Hace ya bastantes años, poco antes de una campaña electoral, escuché en la sede del PSOE un chiste que no ha perdido un gramo de utilidad…
Grita un capitán: "¡Soldados! ¡A cavar trincheras, que ataca el enemigo".
Responde un recluta: "Capitán… ¿Y si atacamos nosotros y son ellos los que cavan?".
De vez en cuando, vuelve ese giro a servirme para analizar la actualidad política. Por ejemplo, durante estos días. Cualquiera que mire el campo de la contienda partidaria verá que son los populares quienes cavan las trincheras, mientras tendrían que ser los socialistas quienes estuviesen asediados.
La debilidad parlamentaria no puede ser mayor y el aire de putrefacción que desprenden los presuntos casos de corrupción en el entorno inmediato de Sánchez no puede ser más apestoso. Sin embargo, los de Feijóo dedican el tiempo a correr de un lado para otro, a pedir perdón a todo el mundo por ser del PP, a caer en todas las trampas posibles y a no ser capaces de mantener la concentración fija durante más de un minuto.
Al mencionar la propensión a la distracción del primer partido de la oposición no señalo su falta de reflejos ante las cortinas de humo colgadas desde Moncloa. A veces, el rival obtiene un tanto que no se podía contrarrestar, como ocurrió con Palestina.
No pasa nada, es un partido a cinco sets y no se puede aspirar a terminar todos los juegos dejando al otro en el cero, simplemente, se sigue. En cualquier competición -y en la política de primer nivel rigen las mismas reglas psicológicas que en la alta competición-, cualquier jugador tiene que comenzar por hacerse cargo únicamente de lo que depende de uno mismo.
Es lógico que el Gobierno haga todo lo posible para tratar de despistar a los rivales y a la opinión pública. Y, como tiene mucho poder, es normal que lo consiga en más de una ocasión.
Lo extraño no es eso. Es ver al PP dejándose arrastrar por todas las provocaciones. No hay excepción y, desde luego, no siempre fue así. Cualquiera que recuerde la oposición en los tiempos de Aznar o de Rajoy recordará que aquella fuerza política no dejaba de martillear siempre en el mismo clavo hiciese frío o hiciese calor.
Limitarse a concluir que esto sucede, únicamente, porque Feijóo es menos competitivo que sus antecesores es un ejercicio como cualquier otro de pereza. Quizá merezca poner algo de foco en la fortaleza mental del conjunto de la organización. El ánimo. El cuajo. Ese es un factor que sí depende de ellos mismos.
No fue Génova quien reventó la campaña de las pasadas elecciones generales, fueron los barones -singularmente Mazón- quienes antepusieron su interés particular al del partido y abrieron en canal el debate de la relación con VOX. Como el resultado de aquellas urnas generó un sentimiento de frustración que todavía no se ha diluido y que recae únicamente sobre el líder nacional, puede no estar de más hacer memoria de lo que hicieron entonces los socialistas: todos se callaron y dejaron que Cerdán cocinase a fuego lento el pacto de Navarra con Bildu.
Cualquiera que tenga ojos podrá decir que Feijóo no es el candidato más chispeante en la historia de las democracias occidentales. Pero cualquiera que tenga dos dedos de frente podría además preguntarse cómo le irían las cosas al PP si los suyos respaldasen a su líder la mitad de la mitad de lo que respaldan los sanchistas al suyo en una situación ética, política y electoralmente insoportable.
No es necesario recurrir al cesarismo para competir mejor, de hecho, ni siquiera es deseable. Ahora bien, tampoco parece del todo imprescindible incurrir en errores no forzados como el del aborto y, encima, enredarse en ellos para tratar de rascar algo de protagonismo desde la segunda fila. La lealtad. Eso también está dentro del rango individual de actuación que tiene todo referente en todo partido.
Afortunadamente, nadie puede controlarlo todo durante todo el rato. Sin embargo, no puede ser tan difícil controlarse los ánimos un poquito. Si el gobierno recurre a una campaña redonda de intoxicación para darle vuelo a VOX y sembrar dudas en el PP, cabe alguna respuesta distinta al temblor de piernas del primer al último de los liberales y conservadores españoles. Me asombra la capacidad que tienen los populares de afligirse en unas circunstancias tan propicias como las actuales.
Si toda la estrategia del partido, como parece, en acompasarse la evolución de los distintos casos de presunta corrupción o si, como también podría ocurrir, no hay recursos para hacer otra cosa que percutir en ese punto único, todo lo que sea distraerse sólo podrá ser visto como hacerle un favor al rival. Me pasma tanto como su falta de ambición.
De todos es sabido que competir con Sánchez no es fácil ni agradable. Nunca lo ha sido. Nadie puede sorprenderse si le ve embarrando el campo, saltándose el reglamento o dando patadas, porque nadie le ha visto jugando limpio. Ahora bien, si ahora está siendo todavía más marrullero justo ahora, tendrá que haber un motivo. ¿Es porque se ve más fuerte? Llámenme loco, pero creo lo contrario.
Yo pienso que es agudamente consciente de su debilidad y que, precisamente por eso, trata de extremar la normalización de lo impúdico a ver si de esa forma obtiene una impunidad que de otro modo no podría lograr.
Sánchez está así de sobrado porque los sobres existen. Esa es la verdad. Y sólo el PP, en su conjunto, puede convertir esa risa en la última y vergonzosa trinchera del sanchismo. La otra opción es olvidarse de la seriedad del momento y dejarse amedrentar hasta transformarse en la víctima del chiste.