La tercera ola no era imprevisible (y Filomena tampoco)

Muchos científicos avisaron de que tras las Navidades se desbocarían los contagios por tercera vez si no se imponían más restricciones. Pues bien, ya están aquí

Foto: Foto: Reuters.
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Esta vez, no cuela el factor sorpresa. Lo imprevisible no es solo aquello que no se puede prever, también lo que, por más que nos avisen, no terminamos de creer que pueda llegar a sucedernos. Visto así, podría tener un pase que no se tomaran las medidas suficientes para paliar el desastre que ha supuesto el temporal Filomena. Por más que los meteorólogos advirtieran —y mira que lo advirtieron— de que podíamos enfrentarnos a la mayor nevada del siglo, con grosores de entre 30 y 50 centímetros en Madrid, muchos ciudadanos no tomaron en serio las recomendaciones de no salir de casa, igual que las administraciones no tomaron medidas drásticas para mitigar el daño antes de que se produjera. Sin embargo, si dentro de tres meses llegara otro aviso similar de temporal, ya no habría excusa alguna para no estar prevenidos. Y a la tercera nevada como esta, menos aún.

Eso es exactamente lo que está pasando aquí con el coronavirus. Muchos científicos avisaron de que tras las Navidades se desbocarían los contagios por tercera vez si no se imponían más restricciones. Pues bien, ya están aquí. La tercera ola acelera con 25.438 contagiados más y 408 muertos notificados en las últimas 24 horas. Según el ministro Illa, sin embargo, los ciudadanos ya saben qué es lo que tienen que hacer: restringir la movilidad al máximo. Ahora bien, no espere usted que se la restrinja el Gobierno. Cada uno que se vaya restringiendo lo que pueda. La suya no es la ventanilla de las decisiones impopulares. Con lo cómodo que es apelar a los gobiernos autonómicos y la responsabilidad individual.

A diferencia de lo que está pasando en otros países, como Portugal (que prepara un confinamiento estricto de un mes) y como Alemania (donde Merkel ha anunciado que hacen falta otras 10 semanas más de restricciones duras), aquí el Gobierno descarta tajantemente un confinamiento domiciliario, aunque se lo estén pidiendo algunas comunidades como Castilla y León. Por descartar, descarta también que nos vaya a afectar la nueva cepa, más contagiosa, que ya tiene a media Europa extremando las precauciones.

Las Navidades ponen en riesgo extremo a toda España

El ministro de Sanidad dice que no hacen falta confinamientos porque su plan de la segunda ola funcionó sin ellos. ¿De verdad funcionó? En la segunda ola del coronavirus, entre septiembre y diciembre, en buena parte de España ha habido más muertos que en la primavera y puede que lo peor del coronavirus esté por venir. Solo diciembre suma casi 4.500 fallecidos. ¿No haber decretado el confinamiento ni siquiera en las comunidades que lo solicitaron es algo de lo que presumir? Sanidad lo hace. Presume de haber evitado el confinamiento, como si esto fuera su medida del éxito, como si fuera el fin y no el medio. Como si dieran ya por descontadas las muertes que están por venir, como si las cifras fueran según lo previsto. Cifras que, por cierto, en los primeros 10 días de enero acumulan ya más fallecidos que junio y julio juntos.

En Alemania, ya se preparan para más de dos meses de duras restricciones porque, si no lo hacen, temen que lo que venga sea mucho peor. Merkel teme que la nueva cepa británica del coronavirus pueda provocar que por Semana Santa la incidencia del covid-19 se multiplique por 10. En España, mientras tanto, Fernando Simón, el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, concluye que el problema no es la nueva cepa del coronavirus sino “nuestro comportamiento”. El nuestro. El de aquellos a los que sus medidas deberían proteger.

Después de ver que en España los casos aumentan vertiginosamente, no debe de habérsele ocurrido al principal, y a ratos único, asesor del Gobierno en la gestión de la pandemia que a lo mejor las restricciones han sido insuficientes (o confusas y mal gestionadas). Si los gobiernos no se atrevieron a endurecer más las restricciones y, tras evaluar el riesgo, decidieron que era factible permitirle a la gente juntarse en Navidad en grupos de seis o 10, la culpa es de la gente que va y se junta. A quién se le ocurre no tener un comité de riesgos propio en cada casa que reinterprete a los del Gobierno y las autonomías. Si a la gente le permiten ir a los bares y a las tiendas, la culpa es del que va. Y si la mayoría de comunidades siguen permitiendo que se junte la gente sin importar de cuántos grupos de convivencia provengan, la culpa es del que lo hace. Puede que el Gobierno no quiera decretar mayores confinamientos porque haya evaluado otros riesgos, los económicos, y no le parezcan asumibles. Si es así, que lo explique. Pero ir repartiendo culpas del aumento de contagios de Covid entre sus potenciales víctimas es muy feo, además de cobarde.

El mejor ejemplo tal vez sea lo que ha pasado en la comunidad con la tasa de contagios de coronavirus más desorbitada de España. Extremadura supera los 1.000 positivos de covid-19 por cada 100.000 habitantes, por lo que cuadruplica el baremo que el Ministerio de Sanidad considera ya riesgo extremo. Como explicación epidemiológica, la Junta ofrece un calendario con subrayados en rojo: el Black Friday, el Puente de la Constitución y la Navidad. Esos son los tres factores a los que achaca el consejero de Sanidad extremeño, José María Vergeles, el aumento de contagios. Extremadura fue la única comunidad que no estuvo cerrada perimetralmente en el puente de diciembre y una de las que tuvieron unas medidas más laxas en Navidad. Tal y como lo explicaba el martes, en una entrevista en la SER, parecía haber descubierto recientemente que “a este virus le gusta muchísimo la movilidad”, como si no dependiera de él restringirla. El responsable de las medidas sanitarias extremeñas, sin embargo, cree que “a toro pasado” es más fácil verlo que antes. ¿Qué antes de qué? Antes de llevar 10 meses de pandemia a lo mejor. Ahora, al toro se lo ve venir de muy lejos.

Debe de resultarles sorprendente a los políticos que a los ciudadanos de su comunidad, cuando se les permite moverse, lo hagan. Pero no atreverse a tomar medidas impopulares tiene consecuencias cada vez más previsibles. Y devastadoras. Lo estamos sufriendo también con las devastadoras consecuencias del temporal. No haberse atrevido a exigir los cierres de los comercios el viernes, o haber cancelado transportes y cerrado autovías a tiempo, trajo un colapso mucho mayor del que habría habido si se hubieran atendido a tiempo las advertencias de la Aemet. Filomena era previsible, los meteorólogos la previeron, pero es verdad que era inimaginable. Una nevada de 30 horas seguramente colapsaría cualquier carretera, pero no necesariamente esas carreteras tienen que estar abiertas.

Cuando llegue la próxima Filomena, esperemos haber aprendido la lección que no parecemos haber aprendido para la tercera ola. Porque para solucionar todas las amenazas a las que nos enfrentamos, ya sea el coronavirus o los temporales, no puede bastar con pedirle a la gente que se quede en casa y no salga salvo que lo considere necesario. Nos hacen falta gobiernos capaces de gestionar mejor los riesgos, no las culpas.

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