Como la jugada se ha repetido seis veces, puede calcularse que el PP detectará la repetición del juego y realice su ajuste. Al fin y al cabo, es un pequeño retoque de comunicación política y no de política de fondo.
En el PSOE tomaron de las dificultades sufridas en primavera para controlar la conversación política y llevaron a cabo una corrección que les está funcionando. Saben que, salvo acontecimientos extraordinarios, los ciclos informativos duran una semana y que, en muy buena medida, pueden condicionarse desde la primera mañana. Por este motivo, cada lunes a primera hora meten una bola nueva en el tapete de billar que reconfigura la partida temporalmente.
Ocurrió con las encuestas para inflar las expectativas de Vox y con la campaña para arrojar dudas en torno al liderazgo de Feijóo. Sucedió con elaborto. Y pasó en varias ocasiones con Palestina. No siempre son grandes cuestiones, también valen las pequeñas. Esta última vez optaron por el cambio horario. Saben moverse en la frontera que existe entre la actualidad política y la conversación social.
Por otro lado, también dentro del terreno estricto de la comunicación, han trabajado un poco más una maniobra de distracción que también les está resultando eficaz. Justo antes de cada avance en cualquiera de las múltiples causas de presunta corrupción que afectan al núcleo sanchista, lanzan una provocación que distrae a los rivales. No se trata de una bomba de humo, aunque el efecto sea parecido. Es una agresión tan grande que fuerza, como si fuese un instinto, la respuesta de la derecha.
Cabría apuntar que los populares siguen sin haber encontrado el método y el actor necesarios para desenvolverse en el ámbito de la confrontación más dura. Probablemente, dentro de esa competición, endurecer el tono general sea menos eficiente que proceder de manera quirúrgica. En cualquier caso, es un asunto menor.
Lo sustantivo está en la previsibilidad del sanchismo. Los socialistas no son capaces de remediarlo y los populares no parecen demasiado interesados en aprovecharlo. Por un lado, la comunicación desde el poder político puede anticiparse y, como consecuencia, remediarse. Por el otro, su acción está restringida por la pérdida de autonomía política.
Han logrado recuperar buena parte del control que ejercen en la conversación porque, tienen mucho poder y ningún escrúpulo para abusar de él, tal y como puede apreciarse con el aquelarre diario de TVE. Además, los ajustes anteriormente mencionados les han servido para retomar el principio de iniciativa. Pero, bajo la superficie, los contenidos reflejan una debilidad enorme al desproteger dos flancos esenciales en cualquier debate público.
Nada de lo que emiten está relacionado con el futuro del país y tiene cierta lógica que así sea. Cuando uno está metido en la constante huida hacia adelante. Cuando todo se explica desde la imperiosa necesidad de ganar un día o una semana más, tiene sentido que el día de mañana deje de existir.
A su vez, nada de lo que emiten está relacionado con el presente y no tienen manera de solucionarlo. No pueden afrontar las cosas del comer porque cada iniciativa parece previamente condenada a una derrota parlamentaria. Y no pueden encarar ninguna de las prioridades del país porque la configuración de la mayoría de investidura impide el consenso entre las fuerzas políticas centrales.
Por lo tanto, tanto los mensajes del día a día como el discurso general tienen un rango de acción muy restringido. En realidad, el único tiempo político en el que pueden desenvolverse para comunicar es el del pasado -el aborto, Franco, el miedo a la extrema derecha del siglo XX…-.
Al señalar ese límite en la conjugación temporal del discurso y de la acción política, ese encarcelamiento en el ayer, no pretendo infravalorar la potencia emocional y simbólica que ayuda en el ir tirando durante el día a día. Pero sí quiero apuntar una zona muy blanda que, por lo visto, parece inadvertida. El sanchismo sólo habla de sí mismo y del pasado. Llámenme loco, pero no se me ocurren señales mucho más rotundas de desconexión con la realidad.
Los conservadores españoles, tan acostumbrados al ánimo depresivo y a oscilar entre la euforia infantil y el abatimiento incomprensible, parecen más propensos a preocuparse de sí mismos que a ocuparse del adversario. Nadie está subrayando lo obvio: el Gobierno está en minoría parlamentaria. Si no hay vida para la acción legislativa, es evidente que la legislatura ha muerto.
A todos los efectos, salvo excepciones puntuales y de oportunidad, tanto Junts como Podemos se están comportando ya como partidos en la oposición. No sé si merece la pena darle vueltas a la posibilidad de una moción de censura, tiendo a pensar que no, aunque puede faltarme información. Pero, en lo que concierne al desempeño ordinario del Parlamento, la mayoría de investidura está hecha añicos.
Dentro del abatimiento, los lamentos y las dudas de la derecha de la M-30 se concentran casi exclusivamente en la comunicación política del PP. Es lo que más afligidos les tiene. No es mi intención tirar piedras contra mi oficio, claro que se puede mejorar en ese desempeño, que además hace falta y que encima no es demasiado complejo porque el adversario se ha vuelto previsible.
Ahora bien, una cosa es que los populares no le hayan cogido todavía la pedalada comunicativa a este curso y otra que no se hayan activado un par de mejoras de mayor calado.
Los de Feijóo parecen haber asumido que acompasar su acción al calendario de los tribunales no es disponer de una estrategia digna de tal nombre. Gustará más o gustará menos, pero están haciendo política. Desde el comienzo del curso, han presentado un modelo de gestión de la inmigración. No hay ningún otro sobre la mesa.
Adicionalmente, han adquirido nuevos reflejos. Los socialistas cometieron un error tremendo con los autónomos y los populares están siendo capaces de reaccionar en negativo y en positivo.
La comunicación política importa y mucho. Pero no más que la política. Estando como está España, forjar una alternativa de país no puede ser menos urgente que preguntarse por el próximo tweet.
Como la jugada se ha repetido seis veces, puede calcularse que el PP detectará la repetición del juego y realice su ajuste. Al fin y al cabo, es un pequeño retoque de comunicación política y no de política de fondo.