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Las pulseras del Ministerio de Igualdad y la soberbia moral de la izquierda
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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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Las pulseras del Ministerio de Igualdad y la soberbia moral de la izquierda

Los progresistas españoles, por pereza y por miedo a perder el poder, aumentan la dosis de moralina según trituran su antigua superioridad moral con una gestión que daña y pone en peligro a quienes dicen defender

Foto: La ministra de Igualdad, Ana Redondo. (Europa Press/Jesús Hellín)
La ministra de Igualdad, Ana Redondo. (Europa Press/Jesús Hellín)
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Imaginemos por un momento lo que estaría diciendo la izquierda si un escándalo como el de las pulseras del Ministerio de Igualdad ocurriese bajo un Gobierno del Partido Popular.

Probablemente, no habría otro tema en la conversación nacional y todo estaría inundado de adjetivos mayúsculos. La presión política estaría en a tope, habría movilizaciones ya previstas en la calle y el presidente estaría en el disparadero. A mí todo eso me parecería bien.

Supongamos que, en ese mismo escenario, el PP hiciese lo que están haciendo los socialistas, que ese poder ejecutivo de derechas estuviese ahora minimizando la gravedad, impidiendo la transparencia y descartando cualquier posible dimisión. A mí todo eso me parecería mal.

Llevar a cabo un ejercicio así de sencillo debería bastar para preservar el pensamiento crítico y comprender que la gestión puede ser positiva o lesiva con independencia del color político del gobernante.

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Y lo mismo podría decirse, por cierto, respecto a la corrupción: el hecho de que el corrupto pueda parecernos más cercano ideológicamente no debería atenuar nuestra opinión. Nuestra simpatía política no hace a ningún representante más decente y tampoco más competente.

Desde hace mucho tiempo, la izquierda se siente investida de una superioridad moral que ya no se sostiene en el terreno de los hechos y que, sobre todo en nuestro país, ha derivado en una especie de religión de sustitución.

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Sin embargo, es ahora cuando la izquierda está perdiendo la hegemonía y ni siquiera parece darse cuenta. Hasta ese punto está intelectualmente acomodada.

El péndulo político que está viviendo ahora Occidente llegará aquí también y tiene factores de todo tipo. La cuestión material es clave porque el empobrecimiento de las clases medias genera malestar y promueve en el votante socialdemócrata de toda la vida la búsqueda de alternativas políticas radicales. Pero el factor cultural está siendo determinante.

En mi opinión, la hegemonía de los valores progresistas que ahora declina tiene su origen en 1968. Fue entonces cuando conectaron corrientes como el pacifismo, el ecologismo o el feminismo. Y también cuando la afirmación de pertenencias diferenciadas sembró el identitarismo. Surgieron nuevos símbolos y nuevos héroes. Y lo político se convirtió en un gesto moral permanente, de ahí la proyección de superioridad constante.

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Con el pasar de las décadas, "la cuestión de clase" se ha venido diluyendo al mismo tiempo en que los valores nacidos en el 68 se convertían en doctrina. La conformación de la ideología en catecismo izquierdista que dividió la sociedad entre creyentes y herejes.

Los dirigentes de los creyentes no contemplan la responsabilidad política porque la defensa del dogma les aleja de cualquier posibilidad de pecado. Hasta tal punto es así, que si uno delinque es porque no era creyente de verdad. Sin embargo, los herejes son culpables y por eso han de ser cancelados.

Los dogmas suelen tener una relación conflictiva con la realidad porque reducen la complejidad al rango de simpleza. Y los dogmáticos suelen ser gestores incompetentes, porque desprecian lo que no encaja con su catecismo y arrinconan a los expertos. Como creen que la razón les pertenece, como no dudan y no escuchan, no tienen interés ni capacidad en actuar racionalmente.

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Por ese camino, hemos llegado a donde estamos. Todos los campos en los que la izquierda española pudo enarbolar su superioridad moral han terminado convirtiéndose en la mayor prueba de su incapacidad.

El ecologismo comenzó en el 68 siendo una bandera progresista: hoy consiste en negar que se puedan limpiar los bosques y en no admitir que la transición energética requiere un tiempo. Fuego y apagón.

El pacifismo era patrimonio de los progresistas desde la guerra de Vietnam: hoy consiste en pedir diplomacia para Putin y en amparar las acciones violentas en nuestras calles para que Palestina se convierta en un país fundamentalista secuestrado por Hamás.

Foto: izquierda-cambios-palestina-gaza

El feminismo que durante décadas fue un monopolio para la izquierda ha terminado provocando retrocesos en igualdad después de siete años de Gobierno con nuevas celebraciones por cada ministra de Igualdad. Brindis de acosadores y puteros. Los primeros porque han sido liberados o mal controlados. Y los segundos porque han sido amparados bajo el manto del silencio de sus partidos y de la sociedad civil.

Podrían darse muchas más muestras de esta pérdida de hegemonía cultural (promoción de la democracia, derechos fundamentales, fracaso del multiculturalismo…), pero lo relevante de cara al futuro está en que los progresistas españoles, por pereza y por miedo a perder el poder, aumentan la dosis de moralina según trituran su antigua superioridad moral con una gestión que daña y pone en peligro a quienes dice defender.

Tan es así que ya se ha cristalizado en mantra la expresión sanchista "Este Gobierno está situando a España en el lado correcto de la historia". Tiene narices esto de ver a Óscar Puente tan campanudo como están sus compañeros...

Foto: carta-ideologica-confrontacion-politica-curso

No saben hacer la "O" con un canuto, no saben hacer que los trenes funcionen, no saben comprar pulseras que protejan en todo momento a las víctimas, no pueden garantizar que la luz funcione, pero sí pueden hacer lo que no hizo Bertrand Russell, sí pueden definir la historia de nuestra especie, en su momento de mayor complejidad, y arrogarse el papel de guía para la humanidad entera.

No por casualidad, la distancia entre la envergadura de esa frase y la estatura intelectual de los sanchistas es calcada a la distancia que existe entre la propaganda del sanchismo y los resultados concretos de su gestión política.

El feminismo no es el único ejemplo del destrozo que deja Sánchez a España y a la izquierda. Sólo es uno de los más dolorosos y, también, de los que más costará reparar.

Imaginemos por un momento lo que estaría diciendo la izquierda si un escándalo como el de las pulseras del Ministerio de Igualdad ocurriese bajo un Gobierno del Partido Popular.

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