Los argentinos que llegan a España suelen decir que vienen del futuro. La expresión tiene un punto de verdad incómoda, por eso resulta divertida y terrible a la vez. Por eso conviene estar atento a lo ocurrido allí. Si algo han venido demostrando los últimos años, es que buena parte de aquella actualidad termina configurando la de aquí. Y creo que lo ocurrido en esas últimas elecciones no hará la excepción.
En la superficie, aquel país se ha convertido en una factoría de comunicación política confrontativa sin igual en Occidente. Tienen talento y son creativos, marcan la pauta. Todos los expertos en campañas nos estudiamos aquello, tomamos nota y sacamos nuestras conclusiones. Probablemente, las distintas carreras hacia las urnas argentinas sean, junto a las norteamericanas, las más influyentes y renovadoras de cuantas existen actualmente para los profesionales electorales.
En lo profundo, el laboratorio argentino no tiene rival en muchas de las cuestiones que parecen marcar nuestro tiempo. Para polarización, la de allí. Para impresión de crisis en las élites, la de allí. Para corrupción, la de allí. Todos los nervios que atraviesan el desencanto con la democracia laten con más fuerza en aquella sociedad que en cualquiera de las demás. Por lo tanto, no puede darse por seguro que todo lo ocurrido en "el lado de allá" vaya a pasar automáticamente en "el lado de acá", pero sí puede sostenerse que aquel conjunto alumbrará nuestro horizonte. Así que aparcaré los tecnicismos y me centraré únicamente en las pautas que pueden acabar replicándose en nuestra nación.
La oferta planteada por los candidatos ideológicamente ubicados en la ultraderecha sigue al alza. Argentina confirma lo sucedido en Estados Unidos, Francia y Alemania. Y ratifica lo apuntado en los distintos sondeos europeos y americanos. El recorrido del péndulo no ha llegado a su extremo y huele a segundo ciclo.
La extrema derecha sigue teniendo un desempeño electoral más eficaz y eficiente que sus adversarios. Esa ley funciona en todos sitios menos aquí, donde Vox siempre termina obteniendo menos votos que los augurados en los sondeos. Sólo en España vemos a las encuestas sobrestimando una vez tras otra a la sucursal del nacionalpopulismo, en el resto de sitios siempre les subestima.
El éxito que obtienen este tipo de formaciones está relacionado con la pulsión de impugnación. Terminar apoyando al "Loco Milei" sólo se explica teniendo en cuenta que todos los que parecían cuerdos decepcionaron, fracasaron y trituraron antes la confianza en las opciones sistémicas.
Milei gana las legislativas en Argentina y amplía su representación en ambas cámaras
La paradoja, bien explotada en la campaña argentina, se encuentra en el elemento racional que da recorrido a la impugnación una vez que ha llegado al poder: necesita más tiempo para hacer lo que prometió que haría. El hiperliderazgo de Milei no se está conjugando en términos revolucionarios sino mesiánicos, se acepta que pueda haber una travesía del desierto.
La corrupción pasa factura, mejor dicho, facturas. A Milei no le ha salido gratis. Las del peronismo siguen siendo abultadas. No descartemos que los socialistas necesiten más de una década para terminar pagando el coste de la presunta porquería sanchista. La salida del poder de un populismo de este tipo no es inocua: los muros que se levantaron ayer son tus techos de hoy.
Argentina vuelve a demostrar que los incentivos racionales están cada vez más fuera de las estrategias diseñadas por los partidos para encender la decisión de voto. No estamos bajo el reino de los sentimientos como podría parecer a simple vista, la política se desarrolla y vende ahora bajo el imperio de los instintos, siendo crucial el de supervivencia. El "ellos o nosotros" se vive en términos de amenaza existencial. La polarización exacerbada es esto y tampoco ha tocado el techo todavía.
No se aprecia la posibilidad de marcha atrás, los prescriptores nostálgicos, los defensores del viejo orden, de la vieja política que funcionaba alrededor de los proyectos de largo recorrido y la búsqueda de consensos, han fracasado estrepitosamente. En la política, y en el fondo en todas las actividades sociales, está en crisis el principio de intermediación. Los intermediarios clásicos que cumplían la función de interpretar la complejidad han dejado de ser tenidos en cuenta y su posición ha sido ocupada por los francotiradores de consignas en las redes sociales. Lo que empieza a ocurrir en nuestro país es norma en esa nación hermana.
Como aquí, pero de manera todavía más clara, las urnas han constatado una distancia insalvable que no se puede medir en kilómetros. El conflicto entre el centro y la periferia ha sido determinante de cara al recuento. En ese aspecto nuestras realidades también son tremendamente parecidas: Argentina no es Buenos Aires y España no es Madrid. El protagonismo demográfico, económico y cultural de las capitales no inunda las realidades de las sociedades; de hecho, hasta existe un movimiento de respuesta y de rechazo, de animadversión y rebelión.
La impresión de autoubicación en la periferia del sistema no es sólo geográfica. Afecta de manera muy específica a los hombres heterosexuales jóvenes que se sienten desatendidos materialmente y amenazados culturalmente. De nuevo, ese sector vuelve a nutrir las urnas de votos a la extrema derecha.
Por otro lado, fuera ya de las pautas que se confirman y que empiezan a tomar forma de tendencias, puede ser aconsejable señalar un par de novedades. La primera se encuentra en una normalización inadvertida. La campaña norteamericana de 2016 fue la primera en introducir el concepto de "injerencia" en el debate público. Ahora forman parte del debate público sin que nadie se llame a escándalo.
En estas elecciones argentinas se ha producido una evidente injerencia desde Washington. El movimiento económico de Trump redujo la incertidumbre respecto al futuro y protagonizó el desarrollo de toda la campaña. Ya no sólo puede acusarse a Rusia de este tipo de prácticas, Estados Unidos quiere jugar y España no parece ser una pieza menor a ojos de la Casa Blanca.
Finalmente, la novedad principal. El aspecto que más estudiaré. Votar es obligatorio en Argentina, pero la participación ha terminado siendo la más baja en la historia de la democracia. Habrá tiempo para mirar los datos. Pero, por el momento, puede abrirse un apunte de hipótesis…
¿Es posible que la polarización exacerbada esté empezando a dejar de funcionar como mecanismo de máxima movilización en el conjunto de la sociedad? El choque, tan verbalmente violento, entre dos creencias puede seguir tensando a los creyentes y también empezando a generar una legión de electores que comenzaron por sentirse huérfanos y han terminado por afirmarse agnósticos.
Los argentinos que llegan a España suelen decir que vienen del futuro. La expresión tiene un punto de verdad incómoda, por eso resulta divertida y terrible a la vez. Por eso conviene estar atento a lo ocurrido allí. Si algo han venido demostrando los últimos años, es que buena parte de aquella actualidad termina configurando la de aquí. Y creo que lo ocurrido en esas últimas elecciones no hará la excepción.