La suciedad siempre termina filtrándose, igual que la humedad. Como es fluida, igual que los relatos que nos contamos, la porquería suele encontrar una rendija insospechada, abrirse camino durante la noche y sorprendernos por la mañana en forma de mancha creciente. Para desesperación del Gobierno, algo así está ocurriendo con la turbia historia de Ábalos que todo lo está poniendo perdido, también, a través del televisor.
Menciono la desesperación porque frenar la investigación judicial de la corrupción es peligroso, pero más sencillo que detener un espectáculo. Para frenar a la Guardia Civil y a los jueces basta con carecer de escrúpulos, ir a por todas desde las cloacas y confiar en que los servidores públicos se troncharán. Sin embargo, es más difícil contener lo otro: la imposibilidad de parpadear que sienten los espectadores ante la exposición ordenada de lo sórdido en sus múltiples versiones.
Por mucho que se diga, la televisión sigue conservando ese don de concentrar la atención. Y lo mantiene porque es una industria que sostiene cada uno de sus programas sobre el trabajo de profesionales. En nada de lo que emiten los principales canales puede encontrarse la impresión de una chapuza, todo está bien trabajado. Y las dos producciones emitidas por Telecinco con Carolina Perles llevan ese sello.
En estos momentos, ella es la xx de España. Y Mediaset es la plataforma idónea para el desquite que puede haberse merecido después de tanto tiempo de sufrimiento. Ningún otro grupo de comunicación tiene una audiencia más dispuesta a escuchar lo que quiere contar y nadie tiene mejores códigos para darle potencia emocional a su historia.
No quiero imaginarme la presión que habrá llegado a sus despachos. Cuando el sanchismo llama para amedrentar y amenazar, no se anda con remilgos. Estamos frente a gente habituada a convertir a Luca Brasi en un niño cantor de Viena. Sin embargo, los de Telecinco han emitido los dos programas y la valentía ha tenido su premio. Por primera vez en mucho tiempo, ese grupo de comunicación ha sido capaz de marcar el debate público. No ya la actualidad política, sino la conversación nacional. Un éxito mayor.
El impacto generado resulta más difícil de medir que en otros casos. Primero, porque no se ha cerrado. Le quedan unos cuantos días a la mancha para alcanzar su perímetro definitivo. Y, segundo, porque nos encontramos ante un producto más ajeno de lo habitual a los canales digitales. El público al que se ha dirigido Carolina Perles está en el grueso de la opinión pública, aunque no la condiciona. En su conjunto, son ciudadanos menos informados y mucho menos politizados. Muchos de ellos, seguramente, tendrían hasta ahora una idea más bien difusa de la trama.
La cuestión radica en que esos espectadores han visto un producto confeccionado a su medida. El formato corresponde a un programa de entretenimiento no esencialmente distinto a lo que ha venido emitiendo Telecinco durante años. El guion está bien hilado porque la ordenación cronológica de los acontecimientos personales genera sentido político pero no se queda ahí. El acierto consiste en evitar la saturación durante las muchas horas que dura el contenido.
¿Cómo lo consiguen? Saliendo de lo político para volver a lo personal y luego volver a regresar. En ese juego del péndulo reside la capacidad de mantener la atención de un televidente que oscila entre el morbo, el interés y la demanda de las confirmaciones más escabrosas que nunca llegan a confirmarse del todo porque hay que darle hilo a la cometa del espectáculo. Al fin y al cabo, esto es un negocio que se sostiene por la publicidad. Ha de durar, ha de serializarse y de llenar el escaparte de la cadena durante la mayor cantidad posible de días. A poder ser, con respuestas del aludido el día siguiente.
Material hay de sobra, desde luego. Tanto que la trinchadora de embutido puede hartarse de sacar lonchas y lonchas para los distintos platos. Hay de todo. Para el cotilleo malsano, degustación de cuernos, hasta el empacho. Para picotear lo truculento, paladas de esquejes de Koldo. Para los sedientos de emociones duras, barra libre de malos tragos que van de la soledad al miedo de una mujer humillada. Todo con acompañado de sucesivos surtidos de corrupción, uno por cada trama. Si quisiesen rodar una serie, tendrían para irse a las ocho temporadas y más allá.
Sobre todo, porque aquí hay un personaje de primera. Las otras, las novias, las amigas y sobrinas de la antigua mano derecha de Sánchez valen como secundarias. De hecho, hasta son reemplazables las unas con las otras. Ella, sin embargo, es una protagonista de las de verdad. Es más interesante que su exmarido, por muchas dotes actorales que él contenga. Y lo es porque al final la verdad se impone sola: Ábalos no es un caballero pero Carolina Perles sí es una Señora.
Es una Señora con una historia que contar y se ha plantado al prime time con la determinación de ajustar cuentas. No todo el mundo puede alcanzar ese recorrido. Lo normal habría sido quebrarse antes sin poder erguirse de nuevo. Demasiado sufrimiento. Demasiado abandono y demasiada tristeza. Demasiada enfermedad y demasiado desamparo. Demasiados desprecios y demasiadas degradaciones. Quien logra ponerse en pie después de todo esto, camina hacia el desquite con la mirada de una loba.
Quienes desdeñan su aparición en la gran pantalla, desde una superioridad intelectual clasista y boba, no saben nada de literatura y, por consiguiente, tampoco de la vida. La traición y la venganza son dos constantes en las historias que los seres humanos nos contamos desde la noche de los tiempos.
Y quienes lamentan que lo público recabe más atención de la sociedad que el daño sobre lo público confunden su mundo con nuestro mundo y olvidan que el destino, tanto en la ficción como en la realidad, rara vez guarda una sola forma de castigo a los que se creyeron por encima de todo, empezando por los suyos.
La suciedad siempre termina filtrándose, igual que la humedad. Como es fluida, igual que los relatos que nos contamos, la porquería suele encontrar una rendija insospechada, abrirse camino durante la noche y sorprendernos por la mañana en forma de mancha creciente. Para desesperación del Gobierno, algo así está ocurriendo con la turbia historia de Ábalos que todo lo está poniendo perdido, también, a través del televisor.