La idea es buena porque en España hay pluralidad territorial, está claro que el encuentro contiene potencial para facilitar el diálogo y la colaboración institucional. Sin embargo, cuesta recordar algún avance muy decisivo desde que se creó la Conferencia de Presidentes hace ya más de veinte años.
A lo largo de todo este tiempo, podría haberse forjado algún consenso memorable, trabajando con algo de método y con mayor voluntad de negociar. Pero siempre primaron los intereses de los partidos y la comunicación pareció más importante que la redacción. Desgraciadamente, en las circunstancias actuales, las opciones de acuerdo respecto a cualquier cuestión importante son iguales a cero.
Esta Conferencia de Presidentes no nos aporta nada demasiado útil aunque sí que sirva para algo. Por un lado, vale como formato distinto al habitual mitin de fin de semana que cada líder encarga para su televisión pública. Y, por el otro, vale como fotografía en altísima definición de la triste realidad política que está sufriendo nuestro país.
Desde el PSOE, convertido en sucursal del PSC, se nos dice por ejemplo, que la situación está normalizada en Cataluña. Por eso los de protocolo, junto a los guionistas, cuidaron la secuencia del saludo para que quede milimetrada. Una pena que tanto afán simbólico haya terminado deslucido por el antes y por el mientras.
Una lástima que nadie pudiese evitar el escrache que sufrió el President Illa en el Palau de la Música, todos esos gritos de "Independencia" justo después del escándalo de la Amnistía. Menos mal que la situación está desinflamada.
Y una torpeza que no cayesen en la cuenta de algo perfectamente previsible y quizá, para ser justos, inevitable: Ayuso llegó a Barcelona dispuesta a plantar cara cultural. Como no es de las que desaprovecha ocasiones, se plantó delante de la Ministra de Sanidad exhortándola a que la llamase asesina a la cara como había hecho antes. Y luego, claro, los pinganillos. Así fue como lo ritual fue desbordado por lo viral.
Es curioso. Entre quienes presumen de poseer un fuerte sentido institucional se atusan la melena, no son pocos los que dejan la tacita de té en la mesa y se quejan por estos gestos y luego silban distraídamente, según remueven la cucharilla, ante la posibilidad de que se haya articulado una conspiración desde Moncloa contra la Presidenta de Madrid.
Yo, que creo en la riqueza de todas nuestras lenguas, tendría sumo interés en escuchar al Presidente del Gobierno explicando en vasco, catalán o gallego esa y otras cuestiones. Sucede, sin embargo, que los españoles estamos sin Presidente.
No va al Parlamento y no convoca rueda de prensas ni concede entrevistas. No aparece y no preside. Así que debe haber salido del subsuelo para improvisar un simulacro de normalidad constitucional que consiste, como es norma, en utilizar la institución para beneficio propio sin tener credibilidad.
No la tiene en lo sectorial, después de siete años gobernando, venir otra vez con el cuento de la vivienda, estando los precios como están, es pasar de castaño a oscuro, de broma mala a burla grosera.
La maniobra, chusca porque el sanchismo ya entró de la mano de Leire Díez en la fase en que las mentiras parecen mentiras, no sirve para ocultar que el modelo de financiación autonómica no puede debatirse porque el conjunto se arrendó a una parte a cambio de la investidura de Illa. Esa tendría que ser la cuestión a tratar, pero no se puede abordar porque es propiedad exclusiva del nacionalismo catalán.
Sánchez carece también de credibilidad en lo sustancial porque decidió libremente, tras la derrota electoral, en su propio discurso de investidura, no gobernar para todos los españoles sino como el dirigente de un bloque dispuesto a enfrentarse contra la otra mitad del país.
Quien tiene una concepción así de violenta de la política carece de autoridad moral no ya en una Conferencia de Presidentes, sino dentro de su propio partido. La vomitiva agresión a Edu Madina que Puente ha logrado balbucear tras haber recibido el dictado debería avergonzar a cualquier español que sepa escribir la palabra "socialista".
Así que en esas estamos. Sánchez tiene el poder y no puede gobernar ni a su Gobierno ni a su partido; por lo que se ve tampoco puede gobernarse a sí mismo. Eso se ve tanto que a veces, como me pasó ayer, no pude, sino pensar que todo el bótox del mundo no valdría para estirarle la imagen de desencajado. Ha perdido el control del tono y de su propia imagen. Todo le queda grande ya. Quizá conserve, eso es probable, un dominio de las cañerías que solo servirá para enmendar todavía más la situación.
Creo que a corto plazo ocurrirá, creo que desde Moncloa vendrá una inundación de aguas fecales. Y, por la misma razón, tengo la convicción de que España merece unas elecciones limpias. Este ciclo político está acabado. Su final terminará siendo muy desagradable porque emergerá a la superficie todo lo que estuvo en el inframundo desde el principio.
Lo principal no es el lugar histórico que le corresponderá a Sánchez, esa condena ya está escrita. Lo primordial es el evitarle al país la condena de una vida pública dañada con una democracia traumatizada.
Todo esto terminará algún día y la fecha cada vez está más cerca. La huella del populismo en su acepción más autoritaria va a dejarle una herida abierta a nuestra sociedad que habrá que coser con cuidado. Todo lo que el sanchismo le dejará a España será una cicatriz. Miraremos la marca durante años, décadas, y entonces su causante, por fin, nos servirá de algo útil para todos, socialistas incluidos. Nada de esto tendría que volver a pasarnos. Será lo que nos digamos mientras sigamos viviendo.
La idea es buena porque en España hay pluralidad territorial, está claro que el encuentro contiene potencial para facilitar el diálogo y la colaboración institucional. Sin embargo, cuesta recordar algún avance muy decisivo desde que se creó la Conferencia de Presidentes hace ya más de veinte años.