El problema de los protocolos absurdos (o imposibles de cumplir) frente al covid-19 

A las normas de prevención en centros médicos y educativos, se suma además una retahíla de ordenanzas municipales de dudosa utilidad, como el cierre de parques

Foto: Dos niños, frente a las aulas de un colegio en Álava tras la polémica vuelta al colegio. (EFE)
Dos niños, frente a las aulas de un colegio en Álava tras la polémica vuelta al colegio. (EFE)

En la estación de AVE de Alicante hay una tienda, una de las pocas que están abiertas a media tarde tras el parón turístico por la pandemia, que recuerda a los viajeros que si quieren comer algo en el viaje tendrán que comprarlo allí antes de subir al tren, porque están cerradas las cafeterías a bordo. Es parte del protocolo covid-19. El escaparate está junto a un negocio de ropa que un anuncio del Día del Padre en la puerta delata los meses que lleva cerrado. Al pasar al andén, donde nadie toma la temperatura, una revisora explica pacientemente a los viajeros que nos acercamos a preguntarle por el cierre del vagón-cafetería.

Según el protocolo, explica la trabajadora, usted puede sentarse en el AVE codo con codo junto a un desconocido y quitarse la mascarilla para comerse un bocata que saque del bolso, pero está prohibido comprar una vez dentro ni una simple botella de agua. Así que tras una conferencia en un salón de actos alicantino en el que más de la mitad de las butacas estaban clausuradas, por restricción de aforo ante el covid, esta periodista pasó casi tres horas en un vagón con los asientos ocupados sin distancia social. La única prevención extra para evitar contagios en el tren es llevar siempre puesta la mascarilla. Salvo que una quiera comer o beber, claro. Lo curioso es que pese a que esa actividad debe de presuponerse peligrosa, porque está cerrado el vagón-cafetería, la revisora invita a ir a él a consumir en su barra lo que cada uno se traiga. “No le vemos mucho sentido, pero es lo que nos han dicho que hagamos”, reconoce la empleada de Renfe, que tampoco entiende por qué ya no se reparten auriculares si eran de uso individual.

Tampoco le ve sentido Salvador Macip, médico investigador de biomedicina de la Universidad de Leicester y de la UOC. Cree que en España ha habido “mucha improvisación, lo que puede explicar algunas incongruencias: debes tener la mascarilla siempre puesta en la calle, pero no cuadra que luego vayas hacinado en el metro y creas que no pasa nada si te la quitas para cenar con amigos en un lugar cerrado”. Y añade: “Es obvio que no es fácil hacer un plan de respuesta, pero si en marzo había excusa, nueve meses después de que esto empezara, ya no”.

En 2009, Macip publicó el libro ‘Las grandes epidemias modernas’. Avisaba ya hace una década de que había que prepararse por si llegaba otro virus peor que el de la gripe porcina. “Y ha llegado sin tener hechos los deberes, de ahí que haya que hacer protocolos deprisa y encima comunicarlos de modo confuso y descoordinado. Se puede diseñar un protocolo muy estricto de burbujas en los colegios, pero no tiene sentido que luego puedan juntarse a jugar en el parque, porque en España no hay una normativa clara de qué hacer con los niños después del colegio. Faltan directrices más claras y sencillas”.

Encerrar a los niños

“¿Cómo voy a tener encerrada a una niña de dos años y medio sola en una habitación para pasar la cuarentena?”, se pregunta Javier Padilla. Es médico de familia en Madrid y desde hace 10 días tiene a su hija en casa porque en su clase de Infantil ha habido un positivo. Lo que no puede es encerrarla en una habitación a ella sola, como teóricamente pide el protocolo. Como médico, explica a diario en el centro de salud cómo hay que aplicar las cuarentenas a los pacientes que dan positivo en covid-19. Pero esta vez le ha tocado enfrentarse a ello como padre: “Hay normas difíciles de explicar o, en el peor de los casos, imposibles de cumplir”.

Su hija, que aún no ha cumplido tres años, tiene PCR negativa, pero ha de quedarse aislada por ser contacto en clase de un positivo. “Nos llamaron de Salud Pública para avisarnos de que teníamos que tener a la niña encerrada en una habitación durante cuatro días y mantener siempre la distancia de seguridad con ella. ¿Los dos metros de distancia con una niña de dos años? Por más que le planteaba a la persona al teléfono que eso era imposible, no se salía del guion”, recuerda. Y añade con un tono entre la sorna y la resignación: “Mientras nos estaban diciendo esto, tenía a mi hija trepando por encima, claro. No hay recomendaciones específicas para los más pequeños, lo que hace que no sea realista el sistema de aislamiento para personas dependientes”.

