La impugnación como nuevo resorte electoral y el verdadero dilema de Feijóo
El deterioro democrático y la sensación de decadencia han reconfigurado a la opinión pública: el resorte del antisanchismo percute con igual fuerza, pero la tecla del miedo a la ultraderecha ha sido sustituida por la pulsión de la impugnación
El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo. (EFE/Mariscal)
En todas las noches electorales, todos los actores políticos tienen respuestas inmediatas al resultado de las urnas. Los días siguientes se convierten en batallas por la consigna y nadie parece demasiado interesado en formularse preguntas sobre lo que acaba de ocurrir.
En Aragón, acaban de votar más de 660.000 personas y todo lo que vemos son gráficos. Los consumimos sin darnos cuenta de que sólo son números pintados de colores. Olvidamos que detrás de cada voto hay una decisión individual y que debajo de cada decisión hay distintos motivos.
¿Qué ha cambiado entre la España de 2023 y la de 2026? Hace solo tres años, el ejercicio del sufragio parecía dominado por dos fuerzas principales: antisanchismo y miedo a Vox. Ahora el teclado de la mente colectiva podría estar siendo otro.
La llamada a frenar a la ultraderecha que logró movilizar a los progresistas parece hoy desactivada. Y el rechazo a Sánchez se ha acentuado tanto que cualquier candidato socialista acabará recibiendo un anticipo del castigo que espera al líder.
La composición de la mayoría de investidura, las cesiones a los separatistas y la esterilidad de la legislatura han dado razones a quienes optaron por la repulsa anteriormente, pero todo eso no es más que política. Las novedades están en lo ético y en lo material.
La sombra de la corrupción que rodea al presidente del Gobierno y pudo iniciarse en el kilómetro cero de las primarias ha neutralizado cualquier atisbo de superioridad moral en la izquierda. Más todavía porque la suciedad va de la mano de un machismo igualmente sistémico.
Perdida esa superioridad moral, queda la gestión. Pero los resultados no están siendo precisamente valorados: las clases medias se sienten más agobiadas que nunca y los jóvenes se ven traicionados de por vida. La brecha generacional se ha disparado hasta el punto de convertir la lucha de clases en una cuestión de edad. Y la tensión entre el centro y la periferia está creciendo. Muchos de los que antes se pensaban material y culturalmente seguros, se sienten ahora olvidados por el sistema.
Adicionalmente, "España va como un cohete" pero los trenes pueden matarte o dejarte en la estacada. Todo lo que antes nos pareció fiable y hasta causa de orgullo general se nos ha convertido en incertidumbre. No sólo las infraestructuras, cosas tan básicas como tener luz. Y, además, el descontento con la prestación de los servicios públicos que crece al mismo ritmo de la presión fiscal.
En sólo tres años, el deterioro democrático, la degeneración moral y la sensación de decadencia nacional han reconfigurado a la opinión pública española: el resorte del antisanchismo percute con igual o mayor fuerza, pero la tecla del miedo a la ultraderecha ha sido sustituida por la pulsión de la impugnación.
Visto así, no parece que sea un capricho algo tan históricamente inédito como que el conjunto de la derecha sumase más de la mitad de los votos en Extremadura y en Aragón. Y cabe esperar que ocurra lo mismo en las de Castilla y León, Andalucía y el conjunto del país.
El PP crece un poco o se mantiene destacado en la primera posición porque es la opción más funcional para vehicular al antisanchismo. Y Vox crece mucho porque es el único vehículo disponible en el mercado para el sentimiento impugnatorio.
La súbita emergencia de esa radical contestación a las élites políticas no puede parecernos extraña porque el precedente nos resulta biográficamente cercano. Ya lo vivimos antes con Podemos. La diferencia está en el tinte de la impugnación. Pero da igual que sea morada o que sea verde, incluso que ahora las cuestiones identitarias y culturales sean mucho más potentes. Esta rabia es muy parecida a aquella. Y afecta a muchas de las mismas capas sociales que se indignaron entonces: los jóvenes, los hombres, los precarizados, los digitalizados…-.
Al emerger la primera ola de la indignación, no hubo dudas en el PSOE sobre si gobernar o no gobernar con un partido de extrema izquierda. Los propios votantes progresistas daban por lógica la colaboración. El verdadero dilema era agarrarse a la naturaleza propia -la de un partido sistémico e ideológicamente socialdemócrata- o adaptar la del competidor. Sánchez optó por mutar al Partido Socialista en una organización de carácter populista y procedimientos cesaristas. Y así estamos.
En esta segunda ola de la indignación, los electores conservadores dan por necesaria la colaboración entre las dos fuerzas de la derecha. Pero el Partido Popular emite dudas sobre la manera de coexistir con la extrema derecha, unos temblores que Vox no se cansa de azuzar exprimiendo los complejos azules.
A pesar de todo, el dilema es el mismo que vivió Sánchez: la cuestión es si Feijóo está dispuesto a mantener la naturaleza del PP -sistémica y conservadora- o si pretende convertir a su organización en una versión más políticamente correcta pero de igual naturaleza a su rival. En términos de partido, eso es lo verdaderamente sustancial a resolver y no parece muy lejos de estar despejado. El acuerdo valenciano tiene la tinta fresca todavía.
Pero, en términos de país, dadas las circunstancias actuales, el reto para los populares no está en redactar el próximo tuit de respuesta a Abascal, sino en plantear a la sociedad española algo más que la derogación del sanchismo y mucho más que un recipiente para el malestar.
Cuando la democracia está degradada, las familias están preocupadas y todo el país parece caerse a pedazos, lo suyo es poner una oferta política sobre la mesa que empiece por derruir el muro y contemple la renovación de casi todo.
Claro que la indignación es un sentimiento muy poderoso, tanto como el odio, pero ninguna emoción ni motivación humana es más potente que la esperanza. El liderazgo no se demuestra corriendo detrás de lo que apuntan los últimos números sino en juntar letras, en llamar a la centralidad, mientras se apunta algo que no tenemos los españoles: una dirección para España.
En todas las noches electorales, todos los actores políticos tienen respuestas inmediatas al resultado de las urnas. Los días siguientes se convierten en batallas por la consigna y nadie parece demasiado interesado en formularse preguntas sobre lo que acaba de ocurrir.