El sanchismo ha entrado en una fase de agonía que ya no tiene vuelta atrás. Agonía porque la capacidad de reacción no existe, porque todos los frentes abiertos empeorarán y porque la opción de victoria es imposible.
Ahora, lo único que está por dirimirse es cuánto queda hasta un final y cuáles serán las consecuencias para nuestra sociedad. Los más pesimistas se agarran a la triste esperanza de agotar una legislatura sin producción política y sin más beneficio que alargar el disfrute de las prebendas del poder. Y los más optimistas andan poniendo una velita tras otra a la Virgen de las mociones de censura, a ver si evitan la aparición súbita.
En democracia, todo se acaba y está bien que esto termine. Una legislatura más de sanchismo es inviable y también indeseable para el interés del país. Los españoles llevamos a nuestras espaldas demasiados años de enfrentamiento, demasiada degradación de la vida pública y demasiado bloqueo.
La reelección de Sánchez agravaría todos los males nacionales, no despejaría la duda razonable respecto al entorno inmediato del Presidente y quebraría el límite de resistencia de las costuras constitucionales.
Además, provocaría un auge del extremismo parecido al de otras naciones, aunque todavía más peligroso en nuestro caso. El declive del peronismo trajo un Milei, el de los demócratas un Trump y el del macronismo un Bardella. En nuestro territorio, muy probablemente, tal y como demuestra nuestra historia, la alternativa sería más peligrosa.
En las circunstancias actuales, lo mejor para España y para el Partido Socialista es convocar unas elecciones inmediatas que preserven la democracia y permitan al PSOE llevar a cabo una oposición racional previo cambio del líder. Todo lo demás implica atar el bien común a un ego de plomo y tirarse por el precipicio.
El día de convocatoria electoral más favorable para el PSOE no está por llegar. No es mañana, fue ayer. Y cuanto más tarde el Presidente en llamar a urnas, peor será para la organización. Por consiguiente, se da una circunstancia inédita desde que comenzó el sanchismo: por primera vez, el interés de España y el interés del Partido Socialista convergen en la actualidad.
Es evidente que Sánchez no tiene contestación dentro del Gobierno. Desde mi punto de vista, su patrón en la selección de personal es constante. Salvo los puestos accesorios, instrumentales y provisionales, opta por perfiles de incapaces que son capaces de cualquier cosa menos de contradecirle.
Está también claro que tampoco tiene contestación dentro de la clase dirigente de la formación. Su década como Secretario General le ha permitido construir un partido a la medida de su vanidad.
En realidad, en ese ámbito, todo lo que puede hacerse es preguntar a los referentes si las cuentas justifican el cuento de terror. O, dicho de otra manera, si les queda algún resquicio de amor a las siglas y, por lo tanto, son capaces de decir en público la mitad de lo que susurran en privado. ¿Cuándo la sinceridad abierta, si no es ahora? ¿Cuándo?
Ahora bien, el hecho de que haya contestación ni en el Gobierno ni en las élites del partido no oculta la fuerte contestación que sí se está dando dentro del electorado socialista. Creo que ningún Secretario General del PSOE ha terminado su tiempo recibiendo tan poco respaldo y tan baja valoración.
Cualquiera que le preste algo de atención a las encuestas respetables acabará viendo que en todas ellas no hay ningún líder menos valorado por sus propios votantes. El último sondeo publicado, elaborado por DYM para 20 Minutos, ratifica también el dato.
Nota de los electores del PSOE en 2023 a Pedro Sánchez: 5,9.
De los del PP a Feijóo: 6,4.
De los de Sumar a Yolanda Díaz: 7,1.
De los de Vox a Abascal: 7,9.
Esas cifras y las que veremos a continuación explican por qué el PSOE está en estos momentos teniendo más problemas de lealtad electoral que sus competidores. Algunos se pasan a la derecha, otros se marchan hacia la abstención y otros hacia la indecisión. Y todos ellos comparten un desapego hacia el líder socialista históricamente rotundo.
El Presidente insiste e insiste en que agotará la legislatura, pero ese horizonte está lejos de ser ilusionante para quienes le votaron. El mismo sondeo señalaba, antes de la entrada de Ábalos y Koldo en la cárcel, que el 42,5% de los electores socialistas quieren elecciones generales ya. Hoy, en España, la demanda de elecciones no es mayoritaria, es una exigencia masiva.
El Presidente insiste e insiste en que seguirá en Moncloa hasta 2031. Más allá de la fantasmada de darse por seguro ganador siendo el campeón de los peores resultados en la historia del partido, quizá convenga preguntar si quienes eligieron en 2023 la papeleta electoral del puño y la rosa tienen o no tienen muchas ganas de elegirle a él. El 40,1% de los votantes socialistas quieren que el PSOE cambie de candidato.
Ni siquiera los alaridos de TVE pueden ocultar el ruido en las capas electorales socialistas. La cosa está que cruje. Y los movimientos en esas placas anticipan un riesgo existencial para el partido. Cuidado. Cuidado porque puede terminar pasando en la noche del recuento de las generales algo que solo ha ocurrido dos veces en la historia de nuestra democracia.
Es probable que, durante la campaña electoral, las estimaciones de las encuestas muestren estimaciones para los socialistas muy superiores a los votos que acaben contándose en las urnas. ¿Por qué? Porque aquí se está incubando demasiado hartazgo y muchos electores socialistas pueden terminar quedándose en casa.
El PSOE ha sufrido esa «abstención de castigo» en dos procesos electorales: las generales de 2000 que dieron la absoluta a Aznar y las andaluzas del 2018 que sacaron a los socialistas de San Telmo después de 40 años en el poder. Nadie lo vio venir y es lógico.
En sociología electoral no hay nada más difícil de medir que la participación, todavía más cuando puede localizarse en torno a un partido concreto. Sin embargo, los indicios ahí están. Por el camino en que van las cosas, si no hay cambios, el Partido Socialista va directo al matadero.
El sanchismo ha entrado en una fase de agonía que ya no tiene vuelta atrás. Agonía porque la capacidad de reacción no existe, porque todos los frentes abiertos empeorarán y porque la opción de victoria es imposible.