomas y la letalidad terminen siendo preocupantes porque ómicron parece llevar muy poco tiempo en Europa. Es verdad que hay algunos indicios para la esperanza, ojalá se concreten en evidencia. Pero hasta entonces lo sensato es algo más que esperar lo mejor, es también prepararse para lo peor. Prepararse sin pánico, con honestidad intelectual y con el mínimo de madurez personal y colectiva que hace falta para encarar la adversidad con un poco de entereza.

Foto: Vacuna de Moderna contra el coronavirus. (EFE/Paco Paredes)

Y luego queda la tercera gran incógnita: la eficacia de las vacunas. Parece probable —no ya posible— que resulte necesaria una nueva generación de vacunas. Puede que más tarde se requieran más. Más allá de lo que dictaminen los expertos porque ahora mismo la variante delta sigue siendo dominante, más allá de las cuestiones operativas, de los cien días aproximados que harán falta para que las nuevas estén disponibles… ¿Dónde está el problema?

¿Qué razonamiento puede llevar a una persona a pincharse dos veces y a rechazar otra? ¿Cuál es la diferencia de fondo entre el recelo a la primera, la segunda, la tercera o la décima jeringuilla y la estupidez del que no se tapa la nariz con la mascarilla en el autobús después de casi dos años de pandemia y una pila de cien mil españoles muertos?

Nos estamos contando antes de tiempo, antes de saber hasta qué punto exacto es peligrosa la variante ómicron, que no se puede parar la economía. Otra vez nos lo estamos diciendo los unos a otros, serios y convencidos, como si no estuviese ya suficientemente demostrado que la mejor política económica es la mejor política sanitaria.

No se nos pueden pedir más esfuerzos ni más renuncias. Por eso preferimos que se nos mienta

Nuestra economía destaca entre las que menos se están recuperando porque tenemos claras debilidades estructurales, pero también porque sufrimos una gestión sanitaria errática, descoordinada e irresponsable.

La verdad es esa. La incómoda verdad es que nos contamos que la economía no puede parar, pero en el fondo sentimos que los que no podemos parar somos nosotros. Sentimos que no aguantamos más, que estamos hartos de tanta mierda, que no se nos pueden pedir más esfuerzos, ni más renuncias, ni más sacrificios. Por eso preferimos que se nos mienta. Resulta que nuestro verdadero límite solo está aquí y es una pena.

España está dejando de ser lo que es. Hemos renegado de nuestra relación con la muerte que es un nervio central de nuestro espíritu nacional. Hemos perdido la consideración a nuestros mayores, les hemos fallado: han caído como chinches y preferimos olvidarlo. Ahora nos estamos comportando como niños mimados. La dificultad nos está tronchando la energía y la moral. Es increíble, nunca antes en la historia se nos había quebrado el carácter. Una pena porque la dignidad, en el fondo, está en eso.

OMS
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