Semana negra ferroviaria: el Gobierno trata de imponer la plantilla del apagón
Por mucho que diga Sánchez, por muy justo o injusto que parezca, no habrá manera humana de despejar la sospecha nacional de que la corrupción pudo estar detrás de una fatalidad evitable
El ministro Óscar Puente comparece en rueda de prensa. (EFE/Kiko Huesca)
El objetivo quedó marcado desde el minuto uno de la tragedia: evadir la asunción de la responsabilidad política, aplicando el mismo patrón del apagón y volviendo a trasladar la factura hacia la ciudadanía.
Igual que cuando el país entero quedó a oscuras, esto se inicia con una promesa y acaba con una estafa. Empieza con el compromiso de transparencia para que no vuelva a ocurrir lo mismo, continúa diluyendo la verdad en el ruido y termina sin una sola dimisión.
El fraude tendrá éxito si el Gobierno vuelve a explotar su dominio sobre los medios de comunicación más allá de cualquier límite moral y si gestiona los tiempos institucionales hasta que la oposición caiga de nuevo en la trampa de un callejón sin salida. También hará falta ensuciar la memoria colectiva y desplazar el malestar hacia el enfrentamiento partidario, nada nuevo bajo el sol.
Vamos a tratar de desentrañar una estrategia que se fundamenta en la primera comparecencia del Ministro. Óscar Puente introdujo, en pleno shock nacional, los tres elementos centrales en la narrativa que el poder político busca instalar.
El primero es un concepto simple. Es el uso de la palabra "extraño" para calificar el accidente. Evidentemente, no es un término técnico sino político. Al fin y al cabo, el suceso solo puede tener tres causas: la humana, el tren o la infraestructura. La posibilidad de que fuese el maquinista quedó descartada enseguida y la probabilidad de que fuese el vehículo comenzó a parecer menor desde el principio. El motivo más verosímil siempre apuntó a la labor del Ministerio, esto es, a la responsabilidad política directa e indiscutible del Gobierno.
Por lo tanto, cabe pensar que el empleo de la palabra "extraño" respondió al propósito de protegerse al distraer a la ciudadanía de la realidad. Ese tratamiento de lo técnico como esotérico no es nuevo, se activó también durante el apagón, rápidamente. Entonces se puso énfasis en filtrar la palabra "anomalía", incluso en airear la hipótesis de un sabotaje internacional. Hace falta descaro para enmarcar como un enigma lo que puede trazarse milisegundo a milisegundo, milímetro a milímetro.
El segundo elemento empleado por el Ministro en su primera comparecencia fue el chantaje sentimental: "lo primero son las víctimas". Es feo instrumentalizar el dolor de los demás para aplazar unas explicaciones que en nada pueden perjudicar a nadie, más todavía cuando en otros momentos se han mostrado menos escrúpulos. Sánchez empleó el mismo ardid en su primera aparición con el apagón cuando postergó la información y afirmó que lo "importante" era "solucionar el problema" (que en ese momento ya estaba solucionándose).
La tercera pieza de la narrativa que pretende incrustar el poder político es la suspensión de la verdad. Sánchez prometió llegar "hasta el fondo" tras el apagón, Puente que "se investigará todo" después de la tragedia. De lo primero nunca supimos nada y de lo segundo ya veremos. El truco consiste en dirigir la verdad de los hechos hasta el callejón sin salida de unas comisiones técnicas y parlamentarias en las que no habrá intención alguna de dilucidar lo ocurrido para que así no dimita ni dios.
Instaladas esas tres bases -la conversión del motivo en un misterio, el chantaje emocional y la suspensión de la verdad- se procedió a ejecutar una operación masiva diseñada para distraer a la opinión pública de lo sustancial: por un lado, se apela a seguir los canales oficiales de comunicación; por el otro, se recurre a TVE y a los medios de comunicación dependientes para inyectar la intoxicación.
Como la semana empezó con el foco mediático en máximos, se emitió la orden de bombardear a la población con ruido. En TVE se habló del cambio climático en relación al accidente de Rodalies y hasta llegó a decirse que los trenes tienen ruedas casi cuadradas. En la prensa subsidiada se publicaron filtraciones destinadas a que el debate gire por fuera de las causas del desastre.
De forma paralela, con la distorsión de la desinformación ya operando a tope, se procedió a la inundación de la parrilla con múltiples comparecencias sin información sustantiva. En la superficie parece que el Gobierno informa, en el fondo lo que se ejecuta es un apagón informativo por saturación. A eso lo llaman "dar la cara", a mi juicio es, más bien, tener la cara muy dura.
¿Qué viene a continuación? Aquí es donde el Gobierno se encuentra ante la seria dificultad de no poder hacer lo que hizo cuando el apagón: pretenden invertir la carga de la culpa como hicieron aquella vez con los operadores eléctricos, pero no pueden señalar a Iryo porque eso conllevaría un choque con Italia y una crisis internacional adicional. Por muy impasible que ahora parezca, doy por seguro que buscarán la manera de trasladar la sombra hacia el Partido Popular.
Sin embargo, no podrán evitar la sensación creciente y no precisamente injustificada de que todo funciona peor bajo el sanchismo. Entre otros motivos porque, llevados por el miedo, han dado la orden de disminuir la velocidad de los trenes por todos sitios. Al hacerlo, aumentan la impresión de desgobierno asumiendo que es un precio a pagar.
La cuestión es que la verdadera factura diaria recae sobre los españoles: tras el apagón la factura de la luz es más cara, después del accidente el servicio prestado es peor. Menos mal que todo estaba bien. Así que, aunque sea una cuestión muy secundaria hablando de lo que hablamos, serán los ciudadanos quienes pasen esa factura por las urnas (muy pronto en Aragón).
Replicar el patrón de cuando todo se nos apagó es ahora más complejo. Esta vez, desgraciadamente, hay muertos. Y es una simple cuestión de tiempo que los familiares de las víctimas comiencen a organizarse como siempre ocurre después de este tipo de desgracias. Los supervivientes, los hijos y los padres que nos han emocionado durante estos días, terminarán convirtiéndose en actores políticos movidos por la fuerza de su necesidad y tendrán, para siempre, nuestra solidaridad.
Están aplicando la misma plantilla, pero el resultado puede ser diferente. Me inclino a creer que, por mucho que diga Sánchez, por muy justo o injusto que parezca, no habrá manera humana de despejar la sospecha nacional de que la corrupción pudo estar detrás de una fatalidad que podía haberse evitado. Óscar Puente es la persona menos indicada del mundo para gestionar esto, es incontinente y no contiene la empatía, mantiene una relación difícil con la verdad. Y por eso, me inclino a pensar que cuanto más hable, más agitará la horrible dosis del recuerdo.
El objetivo quedó marcado desde el minuto uno de la tragedia: evadir la asunción de la responsabilidad política, aplicando el mismo patrón del apagón y volviendo a trasladar la factura hacia la ciudadanía.