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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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Elecciones USA: el peor de los escenarios posibles

El miedo es el último de los recursos en cualquier campaña. Pero, en ocasiones, funciona. Los demócratas​ ya han puesto toda la carne en el asador para ver si así hay movilización

Foto: La candidata demócrata a las elecciones de EEUU, Kamala Harris. (Reuters/Evelyn Hockstein)
La candidata demócrata a las elecciones de EEUU, Kamala Harris. (Reuters/Evelyn Hockstein)
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Por mucho que evolucionen las campañas electorales, al final, siempre puede acabar llegando un momento como el que están atravesando los demócratas ahora. La hora en la que dan igual el dinero y la tecnología, los expertos de todo tipo, incluso la sociología. El instante en que menos de diez personas entran en sala para afrontar un dilema sencillo y brutal.

“Esto no funciona. Si no actuamos ahora, mañana puede ser demasiado tarde. La elección es simple. Tenemos que decidir si aceleramos o si damos un volantazo”.

Son duras esas reuniones, de las que dejan cicatrices visibles muchos años después de la batalla. A la luz de los acontecimientos, tengo la sensación de que algo parecido tuvo que ocurrir en el equipo de Harris a mediados de la pasada semana. El rumbo no era bueno y se veía. Se veía desde finales de septiembre.

El lanzamiento de Kamala fue perfecto. Tuvo el efecto que tienen las cardioversiones. La operación fue de alto riesgo, pero devolvió a la vida el corazón del partido y del electorado. Como consecuencia, hubo un espasmo eufórico que la dirección supo aprovechar hasta la Convención de mediados de agosto.

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El mes siguiente, sin embargo, no trajo los resultados esperados. Los de Harris habían logrado la hazaña de darle la vuelta a las tornas. Se daban entonces las condiciones de abrir brecha, de ampliar una distancia demasiado estrecha. Lo intentaron recurriendo a productos publicitarios brillantemente acabados, aunque sin sustancia. Trataron de generar ruido demoscópico mediante la publicación de encuestas muy favorables, buscaron la profecía autocumplida. Pero las buenas noticias no llegaron.

A finales de septiembre, en algunos de los estados determinantes para el reparto del Colegio Electoral, comenzaron a verse las primeras décimas de mejora para Trump. Minúsculas en Nevada, Arizona, Georgia y Carolina del Norte. Simultáneamente, se secó la escasa crecida de Harris en Pensilvania y Wisconsin. Algo estaba pasando. Pasaba que la tendencia favorable a los demócratas se acababa la gasolina. El peor tramo para los intereses de Trump comenzaba a quedar atrás poco a poco.

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En realidad, a lo largo de toda esta campaña, todo viene sucediendo de esa forma. Eventos que en otros momentos habrían generado súbitas alteraciones en las encuestas apenas han dejado huella en los sismógrafos. Está todo tan disputado que los movimientos de voto en todos los territorios parecen venir dados por cuentagotas.

A pesar de ello, vista casi a través del microscopio, la tercera semana de octubre volvió a ser propicia para Trump. Con los números en la mano, nadie sensato puede atreverse a darle por claro favorito. Quizá sí pueda decirse que Harris ha dejado de estar en cabeza, aunque fuese por poco, que ha perdido aquella escueta ventaja.

Abstrayéndonos de las encuestas, en términos de análisis puro, tiene sentido afirmar que ya estamos en el peor de los escenarios posibles para la democracia americana.

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Si Harris gana, será por poco, en un escrutinio que puede ser largo y conflictivo, después de que Donald Trump haya arrojado dudas sobre la limpieza del proceso electoral durante meses y con el añadido de la experiencia de hace cuatro años fijado a fuego en la memoria de sus votantes.

Y si gana Trump, lo hará después de haber radicalizado su discurso en el tramo definitivo de la campaña. No hay zona de conflicto político, sociológico y cultural en esta América partida en dos sobre la que no haya arrojado el republicano más ruido y más furia durante los últimos días. La victoria del próximo 5 de noviembre, por lo tanto, legitimaría una lógica para la que el país y occidente entero podrían no estar preparados.

Ha doblado la apuesta con el acto del fin de semana en Nueva York. Es una propuesta todavía más antisistémica que merece más reflexión que distracción.

Foto: elecciones-eeuu-trump-encuestas-estados-clave Opinión

Si nos distraemos, nos quedaremos en el machismo, en el racismo y en todo lo confrontativo. Pero, si logramos poner un poco de distancia emocional con ese discurso, acabaremos concluyendo que está planteando algo más que un desahogo a la mitad reaccionaria del país. Guste o no, lo que está ofertando es una cosmovisión completa. Y eso es, precisamente, lo que los demócratas no han puesto sobre la mesa.

En un paisaje muy condicionado por la inflación y el malestar con la inmigración, Trump está proponiendo una (contra)revolución a la América que se sabe y se siente derrotada por la polarización, el cosmopolitismo y que, además, está harta del feminismo, la polarización y todo el petardeo elitista identitario. ¿Es un espanto? Puede serlo, pero para sus votantes sería al menos completo, una transformación radical de una realidad que con el paso de los años se ha vuelto hostil.

Harris no ofrece eso. Ofrece más política como la de Biden, con aroma Obama. Pero nada parecido a una cosmovisión. Es lógico que ella no pueda levantar un planteamiento ideológico en tan poco tiempo. Lo ilógico, lo difícil de comprender, es que los demócratas hayan tirado estos cuatro años y se encuentren ahora incapaces de abordar una lucha que también, sobre todo, es de raíz política y cultural.

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Quienes entraron en la reunión del equipo de estrategia electoral de los demócratas son perfectamente conscientes de todo esto. Si todo lo apostaron al marketing es porque llegaron al final de la partida sin muchas más cartas en la mano. Tras comprobar que no funciona, se vieron ante el dilema y eligieron volantazo.

Esto ya no va de que todo el mundo vote sonriendo y con esperanza como pasó en 2008 con Obama. Esto ya va de que vayan a votar como sea. Y ese “como sea” es con miedo.

El miedo es el último de los recursos en cualquier campaña. Pero, en ocasiones, funciona. Los demócratas ya han puesto toda la carne en el asador para ver si así hay movilización. Veremos si sirve, nadie lo sabe. Es un enigma que apunta a desvelarse en unos pocos condados dentro de un puñado de estados.

Por mucho que evolucionen las campañas electorales, al final, siempre puede acabar llegando un momento como el que están atravesando los demócratas ahora. La hora en la que dan igual el dinero y la tecnología, los expertos de todo tipo, incluso la sociología. El instante en que menos de diez personas entran en sala para afrontar un dilema sencillo y brutal.

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