Según Padilla, que tiene un máster en Salud Pública y trabaja en un centro de salud de una de las zonas donde más aumentan los contagios en la capital, hay mucho más que podrían hacer los protocolos oficiales. En vez de limitarse a explicar a la gente lo que no puede hacer en cuarentenas, especialmente cuando es inviable, podrían dar consejos prácticos haciendo hincapié en lo que sí está en manos de las familias: “Aislar a un niño tan pequeño no es realista, pero es recomendable no comer a la vez que él, tener las ventanas abiertas para que siempre haya corriente y la mascarilla puesta en casa o no ir a ver a los abuelos…”. Nada de eso le recomendaron en la llamada oficial, que se limitó a leerle un protocolo que es el mismo que para personas de 85 años. Fue él quien se encargó de asesorar a los demás padres del colegio en el grupo de WhatsApp.

“En mi experiencia, la gente está concienciada”, afirma este médico de familia, “pero, de forma creciente, veo muchos pacientes que tienen dificultades para cumplir los aislamientos. O no tienen una red de apoyo para que les ayuden a hacer la compra y no tener que salir, o tienen presiones laborales para ir a trabajar. O no pueden dejar al niño solo ni tienen una habitación para la persona contagiada, porque son varios hermanos”. Ahí, la vida real colisiona con el protocolo.

Prohibido compartir

El protocolo de prevención de covid-19 en la educación también es complicado de cumplir. Carlos, que es profesor de Infantil en un cole concertado, está convencido de que “está hecho por gente que nunca ha pisado un aula". "Si no”, añade, “no entiendo que exijan que los niños de tres años trabajen con material individualizado, cuando se supone que se han creado aulas burbuja. Los más pequeños lo tocan todo y parte de nuestro trabajo es también educarlos en valores y convivencia. Y si un niño chupa un juguete, teóricamente me tengo que poner un guante, retirarlo del aula y lo tengo que esterilizar en ese momento. Y mientras tanto, ¿qué hago con 20 niños de tres años? No han llegado los profesores de apoyo”. También se queja de que les toque a los profesores hacer de sanitarios, porque son ellos quienes deben avisar a la familia de que recoja al niño si tiene algún síntoma. “Y las condiciones para que un niño sea sospechoso de covid, como mocos o tos, son todo lo que le pasa a diario a un niño de tres años. Al final, tienes que aplicar sentido común porque si lo sigues al pie de la letra, te vuelves loco”.

La falta de personal y medios, igual que en Sanidad, es una queja recurrente en Educación. Pero a veces los medios están y no se pueden usar. Alfonso, profesor de Educación Física en un instituto en Córdoba (prefiere no decir en cuál), se queja de que la consejería de la Junta les haya prohibido hacer deporte en sitios cerrados. No pueden utilizar un pabellón polideportivo enorme, que tiene techos de más de siete metros de alto, para hacer gimnasia con 20 alumnos ni siquiera guardando varios metros de distancia entre ellos. “Sin embargo, nos han autorizado a que cuando llueva, en el mismo pabellón, se puedan juntar las 32 clases en el recreo. Es decir, podemos juntar ahí a varios centenares de alumnos y eso sí lo aprueba la Consejería de Educación”.

La distancia de separación de metro y medio es otro de esos protocolos irreales que tampoco se cumplen en muchas aulas: “Tenemos clases de 32 alumnos en las que están sentados a unos 30 centímetros, porque al no haber contratado más profesores, no se han desdoblado los grupos”, explica Alfonso. En este colegio cordobés, son 95 profesores para más de 1.000 alumnos y solo han llegado cuatro de refuerzo para el covid. “Es irrisorio para las necesidades que hay. El refuerzo teóricamente era necesario tanto para desdoblar las clases como para impartir enseñanza 'online”, protesta.

Luego está la parte del protocolo que choca con el comportamiento adolescente. En su centro educativo, se ha organizado un horario escalonado para que los alumnos entren por diferentes puertas y en horarios distintos, “pero luego se juntan todos a la salida”, explica. “Con más medios humanos, se podrían garantizar mucho mejor los protocolos. Pero nos han tirado a los leones a que nos busquemos la vida. Acaba septiembre y aún no nos han llegado las mascarillas a las que teníamos derecho, según el famoso protocolo”.

“No se puede simplemente exigir que los niños no se toquen”, advierte Eva Jané Llopis, investigadora del Instituto de Innovación Social de Esade y experta en salud pública. “Hay una desconexión entre el protocolo que se basa en la evidencia y lo que se puede implementar en la vida real, porque falta el paso intermedio de identificar los medios necesarios para hacerlo posible. Tampoco ayuda estar cambiando de directrices todo el rato. Más que protocolos, se están poniendo parches”.

Terraza no, bingo sí

A las normas de prevención en centros médicos y educativos, se suma además una retahíla de ordenanzas municipales o regionales que han utilizado las prohibiciones para transmitir la idea de que estaban haciendo algo ante la pandemia aunque no haya evidencias científicas que respalden su utilidad. Algunas especialmente dudosas son tan evidentes como el cierre de parques, que es una medida especialmente contradictoria con la recomendación de médicos y epidemiólogos, y numerosos estudios que insisten en que estar al aire libre reduce hasta 20 veces el riesgo de contagio. Deberíamos estar en el exterior el mayor tiempo posible.

