Sí, ya sé, bajo el sanchismo se ha convertido en norma la lógica de la inversión de la carga.
Ya sé que acabamos de ver, por primera vez, a un Presidente en ejercicio dentro de una comisión parlamentaria para declarar sobre asuntos feos que le afectan. Y que, al final, parte del debate público ha girado alrededor de los que formularon las preguntas y no en torno al escándalo de las respuestas. Vale.
Sí, ya sé que el nivel de nuestros representantes políticos está por los suelos y que en eso sí coinciden todas las fuerzas políticas.
Ya sé que los senadores populares tienen la altura política de los pigmeos y que, por lo tanto, resultaba absurdo esperar un desempeño comparable al de sus referentes históricos, semejante al visto en las naciones más versadas en la rendición de cuentas de los gobernantes o equivalente al de la época anterior a la polarización, cuando existía todavía un cierto sentido institucional. Vale.
Sí, ya sé que el populismo persiste en incrustarnos una unidad de medida cesarista para medir y para interpretar los acontecimientos que desatiende la higiene pública, normaliza la toxicidad y convierte la desvergüenza del líder en genialidad.
Ya sé que su descaro es tolerado, que su marrullería es aceptada porque resulta que "ya sabes cómo es" y que sus ataques al Parlamento no causan escándalo porque forman parte de su perfil psicológico, de su concepción cismática de la política y de su método brutal y por consiguiente incivilizado de ejercer el poder. Vale.
Sí, ya sé que bajo el sanchismo se han creado unas condiciones mediáticas que llevan a los medios voluntaria o involuntariamente a confundir la información con la propaganda.
Ya sé que la aparición de cualquier chorrada, unas gafas por ejemplo, pueden llevarse más minutos de televisión que 50 evasiones de la verdad, que los inaceptables insultos a los medios vertidos desde el poder político pueden distraer a los periodistas de su tarea y que los opinadores paniaguados justificarán cualquier barbaridad a cambio de poder cobrar una tertulia más. Vale. Todo eso vale.
Sin embargo, hay más. Sé también que ninguno de los senadores que le preguntó estuvo nunca en el Peugeot que puso en marcha, quizá desde las propias primarias, el motor de la presunta corrupción. Y sé que, aunque parezca despacio, la Justicia va detrás investigando todo el trayecto palmo a palmo.
Sé que todas las críticas que puedan hacerse a los populares pertenecen a la misma categoría. La selección del protagonista, el diseño del planteamiento, la elección del tono, la habilidad en la ejecución… Todo eso es técnico, incluso profesional, pero no moral. Y no se puede meter en el mismo saco a un mal profesional y a un amoral.
Sé que la operación para distraer a la opinión pública recorriendo al juego sucio con ataques a los senadores, los medios y las instituciones para camuflar la falta de explicaciones era una muestra de precaución.
Pero el miedo principal del Presidente no se ha desvanecido. Su comportamiento y sus respuestas serían inviables en un juzgado y para eso no tiene solución. Allí, al primer ataque a un servidor público sería frenado, al segundo "no me consta" sería advertido y a la tercera marrullería terminaría procesado por desacato.
Sé que la indignidad de muchos profesionales y muchos medios de información no ha tocado fondo y que quedan muchos más cánticos sobre su infalibilidad. Y sé que, en el fondo, ya da igual. Por mucha ayuda bien pagada que reciba, lo cierto es que nadie puede hacer más daño a un narcisista que ese mismo narcisista cuando está clínicamente descompensado. En mi opinión, ese es su perfil y ese es su estado.
Y como se le ve desbordado por su propia soberbia, derramando tics por todos sitios y saltándose las normas más básicas, como está cometiendo más y más errores de cálculo y como cada vez se mueve más descontrolado por el pánico al estallido de su autoimagen grandiosa, no hay mejor forma de probar su desprecio de los límites, de los demás y de las normas más básicas que dejarle en un primer plano televisivo durante horas. Se abrasa sólo, se ríe a lo bonzo.
Los narcisistas grandiosos demuestran que son peligrosos precisamente cuando se sienten en peligro. Es lo que hemos visto en el Senado. Estamos asistiendo a un lento episodio de autofagia frecuente entre quienes sufren ese tipo de trastorno: se está devorando a sí mismo.
Por lo tanto, pese a que mi análisis vaya en sentido contrario a la corriente dominante, he de decir que sí, que me consta que Sánchez llevaba tres cornadas abiertas en su salida de la cámara alta.
La primera se ubica en el órgano de la credibilidad, en la zona de la opinión pública, basal para cualquier político. Un Presidente que recurre a más de cincuenta maniobras para no decir la verdad es un Presidente en el que no se puede confiar. Cada "no me consta" amplió la sombra de las dudas razonables que acechan a su entorno. Y cada español que le vio decirlo sospechó que mintió.
La segunda se localiza en el órgano de la autoridad, en la zona de su propia validez como representante de los valores socialistas y de los principios y usos constitucionales. Un Presidente que atenta contra la lógica institucional de la democracia, que muestra su voluntad de impunidad y demuestra su repulsa de la ética pública más elemental es un Presidente sin autoridad moral.
Y la tercera, ay la tercera cornada, se localiza en el órgano de lo legal, en la zona de lo judicial. Por mucho que viva al día, el día de mañana existe en los tribunales y, tras su actuación en el Senado, el Presidente es más vulnerable. Se ha debilitado y debe saberlo. Es consciente de que han aumentado las probabilidades de terminar siendo interrogado por un juez. Su intento de protegerse en ese ámbito, el objetivo estratégico principal de su declaración del pasado jueves ha fracasado.
Sí, ya sé, bajo el sanchismo se ha convertido en norma la lógica de la inversión de la carga.