No hagas planes en los próximos seis meses

Tal vez estén subestimando la capacidad de la opinión pública de encajar las malas noticias, como si no hubiéramos hecho un cursillo acelerado de introducción al Apocalipsis en las últimas tres semanas

Foto: Foto: Reuters.
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Más urgente que seguir dándole vueltas a lo mucho que la mayoría de líderes mundiales tardaron en tomarse en serio la amenaza del coronavirus es preguntarse si el nuevo error más contagioso entre los gobernantes no estará siendo subestimar ahora, como antes hicieron con la crisis, cuánto durará esta parálisis forzosa de más de un tercio del planeta. Un optimismo mal informado puede ser desmoralizador en el medio plazo.

No les podemos pedir certezas a los políticos en medio de esta epidemia de incertidumbre, pero sí que no nos mientan. Ni siquiera por nuestro bien. Necesitamos líderes creíbles, porque habrá que obedecer mandatos tan difíciles como el que conlleva una cuarentena forzosa y la depresión económica que supondrá. Sin embargo, prometer que el aplanamiento de la curva está siempre a punto de llegar o poner fechas al fin de la cuarentena a corto plazo empieza a notarse que es más bien la expresión de un deseo que una realidad. Tal vez estén subestimando la capacidad de la opinión pública de encajar las malas noticias, como si no hubiéramos hecho un cursillo acelerado de introducción al Apocalipsis en las últimas tres semanas.

No dudo que inventarse metas volantes imaginarias, como si los plazos de 15 en 15 días significaran algo más que el simple trámite burocrático que en España precisa la prórroga del estado de alarma, tenga como finalidad transmitir esperanza a la opinión pública. Pero si la realidad se obstina en descartarlos uno detrás de otro, lo que se suponía que era un esfuerzo para transmitir esperanza acabará desgastándola más de lo que la alimenta. Hay otros datos que pueden ayudar a levantar el ánimo durante la cuarentena, como que las medidas tomadas por el Gobierno en las últimas dos semanas han salvado ya 16.000 vidas gracias a los contagios prevenidos, según un estudio independiente del Imperial College de Londres. También dice este estudio que en España debe de haber ya unos siete millones de contagiados reales. Ninguna de las dos caras de la moneda debe ocultarse a la opinión pública.

En Reino Unido, uno de los países europeos cuyos dirigentes más han tardado en caerse del guindo negacionista, el Gobierno de Boris Johnson ha pasado de no ver ningún problema en mantener abiertos los pubs y los estadios a decretar el confinamiento de toda la población. El mensaje oficial de las autoridades sanitarias británicas es ahora que estas medidas extraordinarias que mantienen a la gente en casa y los negocios cerrados podrían durar hasta seis meses. Según estos cálculos, el país no empezaría a normalizarse hasta el próximo otoño, pero habría que esperar a la próxima primavera para hablar de vida normal. Si la curva de nuevas víctimas por coronavirus continúa creciendo, la cuarentena en Reino Unido seguirá hasta el próximo septiembre. En realidad, seguramente eso pasará en cualquier otro país en el que la curva no termine de aplanarse.

¡Seis meses encerrados en casa! Suena difícil de creer, pero qué parte de todo lo que nos está pasando no lo es. Esta estrategia de concienciación de la ciudadanía que repentinamente han adoptado los británicos tiene la ventaja de que una vez que pones a la gente en lo peor, es más fácil darles buenas noticias si las medidas funcionan mejor y el plazo se acorta. Si desgraciadamente hubiera que mantenerse en el peor escenario, y antes de medio año no se vislumbrara todavía ningún acercamiento gradual a la normalidad, al menos estarían ya mentalizados.

