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Desgracia nacional: lo increíble del Gobierno y lo inaceptable de Abascal
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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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Desgracia nacional: lo increíble del Gobierno y lo inaceptable de Abascal

Cuando una sociedad no puede confiar en su Gobierno, es el Gobierno quien tiene que hacérselo mirar. Y cuando un líder político quiere encender los ánimos habiendo cuerpos por rescatar, es el momento de emplear la palabra "inaceptable"

Foto: El líder nacional de Vox, Santiago Abascal, interviene durante un mitin preelectoral del partido celebrado en Jaca. (EFE/Javier Blasco)
El líder nacional de Vox, Santiago Abascal, interviene durante un mitin preelectoral del partido celebrado en Jaca. (EFE/Javier Blasco)
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Cada crisis y cada desastre vuelve a golpear en las puertas de la conciencia nacional. Cada golpe resuena en la plaza pública para que abramos las puertas de la sensatez y trabajemos las grandes cuestiones atascadas que la polarización distrae y nos impide encarar.

Después de cada tragedia, los españoles nos lamentamos durante un rato, nos resignamos a odiarnos con una naturalidad incivilizada hasta que el siguiente golpe en la boca del estómago nos hace callar. Esta vez, ni siquiera eso. En el país que cuenta con la cultura de la muerte más fuerte y más solemne, el duelo colectivo ha sido violado por el oportunismo partidario.

España parece atada a una sucesión de desgracias que no cesan y no es sólo por culpa de las élites políticas, también los ciudadanos tenemos nuestra responsabilidad desatendida.

Ya sé que llevamos demasiados pesares a nuestras espaldas y que todos fueron gestionados por el poder político desde la obscenidad. Sé que nadie podrá reprochar a la mayoría de ciudadanos su imposibilidad de confiar en el Gobierno. Soy consciente de que la crisis de credibilidad que sufre este Gobierno es el resultado de la acumulación, no tiene solución y es, por cierto, expresión de la acusada degradación democrática que venimos advirtiendo.

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¿Quién puede creer hoy en Óscar Puente? Tiene la boca sucia de tanto convertir la fatalidad colectiva en material para la confrontación. Cada mofa, cada insulto y cada desprecio le han convertido en lo contrario a un hombre de palabra.

Le hemos visto empleando los titulares más gruesos –"el tren vive el mejor momento en la historia"-, recurriendo a las maniobras de intoxicación más groseras –las acusaciones de sabotaje-, vendiendo chorradas como las bondades de viajar de pie en el transporte ferroviario- y mostrando una incapacidad crónica para reconocer los problemas y procesar las críticas. ¿Ahora qué?

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¿Quién puede creer hoy en el Ministerio de Fomento? El ministro anterior está en la cárcel; su compañero de celda fue nombrado consejero de Renfe Mercancías; la expresidenta de ADIF está imputada; los presuntos casos de nepotismo manchan todo el organigrama y las sospechas de adjudicaciones feas en obras públicas no son precisamente pocas.

¿Quién puede confiar en Pedro Sánchez? Tiene la capacidad de generar confianza agotada porque tiene un historial inacabable de engaños y de incumplimientos, de cortinas de humo y de escaqueos, de fugas y de agresiones. ¿Cómo puede la ciudadanía creer a un presidente cuando no le creen ni sus compañeros, ni sus socios?

Cuando una sociedad, encogida en medio del espanto, no puede confiar en su Gobierno, es el Gobierno quien tiene que hacérselo mirar. Si miramos hacia el pasado, veremos que en las crisis anteriores no llegó a saberse con certeza lo ocurrido, no se produjeron dimisiones y sí se utilizó el dolor ajeno como arma política para dividir en lugar de unir a los compatriotas.

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Con esa hoja de servicios, cuesta creer que el poder político no esté preparando la habitual vuelta de tuerca adicional a la polarización y pueda darse por hecho que, además, lo logrará. Las condiciones ambientales harán que la llama prenda. El enfrentamiento ya está en máximos, estamos en ciclo electoral y los militantes están educados para comportarse como militares. En mi opinión, es más probable que el accidente acabe convertido en una guerra cultural a que la verdad científica se imponga.

Temo que la verdad de los hechos acabe manchada por narrativas partidistas diseñadas para eludir la responsabilidad, destruir al adversario e incrustar teorías de la conspiración en la opinión pública. Pero quiero subrayar algo: si esto termina ocurriendo, será porque primero lo quiso el poder político y porque luego lo permitamos los ciudadanos.

La responsabilidad cívica existe, es la médula ósea del orden social y de la convivencia. Y tengo la convicción de que los votantes de Vox se encuentran en este momento ante un deber que les interpela porque la violación del duelo nacional es moralmente reprochable. Cuando un líder político, como Abascal, quiere encender los ánimos habiendo cuerpos todavía calientes por rescatar es el momento de emplear la palabra "inaceptable".

La reacción de Vox es otra cosa: esto no es una decisión política, es un error personal que refleja la talla de quien lo ha cometido

Comprendo perfectamente los ánimos del país, entiendo la lógica del populismo, llevo años estudiando los métodos de comunicación de la extrema derecha. Y puedo decir que la reacción de Vox es otra cosa: esto no es una decisión política, es un error personal que refleja la talla de quien lo ha cometido.

No soy yo, ni mucho menos, quien puede decir si esto es imperdonable. Pero sí que creo que debería pedir perdón. Le Pen no habría hecho esto en Francia, ni Meloni en Italia, ni Weidel en Alemania, ni Wilders en Países Bajos se habrían comportado tan insensiblemente.

No es mi propósito, en este texto, debatir sobre si la extrema derecha tiene o no tiene razón en su análisis de la realidad o en sus propuestas. Pero sí que creo que sus partidarios harían bien en preguntarse si la posible ganancia de no respetar la necesaria tregua que reclama el sufrimiento es tan elevada como para pagar el precio de una falta de respeto así de grave. Algún límite tiene que haber.

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Hay momentos en la vida personal y colectiva que exigen estar a la altura de las circunstancias; Abascal ha fallado en este. Y ninguna razón justifica este error, ni siquiera tener toda la razón del mundo le faculta a uno para colocar el objetivo político particular por delante del sufrimiento de las víctimas y de sus familiares. Por eso quien comete ese error sólo puede perder lo más importante que tiene un representante democrático: la capacidad de generar confianza.

En estas estamos, Abascal pierde fiabilidad y Sánchez no encuentra quien le crea. Crisis de liderazgos. Mientras tanto, los españoles nos odiamos entre desgracia y desgracia sobrecogiéndonos por la suerte de unos y olvidándonos de lo que nos es común. Y así hasta que llegue la próxima.

Cada crisis y cada desastre vuelve a golpear en las puertas de la conciencia nacional. Cada golpe resuena en la plaza pública para que abramos las puertas de la sensatez y trabajemos las grandes cuestiones atascadas que la polarización distrae y nos impide encarar.

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