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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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Sánchez: enemigo público número 1

El presidente del Gobierno se considera más allá del principio de responsabilidad política que define a toda democracia

Foto: Pedro Sánchez en el acto del XL aniversario de la firma del Tratado de Adhesión de España a las Comunidades Europeas. (EP/Diego Radamés)
Pedro Sánchez en el acto del XL aniversario de la firma del Tratado de Adhesión de España a las Comunidades Europeas. (EP/Diego Radamés)
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No es el final, pero sí el comienzo del final. No hemos visto lo peor y no estamos fuera de la zona de riesgo, más bien lo contrario. Ahora es cuando entramos en el tramo más delicado. Se siente atrapado y es capaz de cualquier cosa. Toda su trayectoria lleva impresa la marca del peligro, desde su mismo origen hasta la comparecencia en Ferraz que, en mi opinión, fue inverosímil, inaceptable e insostenible.

Fue inverosímil porque cuesta creer que tres de los integrantes de la banda del Peugeot pudiesen haber operado, durante una década, como una banda criminal mientras el cuarto pasajero, siendo el jefe, miraba por la ventana y no detectaba nada.

Fue inaceptable porque desdeñó el presunto pucherazo en las primarias de 2014 que vierte sobre la génesis del sanchismo la sombra de la ilegitimidad, porque la broma de la auditoría parece una evidente maniobra preventiva para esquivar el posible delito de financiación ilegal y porque él mismo dejó probado el más grave de los hechos: el Presidente del Gobierno se considera más allá del principio de responsabilidad política que define a toda democracia.

Y fue insostenible porque este no es el único caso de presunta corrupción que tiene en su entorno y quizá no pueda decir lo mismo de quienes tiene todavía más cerca, porque incurrió en contradicciones tan escandalosas como la de dar por bueno el informe de la UCO sobre Cerdán mientras desdeña la imputación del Fiscal General del Estado que destruyó las pruebas y porque volvió a emplear el chantaje emocional para ocultar lo que a todas luces no tiene perdón posible.

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Todo narcisista se obstina en el juego infantil de hacer creer a todo el mundo que el centro del mundo empieza y termina en su persona. Por lo visto, su decepción maquillada hasta el espanto tiene que importar más que los sentimientos reales de los demás y, desde luego, debe bastar para olvidar la suciedad de unos hechos que jamás tendrían que haberse dado.

Quienes votamos en las primarias del PSOE de 2014 estamos más decepcionados que Sánchez, porque nuestro voto está manchado por su mano derecha. Yo mismo deposité mi voto para Edu Madina en una urna que pudo estar corrupta.

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Durante años, he tratado de no creer los rumores sobre el robo de aquel proceso. Hoy reconozco que no puedo confiar en la limpieza de lo que ocurrió.

Quienes eran militantes en el Comité Federal de 2016 están más decepcionados que Sánchez, porque el Partido Socialista sufrió entonces un intento de golpe de Estado mediante una urna de cartón impuesta por los sanchistas en un Comité Federal.

Durante años, he insistido en advertir que quien pudo hacer eso en el partido, puede hacer cualquier cosa en el país.

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Quienes eran socialistas en 2017 están más decepcionados que Sánchez porque aquellas fueron las primarias en las que el líder quiso enfrentar a unos compañeros con otros, mientras iba acompañado de unos tipos que, por lo que se ve en los indicios, ya andaban haciendo de las suyas.

Durante años, ha existido la sospecha en el Partido Socialista de que aquella campaña pudo financiarse de manera indebida. No me cuesta admitir que mi sospecha sólo puede crecer cada vez que oigo un audio nuevo del núcleo duro sanchista.

Quienes nos consideramos demócratas y escuchamos aquellos discursos del número dos y del número uno del PSOE durante la moción de censura sobre la imprescindible necesidad de la regeneración de España estamos más decepcionados que Sánchez. Lo estamos porque se presentó para enfrentarse a la corrupción teniendo a los presuntos corruptos al lado.

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Durante años he procurado señalar que el sanchismo era corrupción ideológica, incluso moral. A estas alturas, ya sólo puedo pensar que también es corrupción material, que en realidad ha sido así siempre y que seguirá siéndolo hasta el final.

Y quienes somos españoles y escuchamos al Presidente en 2023 prometer que jamás habría amnistía estamos más decepcionados que Sánchez porque ahora puede entenderse que el lavado de la hoja de delitos de los golpistas no respondía a la necesidad coyuntural sino a una concepción repugnante de la política.

Durante años he mostrado mi preocupación por la compra de la lógica política de los destituyentes, hoy sólo puedo escribir que me da asco la convivencia entre presuntos delincuentes. Y siento la necesidad de confesar a mis lectores el asco que me provoca que la Ley de amnistía negociada por Puigdemont y por Cerdán vaya a ser votada en el Constitucional mientras Ábalos, Koldo y el propio Cerdán declaran en el Tribunal Supremo.

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Desde mi punto de vista, a partir de este momento, el enemigo público número 1 del Partido Socialista se llama Pedro Sánchez. Está dispuesto a sacrificar a los compañeros y a los valores que todavía transmiten las siglas del PSOE a cambio de prolongar su presencia en el poder, no porque pueda hacer algo sino porque no quiere dejar de estar.

Considero que no dudará en poner su ego por delante de la supervivencia electoral de todos los demás. Y estoy firmemente convencido de que está dispuesto a llevarse a toda la organización por delante. Lo hará sin parpadear y quien todavía le aplauda lo lamentará. No hay perdón ni excusa posible que le permita ser candidato en las próximas elecciones ni seguir un día más en la Secretaría General.

Del mismo modo, interpelado por el sentido de la emergencia nacional, me veo en la obligación de subrayar que Pedro Sánchez ya es también el enemigo público número 1 de nuestra democracia. No puedo saber hasta dónde puede llegar porque no veo el límite que esté dispuesto a respetar. Pero sí tengo la intuición de que llegó a lomos del fraude, hizo del fraude su camino y está dispuesto a llevar el fraude hasta el final.

No es el final, pero sí el comienzo del final. No hemos visto lo peor y no estamos fuera de la zona de riesgo, más bien lo contrario. Ahora es cuando entramos en el tramo más delicado. Se siente atrapado y es capaz de cualquier cosa. Toda su trayectoria lleva impresa la marca del peligro, desde su mismo origen hasta la comparecencia en Ferraz que, en mi opinión, fue inverosímil, inaceptable e insostenible.

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