La dosis de realidad de las vacunas ante la incompetencia

Al ministro Illa le va a ser muy difícil convencernos de que del retraso en las vacunas, como del 'procés' en Cataluña, la culpa la tenemos un poco todos

Foto: Una enfermera prepara la jeringuilla durante el proceso de administración de la vacuna de Pfizer. (EFE)
Una enfermera prepara la jeringuilla durante el proceso de administración de la vacuna de Pfizer. (EFE)

Las vacunas son el principio del fin de la pandemia. También el final de una coartada política. La de que acabar con el coronavirus depende, sobre todo, del autocontrol ciudadano y la responsabilidad individual. Era muy conveniente apelar a los botellones para justificar un rebrote desbordado, en vez de reconocer la falta de pericia en la gestión de los recursos sanitarios. Ese hincapié en el comportamiento responsable podía tener sentido, con permiso de la escasez de rastreadores y sanitarios, para frenar los contagios. En el éxito o fracaso de la vacunación, sin embargo, no cuela.

Al ministro Illa le va a ser muy difícil convencernos de que del retraso en las vacunas, como del 'procés' en Cataluña, la culpa la tenemos un poco todos. Sobre todo después de haber estado un mes insistiendo en que la coordinación del plan de vacunación corría a cargo del ministerio que desde que es candidato a la Generalitat gestiona a tiempo parcial. Luego están las autonomías que, como Madrid, apelaban hace unos días a su dispositivo sin precedentes y que, desde que están entre las más retrasadas de España, delegan toda la responsabilidad en el Gobierno central.

Los retrasos iniciales en la inyección de la vacuna del covid-19 son decepcionantes, pero no aislados. Tampoco son un problema exclusivo de España, que la primera semana ha inyectado solo una de cada cuatro dosis previstas (menos que Alemania, pero mucho más que Francia). Lo que sí parece endémico es la falta de autocrítica patria y la incapacidad de asumir responsabilidades de las diferentes administraciones, que lo que están ofreciendo es una ristra de excusas desconcertantes.

A la mala planificación de los gobiernos autonómicos, incapaces la mayoría de cumplir sus propios plazos de vacunación, se suma una catastrófica miopía ideológica que los imposibilita para reconocer errores. No hay más que ver la reacción a las críticas que están teniendo las comunidades más retrasadas nada más conocerse el bochornoso palmarés de vacunas suministradas del Ministerio de Sanidad, que es a su vez un bochorno en sí mismo de datos erróneos y desactualizados.

Madrid alega que paró las inyecciones porque los ancianos no estaban en los geriátricos durante las vacaciones de Año Nuevo o no tenían las autorizaciones de las familias (¿no podían estas haberse tramitado con semanas de antelación?); Cataluña argumenta que faltó personal por estar de libranza (¿no supieron prever la fecha en la que caía Año Nuevo?) y que las neveras le llegaron tarde por el Brexit (algo que sorprendentemente afectó a los planes de la Generalitat, pero no a los de la vacunación de canarios, gallegos y navarros), y Cantabria, esta sí que es buena, excusa sus retrasos en que les está siendo muy complejo vacunar en los geriátricos por los problemas de movilidad de las personas dependientes (¿esto tampoco se podía prever?).

Las razones del retraso en la vacunación

Va quedando claro que para aplicar las vacunas Pfizer no solo hacían falta ultracongeladores, sino muchas más dosis de previsión y menos soberbia. ¿De verdad se creían todos estos gobiernos, y sobre todo el Ministerio de Sanidad, que marcó los objetivos y debería coordinarlos, que vacunar a toda la población en plena pandemia iba a ser tarea fácil? ¿No han tenido tiempo en los últimos dos meses de formar nuevos equipos, contratar personal y coordinar los dispositivos? Si en vez de mirarse tanto el ombligo hubieran mirado más a otros países que, como Reino Unido, empezaron semanas antes la vacunación, hubieran visto que el problema de falta de personal sanitario es también un desafío enorme que están tratando de resolver contratando personal con formación en primeros auxilios que ayude en la vacunación. Aquí, sin embargo, la mayoría de gobiernos regionales aún no reconoce la falta endémica de personal como uno de los problemas principales.

