Crónicas desde el frente viral
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Venezuela: la distancia entre el deseo y el principio de realidad
En Venezuela no existe hoy la opción de celebrar unas elecciones inmediatas como tampoco existió en España hace cincuenta años
Para los demócratas, el deseo sólo puede ser doble: la llegada de la democracia y la garantía de la soberanía nacional. Lo primero no ha dejado de ser imposible. Lo segundo parece más que difícil.
La extracción de Maduro responde al mismo objetivo que la de Noriega, Venezuela está cerca de perder la propiedad de sus recursos naturales del mismo modo en que Panamá perdió el control de su canal.
Ante ese hecho que previsiblemente se consumará, no es estéril reivindicar la necesidad de respetar el derecho internacional porque es un principio fundacional de nuestra civilización que ahora está seriamente amenazado.
Y cabe también reflexionar sobre la entrada global en un nuevo imperialismo donde los hombres fuertes, enemigos de la democracia, se reparten el mundo en áreas de influencia con oligarquías multimillonarias haciéndose a su alrededor.
Ahora bien, quizá no esté de más plantearse si la consecución de la democracia que merecen los venezolanos podría ser un poco menos simple que el guion de un videojuego. Pensar que el final del malvado implica el comienzo rápido y automático de todo lo bueno es, desde mi punto de vista, un ejercicio de ingenuidad, especialmente desde un país que supo desembocar en la democracia tras un largo proceso de compleja y exitosa transición.
Desmontar el aparataje del franquismo llevó su tiempo y el andamiaje del madurismo no es menor al que sufrimos los españoles. En Venezuela no existe hoy la opción de celebrar unas elecciones inmediatas, como tampoco existió en España hace cincuenta años. Esa es la realidad.
La realidad de nuestro país hermano está inevitablemente condicionada por el largo desempeño de un régimen diseñado para perpetuarse mediante la sumisión institucional, el control social y la imposibilidad material de que una alternativa política pudiese echar raíces dentro del territorio nacional.
No estamos, por lo tanto, ante una arquitectura que pueda desmoronarse quitando la pieza de la cúspide, sino ante un sistema de poder que, en caso de demolición, sólo puede desencadenar un prolongado y brutal baño de sangre.
En mi opinión, el madurismo ha de verse como un sistema complejo y no homogéneo que, básicamente, responde ahora al dibujo de un triángulo con tres vértices de igual importancia que trataré de definir a continuación.
Opinión Primero, Vladimir Padrino como vértice militar. Es la figura que más podría asegurar la obediencia de un ejército cuajado de cargos que se han beneficiado de la corrupción. A modo de comparación, podríamos aventurarnos a decir que la Casa Blanca hubiese apostado por él en el caso de querer una especie de Pinochet en Venezuela.
Segundo, Diosdado Cabello como vértice partidario. Es el músculo popular, la referencia de la pureza ideológica del chavismo primigenio y de velar por la disciplina interna. Su poder se sostiene sobre el control de los cargos políticos en todos los niveles y territorios, el dominio de la tupida red paramilitar y la influencia en algunos sectores del ejército. Probablemente, en estos momentos, sería el encargado de pilotar un proceso electoral. Las opciones de entendimiento entre Washington y él equivalen a cero.
Tercero, los hermanos Rodríguez como vértice civil: Jorge en la vertiente política, Delcy en la económica e internacional. Como este texto no pretende entrar en consideraciones de índole moral, me quedaré en señalar que son dos personas igual de pragmáticas y del todo acompasadas. Ella es más conocida: se desenvuelve entre lo económico y lo diplomático, sin remilgos para aplicar un discurso tecnocrático. Él es más enigmático, seguramente, el más sofisticado intelectualmente de todos. Es el estratega y el operador político en la sombra que gestiona la crisis, elabora el relato y trata de revestir la situación de un manto de institucionalidad.
Opinión Estos son los mimbres. No hay mucho más. Y con esos materiales se encuentra un país al que la primera potencia mundial le ha quitado su presidente, es alto el riesgo de guerra civil y son fuertes las resistencias del poder político para abrir un tiempo de transición hacia la democracia. Acabar con el madurismo de un día para otro sólo puede provocar un desastre y ahondar lo que tantas veces ha ocurrido en la historia: la torpeza de Estados Unidos para gestionar un éxito militar, un trágico caos durante años, quizá décadas.
No hay ninguna posibilidad de que pueda darse una transición rápida en un Estado que está tomado de arriba a abajo. No se dan las condiciones de necesidad para celebrar unas elecciones libres y limpias. Lo único que existe es un estrechísimo desfiladero lleno de obstáculos en el que la democratización del país parece menos prioritaria para Trump que la apropiación de los recursos minerales.
Desde el principio de realidad, guste o no, todo lo que puede decirse es que el final de la dificilísima transición venezolana, que ni siquiera sabemos si podrá o no podrá llegar a comenzar, no consiste en poner a quien ganó legítimamente el último proceso electoral, sino en la futura celebración de unas elecciones con todas las garantías. Y la verdad es que falta mucho para que podamos verlo.
Opinión Edmundo González, en nombre de María Corina Machado, obtuvo una victoria histórica en las urnas. Ese triunfo conlleva la derrota de Maduro. Pero la historia continúa y la labor de desmontar el sistema solo puede emprenderse con el concurso de los miembros del régimen menos insensatos que, evidentemente, habrán de ser presionados porque las democracias manejan unos tiempos y los autoritarismos otros.
A ningún demócrata puede resultarle agradable el ver a los hermanos Rodríguez al mando de Venezuela. Sin embargo, es la decisión más racional. El problema radica en que también es una decisión ambivalente: puede servir para abrirle a todos los venezolanos la democracia que merecen, pero también puede valer para encerrar a Venezuela en el madurismo sin Maduro.
Para los demócratas, el deseo sólo puede ser doble: la llegada de la democracia y la garantía de la soberanía nacional. Lo primero no ha dejado de ser imposible. Lo segundo parece más que difícil.