Pérez Llorca para el PP valenciano: una solución de emergencia
Su designación tiene el tipo de virtud perentoria en la planta de urgencias, cuando se tiene abierto en canal al partido y uno quiere limpiar y cerrar la herida sin que la crisis vaya a mayores
El portavoz del PP en las Cortes Valencianas, Juan Francisco Pérez Llorca. (EFE/Biel Aliño)
Nunca sabremos cómo terminó de precipitarse la caída de Mazón. Sólo tres o cuatro personas debieron vivir aquello y ninguna de ellas hablará. Guardarán un secreto que, probablemente, confirmaría la importancia del factor humano que no explica la ciencia política.
A veces, sobre todo después de haber acumulado mucha presión y más todavía si se arrastra el sentimiento de culpa, la mente revienta y el cuerpo quiere salir corriendo. Es humano. Pero después toca improvisar.
En general, estas súbitas crisis de sucesión política requieren un primer frenazo para no perder el control de la organización. Alguien tiene que hacerse con el volante y eso requiere parar. Quizá ocurriese entre el funeral y la comparecencia del líder valenciano, podría ser. Quizá él tomó la decisión y luego los demás tuvieron que afrontar la situación. Tampoco sabremos nunca quiénes se hicieron cargo de la sala de mandos.
Lo único claro es que la salida de Mazón no estaba planificada. El relevo ha sido improvisado cuando pudo haberse preparado. Las direcciones políticas del PP a escala regional y nacional se convencieron de que lo mejor era seguir como si no ocurriese nada y se equivocaron. La evidencia era obvia desde hace un año: cuanto más tiempo pasase, peor.
Desde fuera de los grandes partidos no se entiende la enorme dificultad de extraer a un líder territorial, mayor incluso si encima está gobernando. Sin embargo, el principio de responsabilidad política demandaba asumir las consecuencias de una gestión atroz. No podía mirarse hacia otro sitio. Tras lo ocurrido, resultaba imprescindible elaborar un plan para orientar la transición en el partido, como mínimo.
El veredicto social fue rotundo desde el principio. Y la magnitud del desastre hacía inútil esperar un perdón. Los números han sido claros hasta el final. Según los datos de Sigma2, sólo el 7% de los votantes de Mazón está en desacuerdo con su dimisión. El nivel de repudio, incluso en la propia base electoral, no admite discusión.
Además, pese a lo ocurrido y debido a la torpeza de la oposición, la posibilidad de revalidar en las urnas la mayoría que permitió a la derecha hacerse con ese Gobierno regional no ha corrido peligro en ningún momento. Si se hubiese llamado a urnas, habría cambiado el equilibrio entre PP y Vox, pero la suma de las dos fuerzas estaría en el mismo punto.
Por lo tanto, una transición interna bien medida y ejecutada podría haber abierto a las siglas azules la posibilidad de recuperar los 6 diputados perdidos desde la catástrofe y hasta aspirar a superarlos.
Para alcanzar ese objetivo, resultaba necesario acertar en la elección del liderazgo y en el diseño de la oferta política. Lo primero se ve claro según los distintos sondeos. Por ejemplo, el de Sigma2 publicado esta misma semana…
¿Quién debe sustituir a Mazón? Respuesta de los votantes del PP:
Respecto al diseño de la oferta política, un partido con verdadera ambición, que no se conforme con llegar al gobierno, sino que demuestre su vocación mayoritaria, se encontraría ante la responsabilidad de levantar un proyecto nuevo que ayude a superar el trauma colectivo.
Y para eso no encajan los referentes protagonistas del pasado. Según Gad3, el 43% de los votantes del PP considera que el tiempo de Camps quedó atrás, sólo el 9% creen que su candidatura tendría buen resultado.
La pregunta es si Pérez Llorca es o no es tan pasado como Mazón en las circunstancias que ahora vive la Comunidad Valenciana. ¿Por qué? Porque es un hombre suyo. Y, como consecuencia, tendrá que demostrar que no es un hombre de paja. En cualquier caso, representa una apuesta de continuidad y no la vía de la renovación, cuando más necesita esa región alumbrar su futuro.
La designación del nuevo líder del PP valenciano tiene ese defecto para el partido, esa renuncia a jugar en grande. Pero también tiene el tipo de virtud perentoria en la planta de urgencias, cuando se tiene abierto en canal a la organización y uno quiere limpiar y cerrar la herida sin que la crisis vaya a mayores.
Cuando se está en el quirófano, son esas las circunstancias y además aprietan las prisas, no hay margen para exquisiteces y prima lo práctico. Pérez Llorca es un hombre del aparato, conoce al Gobierno y conoce a los de Vox porque forjó con ellos el pacto anterior.
Probablemente, finalizará la legislatura. Ya veremos si su foto está en el próximo cartel electoral. Esa es una decisión que se tomará en otra planta. Por lo que parece, en la de emergencias, es el tipo de líder que emite luz negra. En cualquier caso, habrá que ver.
Lo que ya está demostrado es la habitual deslealtad de los de Abascal. En lugar de mantener discreta la negociación, presionaron públicamente para elegir al PP lo que ellos no tienen: un líder. ¿Quién es el líder valenciano deVox?
¿Cómo encararán el resto de la negociación? Lo seguro es que no quieren gobernar. Lo probable es que traten de lograr compromisos programáticos vinculados a su agenda. Y lo desconocido, también para ellos mismos, está en la medición de sus órdagosde aquí a la investidura. Los números podrían despejar ese enigma.
Tras la salida de Mazón, 6 de cada 10 electores valencianos quieren elecciones. No así la derecha, donde se pide la reedición de un acuerdo extendido hasta las urnas de 2027. Es curioso, la demanda de pacto es mayor entre los votantes del Vox (67%) que entre los del PP (58%).
No es un dato menor, Abascal debería saber que su base electoral no está dispuesta a aplaudir un adelanto electoral forzado por la intransigencia. Por lo tanto, lo previsible es que los suyos no vayan demasiado lejos. Al menos de momento, tiempo tendrán después para declarar guerras culturales.
Termino confesando a mis lectores que escribo este texto desde el asombro: la normalización de la extrema derecha está siguiendo la naturalización que vivió la extrema izquierda hace una década. Es lo mismo y a idéntica velocidad. A mí aquello me pareció mal y esto no me parece mejor.
Nunca sabremos cómo terminó de precipitarse la caída de Mazón. Sólo tres o cuatro personas debieron vivir aquello y ninguna de ellas hablará. Guardarán un secreto que, probablemente, confirmaría la importancia del factor humano que no explica la ciencia política.