Lo que no nos contaron de las mascarillas (y una solución a la italiana)

Desde el Ministerio de Sanidad, se nos repitió en varias ocasiones que llevar mascarillas protectoras por miedo al coronavirus no tenía “ningún sentido, ninguno”

Foto: Una mujer con una mascarilla camina junto una sucursal bancaria de Madrid. (EFE)
Una mujer con una mascarilla camina junto una sucursal bancaria de Madrid. (EFE)

Los taiwaneses se quejaron en seguida de que se habían agotado las mascarillas en cuanto el brote de Covid-19 provocó la primera compra de pánico en Taiwán. En enero, en cuanto se detectó que había llegado a la isla el primer caso de coronavirus, las fábricas del equipamiento protector empezaron a trabajar las 24 horas del día para duplicar la producción. El Gobierno prohibió su exportación y en febrero decretó un racionamiento de tres mascarillas por adulto a la semana con la promesa de ir aumentándola a medida que aumentase la capacidad. Antes de la pandemia, la mayoría de las máscaras que usaban los taiwaneses eran importadas de China. A partir de marzo, las fábricas taiwanesas ya son capaces de satisfacer toda la demanda interna.

En el resto del mundo, la reacción de la población fue similar a la de los asiáticos. La demanda de mascarillas aumentó de modo vertiginoso en cuanto empezó a extenderse la crisis del coronavirus. En España, sin embargo, igual que en otros países como Estados Unidos y Reino Unido, las autoridades desincentivaron el uso de esta cobertura para evitar contagios y trataron de irracional esa compra impulsiva de protección que empezó hace semanas.

Desde el Ministerio de Sanidad, se nos repitió en varias ocasiones que llevar mascarillas protectoras por miedo al coronavirus no tenía “ningún sentido, ninguno”. Así de tajante se mostraba Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, para disuadir a los ciudadanos sanos de comprar mascarillas. Lo dijo el 26 de febrero, día que se conoció el primer contagiado autóctono de Covid-19 en España, un sevillano que no había viajado a zonas de riesgo (lo que confirmaba que el virus llevaba circulando varios días sin ser detectado). Por entonces, en Italia había ya 11 localidades en cuarentena y en España se conocían una docena de contagiados. Faltaban dos semanas para que España decretara el estado de alarma y el confinamiento domiciliario de toda la población ante la imposibilidad de controlarlo.

Defendían por entonces las autoridades sanitarias que las mascarillas deberían reservarse para los médicos y personal sanitario, porque las farmacias se estaban quedando sin 'stock'. Reaccionaron a la escasez lanzando un mensaje confuso para frenar la demanda, en vez de reconocer que el problema era de oferta y activar los mecanismos de alerta necesarios para incrementar su producción. Recordemos que uno de los argumentos disuasorios para frenar la compra de mascarillas por parte de la ciudadanía es que la mayoría de los modelos no protegen del virus al que las lleva, sino que 'solo' evitan contagiar a otros. Es decir, exactamente lo que necesitamos desesperadamente que suceda para frenar una pandemia: que toda la población extreme las precauciones.

Una cosa es disuadir a los acaparadores de comprar compulsivamente más unidades de las necesarias y otra negar la utilidad de un producto sanitario. Ahora sabemos que los pacientes asintomáticos también contagian el Covid-19. Así que se hace más evidente lo contraproducente que ha resultado tratar al ciudadano que se pone una mascarilla como si fuera un paranoico. En vez de alentar el uso de un mecanismo de prevención y alabar la concienciación de quien lo usa, como si fuera descabellado taparse en medio de una pandemia altamente contagiosa, afirmar que solo deben llevarla puesta los enfermos estigmatiza al que se la pone. Algo especialmente injusto cuando es imposible saber a ciencia cierta quién está infectado y quién no, dada la escasez de test que se están realizando a los ciudadanos que presentan la sintomatología.

Una cosa es disuadir a los acaparadores de comprar compulsivamente más unidades de las necesarias y otra negar la utilidad de un producto sanitario

Las mascarillas de uso general no son en absoluto un escudo infalible. No sustituyen el lavado concienzudo de manos y la distancia de dos metros de seguridad que recomienda la OMS. Tampoco llevarlas sirve de excusa para saltarse una cuarentena. Sin embargo, es tan absurdo negar que refuerzan la prevención de un posible contagio como afirmar tajantemente que no hacen “ninguna falta”, cuando se han demostrado beneficiosas para frenar la extensión de la pandemia.

En enero, los asiáticos tampoco tenían muy claro cómo se transmitía este nuevo coronavirus y si las personas asintomáticas eran o no contagiosas, pero aun así salían con mascarillas de casa. No era necesariamente para protegerse a sí mismos, sino a los demás. Es visto como un acto de responsabilidad individual para evitar un posible contagio que cobra todo su sentido ante la imposibilidad de saber quién es o no positivo en Covid-19.

De Harry Potter al Covid-19

En Italia, donde hace más días que empezaron a sufrir este problema y también el Gobierno pecó de imprevisión, ante la urgencia de extremar la precaución, ha surgido una iniciativa para satisfacer la demanda de mascarillas en una de las regiones más afectadas del norte. La empresa de Padua Grafica Veneta —un gigante mundial de la impresión de libros, famoso por haber impreso todos los libros de Harry Potter— asegura estar lista para producir en su imprenta millones de "pantallas protectoras" para la boca y la nariz de la población. No se pueden llamar mascarillas porque carecen de las autorizaciones oficiales para servir como material sanitario. Sin embargo, ante la escasez de herramientas para limitar el contagio del virus, la empresa ha ofrecido esta alternativa. Según 'Il Corriere del Veneto', la producción podría alcanzar los dos millones de piezas por día y los prototipos estarán listos en un par de días para enviarlos al laboratorio.

No serán máscaras que puedan utilizarse en los hospitales, pero sí para satisfacer la demanda de la población que necesita salir de casa para trabajar o ir a la compra (prácticamente, las únicas actividades permitidas durante la alerta sanitaria). La imprenta veneciana pondrá a disposición de la fabricación de las mascarillas su maquinaria y mano de obra, "evitando" la impresión de libros y periódicos, que han dejado de ser prioritarios.

En España, la prioridad ahora es que el personal sanitario, que es el que más riesgo corre, esté bien protegido. Pero la indignante escasez de equipos de protección individual para los que están en la primera línea de la lucha contra el coronavirus en España no se combate confundiendo a la ciudadanía sobre la verdadera utilidad de las mascarillas. Y mucho menos quitándole importancia al que se toma el esfuerzo de evitar contagiar a los demás.

Si hubo ciudadanos que irresponsablemente acapararon compras masivas ante el pánico, es ese el comportamiento que hay que desincentivar. En contraposición al egoísmo, está el ejemplo de los ciudadanos chinos que están acercándose estos días a los hospitales madrileños a donar sus propias cajas de mascarillas para ayudar al personal sanitario. También las demandan desde otras muchas profesiones esenciales, que siguen teniendo que salir de casa a trabajar en plena cuarentena. Desde policías y basureros, a cajeros de supermercado y conductores de autobús. Faltan mascarillas para todos ellos. Y reconocer que faltó planificación para aumentar a tiempo la producción ante la amenaza de un virus respiratorio habría sido más útil que minusvalorar su utilidad. Lo que no nos contaron de las mascarillas era que proteger a los demás puede ser más importante que protegerse a uno mismo.

Cronicavirus
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