Los mismos políticos que llevan semanas repitiéndonos que estas Navidades no eran como las demás, pidiendo a la gente que no se reuniera con la familia y asumiera su responsabilidad para frenar el virus, alegando a las empresas que es hora de un esfuerzo especial, nos dicen ahora que entendamos que estas son fechas extraordinarias en las que no se podía vacunar con normalidad. No solo no han sido capaces de organizar los turnos de trabajo en festivos para administrar la vacuna y coordinarse con las residencias de mayores que iban a ser las primeras beneficiadas, ni siquiera han sido capaces de pedir disculpas por ello.

La buena noticia es que este mal comienzo tiene solución. Hay países en Europa y comunidades en España que demuestran que hacerlo mejor es posible. Asturias ya ha administrado el 100% de las dosis de la primera remesa. Y, que sepamos, por el Principado también ha pasado Año Nuevo. También allí nieva, vaya si nieva, y los mayores de sus residencias tienen tantos problemas de movilidad como en la vecina Cantabria. Sin embargo, haber invertido más en la red pública de salud y haber formado con tiempo a 50 equipos con 148 personas para la vacunación han permitido garantizar que para el 8 de enero todas las residencias ya hayan recibido la vacuna Pfizer prevista. También Galicia, Canarias y Navarra van muy avanzadas.

No se entiende qué otra cosa puede ser más importante que planificar una vacunación exitosa para acabar con la pandemia. A diferencia del virus, la logística sí es previsible, pero hace falta contar con los expertos apropiados. Y cuanto más rápido se pueda vacunar a los miembros vulnerables de la sociedad, antes se descongestionarán los hospitales y se podrá relanzar la economía. Es el mayor reto de la historia de la gestión pública. Y no, que haga falta más personal para vacunar a 30 millones de personas no es un imprevisto. Invertir en vacunas ya no tiene que ver con esa falaz disyuntiva de salvar vidas o puestos de trabajo. Invertir en una inyección masiva y eficaz de las vacunas lo salvaría todo a la vez.

Tanto la falta de personal para la vacunación como las reticencias a pedir ayuda al ejército, como ya han hecho otros países vecinos como Italia, recuerdan a los problemas que ya hubo con la escasez de rastreadores en muchas comunidades antes del verano. Aquel problema quedó sin resolverse, pero fue sepultado por el desbordamiento de los rebrotes del otoño, que relegó la importancia de una figura que previene fuegos, pero no los apaga. La necesidad de reforzar los equipos de vacunación, sin embargo, no va a desaparecer con la tercera ola, sino que va a aumentar su urgencia. Cuanto menos tarden unos y otros en reconocerlo, mejor para todos.

Lamentablemente, no se arreglará mientras en vez de pararse a pensar qué puede estar fallando en cada territorio, además de la coordinación, cada trinchera busque excusas a los retrasos en su cabás de prejuicios ideológicos. Para unos, está claro que el problema son los intentos de privatización. Para otros, que el proceso no está suficientemente externalizado. Para unos, faltan competencias, mientras, para otros, España está demasiado descentralizada (como si Alemania no estuviera vacunando un Estado federal con más eficiencia que Francia con un modelo centralista).

Primero fue el turno de apelar a la ciencia como solución. Ahora lo es de la gestión y la logística. Entre medias, la ideología está sirviendo sobre todo de cortina de humo para fabricar excusas, no soluciones. Al acabar 2020, todos los gobernantes reclamaban su papel en el milagro de las vacunas; al empezar 2021, nadie parece hacerse responsable de ellas. Sería reconocer su propia incompetencia.

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