La hipocresía de escandalizarse por usar la geolocalización contra el coronavirus

Ni en Europa ni en EEUU teníamos lista una aplicación como las de Singapur y Corea del Sur, que ha permitido a las autoridades controlar la red de contactos establecidos por las personas contagiadas

Foto: Imagen de Andrey_Photos en Pixabay.
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Creo recordar que no salía ninguna pandemia en los argumentos futuristas de 'Black Mirror', tal vez porque Charlie Brooker, su creador, ya utilizó anteriormente el argumento en 'Dead Set', aquel apocalipsis zombi del que solo se libraban los concursantes de la casa de Gran Hermano. Un coronavirus invisible es menos televisivo. Será por eso que, aunque hay excepciones, las infecciones no han sido protagonistas de las últimas distopías. Y anda que no se han hecho en los últimos años series distópicas aprovechando que la sensación de incertidumbre nos predispone al catastrofismo. Los virus no debían de parecerles a los guionistas una amenaza lo suficientemente novedosa. Generaba más inquietud, y por tanto más audiencia, cómo nos estaban cambiando la vida los robots y la inteligencia artificial.

Una Europa en cuarentena, más que un drama sobre el futuro, habría sido mejor argumento para una serie de época. Al fin y al cabo, el confinamiento que vivimos desde hace casi un mes no deja de ser un método medieval para frenar el contagio. Tanto 'big data' y al final nos tenemos que encerrar en casa como en tiempos de Bocaccio, pero con wifi. Tanta era de la inteligencia artificial y en 2020 estamos viendo a los médicos hacerse batas con bolsas de basura para protegerse. Al menos nos recuerda que esto es el siglo XXI lo de las videollamadas a todas horas, que contra el coronavirus no sirven de nada pero ayudan a sobrellevar el encierro.

El confinamiento puede ser efectivo pero no prolongado. Si no, se agrava el impacto económico y también el psicológico, especialmente para la gente que vive en peores condiciones y no tiene acceso a ese lujo para minorías que es teletrabajar. El bloqueo es necesario para frenar el colapso de los sistemas de salud y dar tiempo a las autoridades a trazar el plan que hasta ahora no tenían listo por si llegaba una pandemia. La clave es que para cuando podamos salir el plan incorpore de verdad herramientas del siglo XXI que saquen partido al ingente volumen de información disponible que puede ayudar a frenar el virus.

Occidente no se ha estado preparando para esto y ahora toca reaccionar rápido. Ni en Europa ni en Estados Unidos teníamos lista una aplicación como las de Singapur y Corea del Sur, que ha permitido a las autoridades controlar la red de contactos establecidos por las personas contagiadas con coronavirus y observar que cumplen la cuarentena (una por Bluetooth y otra controlando la ubicación a través del posicionamiento satelital). Este tipo de tecnología permitiría hacer un confinamiento selectivo para que idealmente, en un rebrote del virus, solo las personas infectadas y quienes hayan estado en contacto con ellas tengan que quedarse en casa.

Este método, obviamente, plantea dudas sobre la privacidad. Pero ya no parece tan descabellado renunciar en cierta medida a ella ahora que hemos renunciado a otras muchas libertades básicas, como la libertad de movimiento, para frenar el virus que mantiene a más de 3.000 millones de personas confinadas en sus casas. Y es en la situación actual en la que hay que valorar el uso de una tecnología que nunca antes habíamos utilizado para frenar una pandemia. ¿Puede la geolocalización ayudarnos a salir de este encierro y de este bloqueo económico al tiempo que se sigue frenando el virus? No creo que haya mucha duda de que la respuesta es sí. El debate está solo en el cómo.

De momento, las 'apps' puestas en marcha por el Gobierno y las autonomías son más bien de autodiagnóstico y no llegan tan lejos como la coreana (aunque hay proyectos explorándolo). La total transparencia en el desarrollo de las herramientas será necesaria no solo para ofrecer garantías democráticas a la ciudadanía, también para que inspire una confianza imprescindible para que el sistema funcione. Lo primero que hace falta es tener la garantía de que solo serán utilizadas para fines sanitarios y durante un tiempo limitado. El beneficio que debería aportar este tipo de 'apps' que utilizan geolocalización y la cesión de los datos personales de los usuarios para rastrear la pandemia no puede enfocarse a la vigilancia. Lo fundamental es también ayudar a las autoridades a recopilar información sobre el Covid-19 y gestionar los recursos sanitarios ante posibles brotes.

Además, teniendo en cuenta que la cesión de datos personales tendría que ser voluntaria, la mejor forma de convencer a la gente de su uso es demostrar una utilidad sanitaria, como facilitar el acceso a los test y a un seguimiento médico real. En los países democráticos donde el uso de esta tecnología ha funcionado, su éxito no solo se basa en la gestión tecnológica de los datos, también en el seguimiento de los profesionales sanitarios de la evolución de los pacientes.

Sin embargo, en España, igual que en Italia y Alemania, cuando se ha empezado a hablar de mecanismos de geolocalización, ha surgido más desconfianza que satisfacción. La opinión pública europea es más escéptica a la vigilancia que de nuestros móviles pueden hacer los gobiernos para frenar una pandemia que la que las 'big tech' realizan habitualmente para vendernos sus servicios. Sería más conveniente empezar a pedir detalles y exigir un uso adecuado de la tecnología que rechazarla antes de leer siquiera la letra pequeña.

Estos días se ha sabido que Zoom, una de las 'apps' más descargadas para las videollamadas (cinco millones de veces en el último mes), tiene importantes brechas de seguridad y comparte datos con Facebook sin advertir a los usuarios. Las videollamadas en esta plataforma, utilizadas tanto por adolescentes en sus clases como en reuniones de trabajo al más alto nivel, están siendo víctima de sabotajes que incluyen la irrupción de 'hackers' con contenido porno y violento. La fiscal general de Nueva York ha comenzado una investigación contra Zoom por sus prácticas de privacidad y cunde la preocupación porque el contenido grabado no está siendo encriptado convenientemente. También Houseparty, otra de las plataformas que se están beneficiando del 'boom' de las videollamadas, plantea serias dudas sobre su respeto a la privacidad de los usuarios. Ninguna de estas cuestiones ha despertado tanta polémica ni rechazo en redes sociales como el miedo a una 'app' gubernamental para rastrear los contagios de coronavirus.

A lo mejor las distopías nos han predispuesto a temer el apocalipsis equivocado. Hasta que haya un antiviral efectivo o una vacuna contra el Covid-19 que esté disponible para toda la población (para lo que el 'big data' está siendo de mucha ayuda), el virus seguirá siendo una amenaza cotidiana para la salud de millones de personas con la que habrá que convivir. Mejor hacerlo con métodos del siglo XXI.

Cronicavirus
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