También difíciles de explicar son algunas arbitrariedades en las prohibiciones, como la que se ha dado en comunidades como Galicia, Asturias y Valencia, cuando al decretar el cierre de discotecas y pubs, se permitió que siguieran abiertas las casas de apuestas. Resultado: los jóvenes iban a la una de la madrugada al bingo a seguir la fiesta. Teniendo en cuenta que las administraciones hacen campañas para combatir la adicción al juego entre jóvenes, la contradicción va más allá de la pandemia.

Hacen falta políticas más globales que involucren otros factores, como pedir a las empresas que escalonen la hora punta de entrada a los trabajos

“Se están comunicado mal las prioridades”, insiste Macip. “Cuesta mantener la idea de que estamos en una situación crítica, por eso hay que mantener recomendaciones de forma constante todo el día”. Todos los expertos coinciden en lo básico: estar el máximo tiempo posible en exteriores o lugares muy ventilados, distancia social y evitar aglomeraciones a toda costa. “De ahí que reducir el aforo del transporte público sea recomendable. Algo para lo que no basta con aumentar la frecuencia de los metros y autobuses. Hacen falta políticas más globales que involucren otros factores, como pedir a las empresas que escalonen la hora punta de entrada a los trabajos, así como a los centros de estudio, eso sería más efectivo. Para que los protocolos sean realmente eficaces, deben manejar una repercusión más genérica”, afirma Llopis.

Según esta experta en salud pública, “no basta con decir que los protocolos están mal, hay que encontrar la manera de cumplir las recomendaciones sanitarias. ¿Cómo cambiamos la norma social? ¿Cómo hicimos que la gente se pusiera el cinturón de seguridad? Insistiendo y lanzando mensajes claros. No se puede hacer un protocolo y desentenderse de la manera en que se lleva a cabo. Si las normas no son realistas o se contradicen, la incertidumbre lleva a perder la confianza en las instituciones”.

¿Y en la oficina?

Es en interiores donde los expertos ven más urgente insistir en el uso obligatorio de la mascarilla, por lo que les cuesta también entender que oficialmente en España no sea obligatorio llevarla siempre puesta dentro de las oficinas. Según el Instituto de Seguridad y Salud en el Trabajo de la Comunidad de Madrid, la mascarilla debe llevarse siempre puesta “excepto cuando los trabajadores permanezcan sentados en su puesto de trabajo” (cuando se garantice la distancia de metro y medio). Lo prudente sería llevarla siempre. “En sitios como Madrid, que tiene la tasa de contagios disparada, los protocolos deberían ser especialmente severos en espacios cerrados”, advierte Macip. “A medida que avanza el problema, habría que ser restrictivos”.

En cada sector profesional, las empresas tratan de adaptar las normas internas con su política de prevención de riesgos laborales. No es lo mismo una fábrica de quesos que el rodaje de una película. “La frase más usada en nuestros protocolos durante nuestro primer rodaje con el covid ha sido ‘en la medida de lo posible”, bromea un productor español, que prefiere no identificarse. “Aún estamos aprendiendo cómo adaptarnos”. Por ejemplo, por más que trates de prever todas las situaciones en las 45 páginas de normas de prevención de covid que preparamos para que firmaran todos los actores y técnicos, siempre surgen cosas en las que no has pensado. La peluquera se negó a usar guantes de nitrilo, tal y como recogía el protocolo, porque se le pegaba al pelo al guante y era imposible peinar a las actrices con melena. Lo sustituyó por lavarse las manos continuamente. Y como esta hay otras muchas cosas recogidas en el papel que en la práctica se hacen imposibles durante el rodaje: la distancia de seguridad estándar de dos metros es en realidad imposible en muchos puestos técnicos, sobre todo si el decorado es pequeño; tampoco pueden garantizar que el decorado solo lo toquen los de decoración. “Al final, en riesgos laborales, los protocolos siempre te piden un 200%, para que al menos llegues a hacer el 100%”, concluye el productor. A todo el equipo le han realizado test PCR cada 14 días y han acabado dos meses de trabajo sin tener ningún positivo.

Al final, los protocolos no funcionan necesariamente mejor solo en función de lo estrictos que sean. Cuando se impone una limitación por motivos epidemiológicos, tiene que ir acompañada de una acción social que lo haga posible. Ya sean ayudas a los restauradores o a las actividades culturales a las que se decreta el cierre o a la ciudadanía más vulnerable. En Reino Unido, a la vez que se anunció que la multa por saltarse la cuarentena sería de 10.000 libras, el Gobierno aprobó una ayuda directa de 500 libras para trabajadores que perdieran sus ingresos por aislarse. “No se puede obviar la realidad social desde el punto de vista epidemiológico”, añade Macip. “Igual que hay planes de rescate inmediato cuando hay inundaciones, faltan medidas a la vez que se imponen cierres forzosos. Si la gente no tiene qué comer, no va a respetar ningún protocolo”. No se pueden separar las medidas sanitarias de las económicas y las sociales. Es decir, del mundo real.

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