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Pablo Pombo

Crónicas desde el frente viral

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El sanchismo como negocio

Sánchez ha vuelto a aplicar en la selección de personal su filtro moral habitual, es decir, ninguno. El caso de Borja Cabezón no supone la excepción sino la confirmación

Foto: Pedro Sánchez en junio del año pasado. (EFE/Daniel González)
Pedro Sánchez en junio del año pasado. (EFE/Daniel González)
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Empiezo a pensar que me quedé corto. Durante años, he sostenido que el sanchismo no podía ser calificado en términos ideológicos porque no pasaba de ser una forma de ejercer el poder, esencialmente violento y cesarista, cismático y adversario de la lógica democrática. Ahora, según van acumulándose las informaciones, comienzo a preguntarme si no pequé de optimista.

Comienzo a acostumbrarme a la sospecha de que el sanchismo podría pasar a la historia no como un producto político, sino como un negocio sistemáticamente corrupto, formado por distintas redes clientelares y acostumbrado a abusar de los puestos públicos. Visto así, se entendería de una manera más cruda y quizá más clara la resistencia a llamar a urnas cuando se carece de mayoría parlamentaria, respaldo social y cualquier atisbo de autoridad moral.

Es posible que haya demasiados intereses en juego y demasiados interesados en impedir que la verdad se haga pública y que la Justicia haga justicia. No sería la primera vez. España no es el primer país del mundo que sufre la llegada al poder de un líder populista. Todas las naciones que recorrieron este camino terminaron encontrándose con una democracia degradada, una convivencia envenenada y un sistema inoperante, sobre todo, para quienes más necesitan que las cosas funcionen. Y en todos los casos, sin excepción, cabalgó la corrupción a lomos de la impunidad. Los amiguitos del alma.

La experiencia ajena ya no nos sirve para evitar nuestra actual y grave adversidad, pero sí nos vale para entender que harán falta muchos años para que pueda recuperarse todo lo que ahora está dañado. El cambio en el poder sólo habilita el comienzo de una recuperación que estará poblada de obstáculos y condicionada por la dificultad de este largo tiempo de amoralidad.

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En mi opinión, Sánchez ha vuelto a aplicar en la selección de personal su filtro moral habitual, es decir, ninguno. Lo creo desde el kilómetro cero de sus primarias hasta su designación de la última dirección del Partido Socialista Obrero Español. Por eso sospecho que el caso de Borja Cabezón no supone la excepción, sino la confirmación.

Tal y como yo lo veo, el corazón del sanchismo exuda la negra sombra de la presunta corrupción tanto en el núcleo político como en el entorno personal más inmediato del presidente del Gobierno, una sombra que consume a ojos vista la imagen del líder y que se extiende por las instituciones, las empresas públicas y la Secretaría de Organización del partido. Todo a la vez en todas partes.

Foto: borja-cabezon-sanchez-psoe-amigo-testaferros-impuestos

No puede ser casual que la quinta planta de Ferraz parezca haberse convertido en el Museo de los horrores. Me siento insultado cada vez que veo a Sánchez escurriendo el bulto de las informaciones respecto a Ábalos que debió tener. Durante años, tuvo que pasar más horas con su número dos que su propia familia.

Me siento asqueado cuando veo a Sánchez manteniendo distancias con Cerdán porque resulta obvio que fue advertido antes de proponerle como secretario de organización en el 40.º Congreso Federal socialista.

Y me repugna que, lloviendo chuzos de punta como llueven desde hace demasiado tiempo, nadie tuviese ojos para revisar y coraje para tratar de evitar el nombramiento de Borja Cabezón, por muy coleguita del jefe que sea.

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Ya sé que hay mucho más, pero sólo la concatenación de estos tres asuntos, en la cúpula misma de la organización, hace imposible el hablar de casos aislados, hace verosímil la tesis de que la estructura entera está podrida y hace prácticamente visible un patrón de comportamiento y de descontrol generalizado. Tiene narices que el presidente más intolerante con el que piensa distinto, el del muro, se muestre tan tolerante con los que tiene al lado y se comportan de manera tan poco ejemplar.

Viendo las informaciones de estos días, cualquiera puede pensar que para formar parte del cogollo sanchista sólo se necesita cumplir un requisito: no tener más principios que el de obediencia al líder. De esa manera, se promueve un ecosistema en el que la lealtad puede hacerse lucrativa a través del enchufismo, se monetiza la influencia y hasta parece natural que tantos cuenten con estructuras opacas para evadir impuestos.

Cuando reconozco que comienzo a sospechar que el sanchismo se ha convertido en un negocio, pongo el énfasis en las condiciones ambientales que genera el desprecio del talento y de la competencia técnica. El hecho de que la sumisión política o la relación personal puedan premiarse mediante nombramientos en cualquier sitio, resulta letal para la concepción del servicio público y para el funcionamiento del Estado.

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Quien recibe el dedazo como contraprestación, siempre condicionada al capricho del jefe, encuentra pocos incentivos para pensar en servir a la sociedad y más de una tentación para verse ante una oportunidad económica irrepetible.

Por eso la democracia pierde intensidad en el latido y el funcionamiento normal del sistema emite señales de alarma, porque no se acepta el cargo con la misión de mejorar a la sociedad, sino con la voluntad de mantenerlo a cualquier costa para generar una economía de influencias tan vasta como se pueda.

Llegar a donde no se podría haber llegado mediante el mérito y el esfuerzo activa en el advenedizo un instinto de conservación y supervivencia que, inevitablemente, conlleva el apagado de los sensores éticos personales y de la transparencia pública.

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Primero se mira hacia otro lado y luego se empieza a justificar lo injustificable. Se deja de pensar en el país, en la política. Y pronto se deja de pensar del todo, hasta convertirse en un esclavo mejor pagado que un ciudadano esforzado y responsable, pero un esclavo en cualquier caso.

Así es como el sanchismo parece haberse convertido en un negocio ruinoso para el país y beneficioso para los próximos. Y así es como el Partido Socialista ha dejado de ser un instrumento para transformar la nación, para convertirse en una red de tipos que son capaces de todo menos de honrar a su partido y a nuestro país.

Empiezo a pensar que me quedé corto. Durante años, he sostenido que el sanchismo no podía ser calificado en términos ideológicos porque no pasaba de ser una forma de ejercer el poder, esencialmente violento y cesarista, cismático y adversario de la lógica democrática. Ahora, según van acumulándose las informaciones, comienzo a preguntarme si no pequé de optimista.

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