En España, el 11 de abril sigue siendo la fecha oficial para el fin de la cuarentena. Teniendo en cuenta que el Gobierno endureció la parálisis de la economía 48 horas después de negar que lo haría y que el pico de la epidemia sigue sin verse (aunque ya está “más cerca”), ese horizonte tiene escasa verosimilitud como fecha tope. Lo cierto es que no sabemos cuándo se aplanará la maldita curva, ni cuánto durará el confinamiento, ni cuándo podremos volver a trabajar fuera de casa. Por más que la ministra Celáa le dijera a Alsina que espera que los alumnos vuelvan a clase antes de que acabe el curso, tampoco ella sabe si eso será posible. La ministra de Educación luego matizó en La Sexta que habría una vuelta progresiva al cole a finales de mayo “o a principios de junio”. De nuevo, imposible saberlo. Es una hipótesis, no una noticia. Parece más un mensaje para transmitir tranquilidad que un pronóstico sincero.

También la semana pasada, el ministro Marlaska todavía apuntaba a que el 11 de abril esperaba empezar “el decalaje”, es decir, ir gradualmente flexibilizando medidas. Le parecía al ministro del Interior que era “prematuro” hablar de una posible prórroga del estado de alarma. No era, sin embargo, prematuro transmitir la esperanza de “alzar algunas de las medidas”.

Cada vez con más frecuencia se diluyen en las comparecencias de prensa los hechos y los deseos. Igual que anunciar la compra de material sanitario no equivale a recibirlo, expresar la esperanza de que el estado de alarma acabe cuanto antes no significa que haya indicios para afirmar tal cosa. Es lo malo de caer en la tentación de dar buenas noticias cuando todavía no las hay, que van a hacer que dudemos de las de verdad cuando estas empiecen a llegar. Como lo de que viene el lobo, pero al revés. La sorpresa será el día en que el lobo del coronavirus no venga.

Insiste este Gobierno que a medida que las circunstancias cambian, va actualizando las medidas y los pronósticos. Pero que los plazos imaginarios no se vayan cumpliendo no significa que las circunstancias hayan cambiado, sino que se afirmaron cosas que no se podían saber. Y si esto puede que vaya para más largo de lo que nos quieren confesar, tal vez sea mejor que tengan la valentía de comunicarlo. En los 'fact-checking' habría que desenmascarar no solo las mentiras de los políticos, también las afirmaciones en las que se confunden los deseos con los hechos comprobables. En momentos tan difíciles como estos, las buenas noticias son un bien tan escaso que hay que protegerlas de toda confusión. Incluidas las buenas intenciones.

“Si quieren culpar a alguien, o quejarse de alguien, cúlpenme a mí”, dijo el gobernador del estado de Nueva York, Andrew Cuomo, al anunciar la orden de que los trabajadores no esenciales debían quedarse en casa. No es de extrañar que este político norteamericano esté creciendo rápidamente en popularidad no solo en Estados Unidos, también internacionalmente. Asumir la responsabilidad de las decisiones, sin escudarse en los expertos que le asesoran, ni siquiera en que el error cometido ha sido compartido por otros muchos líderes políticos igual de desconcertados por la pandemia, suena reconfortante. Cuomo tuvo otro acierto comunicativo hace unos días cuando afirmó, tras decretar el cierre de la vida comercial de Nueva York, que nadie puede decirles a los neoyorquinos cuándo volverán a trabajar. Y añadió: “No sabemos cómo va a terminar esto”.

En tiempos de incertidumbre, la confianza es un bien escaso. Las buenas noticias, también. Ni el Gobierno de España ni ningún otro saben cuándo acabará esta pesadilla, pero reconocer públicamente esa ignorancia y comunicar públicamente los plazos más realistas sería de mucha ayuda para entender la dureza de las medidas, sobre todo cuando todavía están en fase de endurecerse progresivamente. Este tira y afloja entre los deseos de dar buenos pronósticos y la crudeza de la obstinada realidad en que los muertos todavía se cuentan por miles será con la mejor de las intenciones, pero a la larga no ayuda a sobrellevar el confinamiento. La disposición de la población a hacer sacrificios está muy relacionada con la confianza, y esta, a su vez, con lo bien informada que se sienta.

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