Prohibir no basta para frenar el coronavirus

El virus no se frena solo con más prohibiciones, sino con normas coherentes, creíbles y bien explicadas. Prohibir conductas de riesgo es necesario, pero no basta. Falta imaginación

Foto: Una señal de prohibido el paso colocada junto a una patrulla de la Policía local en Alcobendas. (EFE)
Una señal de prohibido el paso colocada junto a una patrulla de la Policía local en Alcobendas. (EFE)

Al hablar con algún amigo o familiar de otra provincia, lo primero que le preguntamos ahora ya no es cómo va el coronavirus por ahí, que se da por hecho que mal, sino qué tienen prohibido. ¿Podéis salir de la ciudad, tenéis abiertos los bares, cuánta gente se puede reunir en casa? Durante el primer confinamiento, fue la curva de contagios y víctimas lo que centraba toda la atención, luego atendíamos con más impaciencia al calendario de reaperturas. Y a medida que con el otoño avanza la segunda ola de covid-19, la última actualización del mapa de las restricciones ha desbancado al carrusel de los rebrotes que protagonizó el verano. Mala señal.

Las familias que están muy repartidas geográficamente tienen grupos de WhatsApp de lo más entretenido solo comentando quién tiene qué prohibiciones. La última en llegar ha sido el toque de queda nocturno, que ya han impuesto Francia, Bélgica e Italia. En España, de momento, solo lo tienen previsto Granada y la Comunidad Valenciana, pero en cada una a horas diferentes (en Valencia, empieza a medianoche, y en la ciudad andaluza, a las 23:00). La dispersión de medidas y criterios no contribuye a generar confianza en los porqués de cada nueva prohibición.

Más allá de la sensación de aleatoriedad que acompaña muchas de estas medidas cuando están insuficientemente explicadas, lo preocupante es que siempre sea la próxima prohibición, la más contundente, la que acapare los titulares. Apenas se atiende ya al resto de medidas necesarias, como la efectividad de rastreo, la capacidad de testar y facilitar el aislamiento así como los refuerzos sanitarios. Y si el virus se desmadra, la culpa se les suele echar desde las comparecencias oficiales exclusivamente en quienes se saltan las restricciones, no en si estas eran las más apropiadas y faltaban recursos para hacerlas viables.

Ni todo depende de la responsabilidad individual para frenar el virus, ni todas las prohibiciones son igual de efectivas. Según un estudio publicado en 'The Lancet' que analizó 100 países, las medidas restrictivas más efectivas para frenar el virus son la prohibición de eventos y reuniones (reduce un 25% el factor reproductivo, es decir, a cuántas personas infecta cada contagiado), mientras que decirle a la gente que se quede en casa afectaba poco (3%), seguramente porque hasta que no está la prohibición en marcha no se hace mucho caso. Así, con recomendar prudencia no vale: efectivamente, cuando la cosa se pone fea, las prohibiciones vuelven a ser necesarias. No son, sin embargo, lo único que hace falta. Según estos investigadores de la Universidad de Edimburgo, lo realmente efectivo depende de cómo se combinan entre sí y si se completan con otras medidas sanitarias. No vale copiar de aquí y allá lo que parezca más contundente, sino tener un plan global.

Las prohibiciones, sin embargo, ejercen un efecto espejo tentador que viaja más rápido que la letra pequeña de las medidas sociales y de apoyo complementario. Cuando el Gobierno francés anunció el toque de queda nocturno vigente para 46 millones de habitantes, iba aparejado de una ayuda de más de 100 millones de euros para ayudar al sector cultural a lidiar con las pérdidas de empleo que supondrán los nuevos horarios. En Reino Unido, el Gobierno de Boris Johnson también promovió varios paquetes de ayudas millonarios tanto al sector cultural como a la hostelería a la par que decretaba las restricciones en bares y pubs.

No todos los complementos a las prohibiciones son económicos. En Lombardía, donde ante la vertiginosa escalada de nuevos casos también se ha prohibido a su población salir de casa por la noche, han agilizado el sistema de test para que los avisos de la PCR lleguen rápidamente al móvil con un código, sin tener que esperar la llamada de su médico ni desplazarse al centro de salud para conocer el resultado. La rapidez en comunicar los positivos es fundamental para la efectividad del aislamiento, según el estudio citado de la Universidad de Edimburgo. Para que la prohibición de salir de casa mientras se espera un test sea realmente útil, los pacientes deben recibir la información rápidamente. Donde los resultados de las pruebas se devuelven dentro de las 24 horas y se rastrea de forma eficaz, existe mayor cumplimiento de la regla de aislamiento para las personas expuestas al virus. Al percibir que algo funciona, se toma más en serio. También ayuda que las mismas medidas se mantengan en vigor de forma coherente en el tiempo, como hizo Nueva Zelanda. Fue el primer país en promover las burbujas sociales (la obligatoriedad de verse solo con las mismas personas). El mensaje de que hay que evitar las interacciones con gente que no sea de la burbuja lleva meses vigente y esta puede ampliarse o reducirse en función a la situación epidemiológica de cada momento.

Así que puestos a copiar, podríamos copiar también todo lo que no son restricciones. No darán titulares tan contundentes, pero son una buena inversión. Hay programas de ayuda social que envían comida a domicilio gratuitamente a los estudiantes, familias vulnerables y personas mayores que tienen que estar en aislamiento para que no tengan que salir de casa; hay ciudades que peatonalizan calles para ayudar a concienciar de la importancia de evitar lugares cerrados y promover un ocio más seguro al aire libre; se puede incentivar un cambio en los horarios de trabajo (y escalonar el cierre de bares y tiendas), se pueden evitar aglomeraciones. ¿Qué tal ofrecer alternativas de ocio gratuito y seguro a los jóvenes para canalizar su imperiosa necesidad de socializar, que obviamente no es la misma en todas las edades? Prohibir conductas de riesgo es necesario, pero no basta. Falta imaginación.

Así que, a la espera de que en España tengamos la auditoría independiente de la efectividad de unas y otras medidas que cientos de expertos llevan meses pidiendo, seguiremos copiando de aquí y allá lo que parece que funciona para frenar el virus. Si la velocidad del virus aumenta fuera de control, no habrá más remedio que tomar medidas drásticas como el toque de queda, que es la antesala a tiempo parcial de un bloqueo total. Pero si las prohibiciones no se apoyan en medidas sociales que las hagan más llevaderas, serán menos efectivas y tendrán mayores consecuencias indeseadas. El virus no se frena solo con más prohibiciones, sino con normas coherentes, creíbles y bien explicadas. Vamos, lo contrario de lo que suele pasar en el grupo de WhatsApp familiar.

Cronicavirus
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