A veces tengo la impresión de que el deseo de inmediatez ha logrado penetrarnos hasta en el pensamiento, sobre todo cuando sucede lo imprevisto. Reducimos las complejidades a causas singulares. Adoptamos atajos mentales a partir de nuestros prejuicios y de las conspiraciones que compramos. Y pretendemos anticipar lo que ocurrirá sin molestarnos en mirar, despacio, lo que está pasando.
En lugar de tanto dar todas las cosas por hechas, echo en falta una pizca de humildad intelectual. Reconocer que desconocemos el destino de Venezuela. Es más, que ni siquiera sabemos el lugar del mundo que podría ponerse patas arriba de un día para otro y ocupará nuestra breve atención sin pensamiento. Ucrania o Irán. Iberoamérica o Groenlandia. Todo está abierto.
Sin embargo, la imposibilidad de adivinar el próximo sobresalto no debería habilitar nuestra confusión entre la sorpresa y la ingenuidad. Me molesta, casi me hiere la sensibilidad, el adanismo mental.
Durante estos días, he visto que se ha redescubierto el concepto de imperialismo como si fuese una novedad nunca antes vista. Esto es, si un solo Presidente en toda la historia de los Estados Unidos hubiese respetado el derecho internacional, como si el resto de actores se comportasen como pacíficos estabilizadores del orden mundial o como si los europeos pudiésemos ir dando lecciones a los demás.
Nada de eso es nuevo. Sí lo es, al menos en términos históricos, el reparto. Crecimos en un mundo sin declive de la hegemonía norteamericana, sin pérdida de peso del viejo continente, sin la entrada de China en el tablero global y sin la configuración de un nuevo imperialismo en el que los distintos "hombres fuertes" desalojasen a las élites tradicionales e instalasen una corte de cleptócratas a su alrededor.
No hay novedad en la voluntad de conquista de los territorios donde hay materias primas, tampoco en el uso de la guerra para lograr el control de las rutas comerciales. Todo eso es del antiguo testamento. Sí es nuevo este auge de la brutalidad formal, terriblemente contemporáneo, además.
Por primera vez, los "hombres fuertes" no tienen interés en mostrarse ni como dioses ni como héroes, no consideran necesario pintar su discurso con ideales, emplean el lenguaje como un recurso más del arsenal.
No hay novedad en las guerras arancelarias, en la colocación de gobiernos títeres, en el empleo de traidores y agentes dobles, en la carrera tecnológica militar, en el objetivo de desestabilizar al adversario sin llegar a desenvainar. Pero sí es nuevo, porque así lo permiten los avances, este combo de aceleración, simultaneidad y distanciamiento.
Fijémonos, por ejemplo, en Iberoamérica. Antes, para aplicar la "Doctrina Monroe" y mantener bajo control al continente, bastaba básicamente con un Kissinger. Ahora es mayor el rango de posibles decisiones.
El ejército sigue siendo válido para derrocar a un tirano o para disuadir a los gobiernos más hostiles, pero ya con pocas botas en el suelo y muchos drones en el cielo. Por eso hay una serie de naciones que pueden ir detrás de Venezuela: Cuba, Nicaragua, Colombia y México.
La guerra arancelaria funciona con más eficacia que nunca para presionar al poder político mediante el empeoramiento automático de las condiciones de vida ciudadanas. Se da la paradoja de que los presuntos aislacionistas norteamericanos recurren al comercio para someter la soberanía nacional de los vecinos: Brasil, México, Colombia y Canadá.
Y la injerencia en los procesos democráticos de las demás naciones parece colocada en el calendario de la Casa Blanca con tanta claridad como lo está también en Moscú. Argentina, Perú, Bolivia y Honduras. Próxima estación: Colombia. Ejército, aranceles y disrupción electoral. Colombia es el ejemplo de cómo todo puede ocurrir, pronto, en todo el país y al mismo tiempo.
Cambiemos de continente para trasladar el combo de aceleración, simultaneidad y distanciamiento. Centrémonos en Irán, apartando la simpleza de pensar que las revueltas actuales son el resultado directo de la protesta de los tenderos porque la sequía ha subido los precios.
Irán lleva años aplicando una crisis tras otra. Tuvieron crisis simbólica en 2022 con la revuelta de las mujeres frente al símbolo religioso del velo, otra internacional tras la desactivación de sus proxis en oriente próximo, otra política porque la participación en las últimas elecciones deslegitimó al régimen, otra militar con el choque directo con Israel, otra económica por la devaluación de la moneda y la inflación y, además de la climática, otra generacional porque la juventud está en primera línea de la puesta en cuestión del régimen.
Resulta, este es un aspecto inadvertido, que no solo las democracias están viviendo un periodo de fragilidad. Los países autoritarios se encuentran en la misma situación. ¿Qué está haciendo Estados Unidos? Advertir al Gobierno de intervención en caso de masacre, intervención militar quirúrgica, reforzamiento de las sanciones económicas, presión para reducir su comercio de petróleo, apoyo tecnológico a la sociedad civil que se enfrenta al poder político... Todo, en todo el país y al mismo tiempo. Aceleración, simultaneidad y distanciamiento para extremar la fragilidad.
Y ahora, Europa. No faltan precisamente indicios para sostener que Donald Trump busca sustituir la relación forjada tras la Segunda Guerra Mundial por una versión actualizada y a medida de la "Doctrina Monroe", de manera que pasemos a ser el otro patio estadounidense. Se nos está aplicando una plantilla parecida a la de Iberoamérica con elementos militares, económicos y disruptivos.
Sobre todo, desde las elecciones alemanas, se ha normalizado que en nuestros procesos electorales convivan las injerencias de Washington y de Moscú con la extrema derecha como caballo de Troya común.
Desde la guerra arancelaria, el retroceso de la penetración China en el viejo continente ha sido frenada en seco y se están abriendo camino condiciones más ventajosas para Estados Unidos.
En lo militar, la guerra de Ucrania impone el vasallaje a la industria norteamericana y el riesgo de operación en Groenlandia amenaza la voladura de la OTAN, la propia existencia de la UE y la seguridad de las naciones bálticas.
Todo ello, mientras nuestro sumatorio de crisis no resulta menor al del régimen iraní. Economía, política, cultura, convivencia, seguridad, choque generacional… Policrisis y fragilidad. El momento es adverso en el interior de todas nuestras sociedades. Sin embargo, la vivencia cotidiana de los ciudadanos que viven en Estados Unidos no está tampoco exenta de dificultades. El propio Trump está muy discutido.
Tiene la policrisis dentro: las encuestas dan niveles de rechazo demasiado agudos, la economía no concuerda con las expectativas generadas, el relato anti élites choca con la opacidad respecto a la lista Epstein, el debate sobre la propia salud del líder y su sucesión está tomando temperatura. Hay elecciones de medio término este año.
Conclusión: no podemos predecir cuál será el próximo punto del mapa mundial en el que salte la alarma de lo imprevisto, no todo lo que está ocurriendo es novedad, lo nuevo está brutalmente interconectado y no, no se puede descartar que el trumpismo deje de ir por donde va.
A veces tengo la impresión de que el deseo de inmediatez ha logrado penetrarnos hasta en el pensamiento, sobre todo cuando sucede lo imprevisto. Reducimos las complejidades a causas singulares. Adoptamos atajos mentales a partir de nuestros prejuicios y de las conspiraciones que compramos. Y pretendemos anticipar lo que ocurrirá sin molestarnos en mirar, despacio, lo que está pasando.