Querido lector, no hay nada más serio que empezar a reírse ahora mismo. Hay que cachondearse de Sánchez: mucho, fuerte, en todos sitios y todo el rato. Hay que reírse por patriotismo. Primero, porque nos ha robado hasta el humor. Y segundo, porque recuperar la burla y la alegría es vital para la regeneración.
Afortunadamente, estamos estrenando el año de la risa que nos liberará de la solemnidad y de la toxicidad, de la colisión entre la vanidad y la realidad. Tiempo es de celebrarlo por todo lo alto.
A mí me parece cómico que un narcisista grandioso acabe convertido en el Presidente más risible de todos los tiempos. Es el cierre perfecto de la farsa, aunque tiene todavía algo de margen para superarse. A ningún bufón podría habérsele ocurrido el disparate de emitir en redes sociales tomas falsas que no sean reales. Puro Sánchez. Nadie, por mucho que se esfuerce, podrá faltarle el respeto mejor.
Es el delirio lo que hace divertida esta fuga suya hacia adelante. La burla del destino consiste en que el actor no pueda ya dejar de parodiarse a sí mismo. Después de tanto tiempo tratando de confundir la ética con la estética, ha llegado el momento en que su propia imagen es lo primero que invita a la mofa general.
Tiene sentido (del humor) que el inventor del Gobierno Frankenstein parezca haberse convertido en el presidente de los cirujanos plásticos. Juraría que he visto a folclóricas llevar mejor el paso de los años.
Le observo colegueando en Tik-tok, como cincuentón recién divorciado en bar de universitarios, y no puedo evitarme la sonrisa que provocan los vodeviles cada vez que un tipo traspasa la frontera del ridículo.
Le veo nervioso en las comparecencias públicas, como carterista en rueda de conocimiento, y no puedo sino reírme como en las comedias de enredo y figurón. Llegó con andares de culebrón y, en lugar de telenovela con entorno perfecto, ha terminado interpretando al protagonista de una trama en la que tiene líos hasta la apuntadora, aquí nadie se fía de nadie y todos conjuran para suceder al galán obrero de "son las cinco y no he comido".
Le miro a los ojos, a esos ojos que según TVE alumbran el faro de la socialdemocracia global, y me encuentro con pupilas de ciervo ante faros de coche benemérito. La luz invita a la comedia absurda. Imagino en el búnker al líder que nunca opina dos veces lo mismo, ensayando y ensayando ante el teleprompter desenchufado un monólogo absurdamente catártico y bipolar: soy la omnipotencia hecha carne en el barrio de Tetuán y la intermitencia mental para lo judicial… soy el quinto jinete del apocalipsis cabalgando a lomos del Peugeot con episodios de amnesia selectiva … soy el lobo feroz de la ultraderecha universal y, al mismo tiempo, como podría decir el bueno de Salazar, estoy más limpio que Carlota "la que se enrolla que te cagas" puesta en un Parador con el disfraz de Caperucita Roja.
Hay que cachondearse de Sánchez por el propio bien de Sánchez, no para deshumanizarle, sino, precisamente para humanizarle que buena falta le hace. En el fondo, nuestra risa le vendrá bien, viniendo lo que le viene. Le será terapéutica, es la medicina que la situación requiere. Al final, va a resultar que el jarabe democrático no era el escrache y acabará siendo el descojone.
El espejo de la risa ciudadana enmarca el carácter perecedero que ha de tener todo liderazgo y anuncia la bajada del pedestal, no de un héroe porque en democracia no existen, pero sí de alguien con menos empatía que un maniquí de Galerías Preciados. Y eso es lo que va a ocurrir este año.
Mi propósito de 2026 consiste en reírme de la ficción que emite el poder político, entre otras cosas, porque la decadencia del sanchismo está siendo ya su tiempo de desfase. Y todo desfase entre la representación y la realidad tiene, inevitablemente, algo de divertido.
El líder se está consumiendo a ojos vista, pero el traje discursivo aparece más grandilocuente cada mañana. El contraste entre el relato épico, la imagen de presidente menguante y la forma en que se le está aflautando la voz, son una invitación al sarcasmo cívico que no se puede desaprovechar. Después de tanto contarnos que el Mesías resucita una vez tras otra, va a costar mantener la carcajada si la regresión a la infancia continúa y aparece en una cumbre internacional arrastrando la corbata y comportándose como un bebé jibarizado.
La constante obsesión por decirnos que "está bien", que "está con fuerzas", que "tiene muchas ganas", podría llevarle en cualquier momento a ir a por todas, pero de verdad. Olvídense de las grandes conspiraciones y de los golpes de efecto. Lo auténticamente terrible, ahora que se está volviendo del todo autorreferencial, es la posibilidad abierta de verle tendido sobre un diván durante la próxima campaña electoral para contarnos lo que más le gusta contar: el cómo está. A ver quién sale vivo de ese mitin.
Ha llegado el momento en el que esa voluntad de enfrentarnos y dividirnos reciba la respuesta de una burla compartida. No somos tan distintos: yo no me diferencio tanto de mi vecina socialista, ni de mi vecino del PP. Y, probablemente, Sánchez no debe ser tampoco muy distinto de sus compañías. Quizá me equivoque, pero yo le veo ciertos parecidos con Ábalos y con su hermano, con Koldo y con Cerdán, también con Leire y con Begoña, desde luego, con Salazar aunque, por elegancia y delicadeza, este pueda superarle.
No es necesario separar a los semejantes. Y no es útil enfadarse. Reírse es más provechoso y satisfactorio. Además de divertido, cachondearse de Sánchez y vacilar a los sanchistas sirve para iluminar lo grotesco de esta época y para demostrar la fragilidad política y emocional de un líder que, en mi opinión, no puede ser tomado en serio. Estoy convencido de que la historia no lo hará y no quiero perderme ese tren que pronto llegará. Lo hará, a pesar del bueno de Óscar Puente.
Querido lector, no hay nada más serio que empezar a reírse ahora mismo. Hay que cachondearse de Sánchez: mucho, fuerte, en todos sitios y todo el rato. Hay que reírse por patriotismo. Primero, porque nos ha robado hasta el humor. Y segundo, porque recuperar la burla y la alegría es vital para la regeneración.